En la noche del 15 de Julio, al regresar del Vaticano el Duque de Bisceglia, atacáronle, en la Plaza de San Pedro, unos seis sicarios disfrazados de mendigos, que después de herirlo a puñaladas quisieron arrastrarlo hacia el Tíber para hacer desaparecer las trazas del delito; pero los gritos del Príncipe en el silencio de la noche y las irritadas voces de los asesinos dieron el alarma a la guardia palatina, que salió, aunque no a tiempo para detener a los falsos mendigos, que se reunieron con unos cuantos jinetes que los aguardaban en un apartado y oscuro rincón de la plaza, y a rienda suelta se alejaron de Roma. Transportado el malherido Duque a su palacio, pudo llegar hasta la estancia en que se hallaba Lucrecia, la cual, al verle en aquel estado, cayó desmayada. Sanó, sin embargo, de las graves heridas; mas temeroso de ser envenenado, no se dejó curar sino por los médicos que le envió el Rey de Nápoles[85] ni probó más alimento que el que Lucrecia y Sancha preparaban. Atribuyóse el atentado a la misma mano criminal que había perpetrado el del Duque de Gandía, que entonces se tenía por obra de César, y de ello estaba convencido el propio D. Alonso, que había cobrado mortal odio y temor a su cuñado[86].

Ello es que un mes después, el 18 de Agosto, estando ya convaleciente el Duque de Bisceglia, se presentó en su cuarto Miguel Corella, que lo estranguló por orden de César. Según refiere el Embajador veneciano Paolo Capello, y esta es la versión del Vaticano para justificar aquella muerte y disculpar a César, desde su ventana vió Alonso a César que paseaba en el jardín del Belvedere. Cogió rápido un arco y disparó una flecha contra el que era objeto de su odio. La cólera de César no conoció límites, y su capitán de guardias hizo pedazos al Duque. Aquella misma noche el cadáver del desdichado Príncipe fué transportado a San Pedro, y amedrentado, al tener noticia del nefando crimen, el Embajador de Nápoles se refugió en casa de su colega de España.

Era natural que Lucrecia, mujer al fin y al cabo, siquiera no dejaran las penas en su corazón apenas huella, sintiera la muerte del gallardo mozo que fué durante dos años su marido y pereció villanamente asesinado por la misma mano que ultimó al Duque de Gandía. Era natural que derramara abundantes lágrimas y prorrumpiera en amargas quejas; pero ni las lágrimas ni las quejas enternecieron a Su Santidad, y para librarse de ellas, porque también molestaban a César, por cuyos ojos veía el Papa todas las cosas, envió a Lucrecia a Nepi.

El 30 de Agosto, con un séquito de seiscientos jinetes, salió Lucrecia para la ciudad de que era Señora. Como era de temer, dado que se hallaba encinta cuando ocurrió el asesinato de su marido, malogróse la criatura. En el solitario castillo, reconstruído por Alejandro VI, pudo la tierna viuda dar rienda suelta a su dolor, tanto menos duradero cuanto más vehemente, y antes de dos meses estaba de regreso en Roma dispuesta a gozar de la vida y a pasar a terceras nupcias que la hicieran olvidar por completo, tanto al asesinado Duque de Bisceglia, como al fugitivo Señor de Pesaro, porque era, como César, super omnia clara et jocunda e tutta festa, según decía el Obispo de Módena Juan Andrés Bocaccio.

Ya en vida de Alonso de Aragón, el Papa, siempre previsor, pensando en quién pudiera ser el futuro marido de Lucrecia, pues el Reino de Nápoles estaba llamado a desaparecer y no había esperanza ninguna, por la oposición del Rey Fadrique al matrimonio de su hija Carlota, de que recayera en César la corona, habíase fijado en otro Alfonso, el de Este, Príncipe heredero de Ferrara, viudo sin hijos, que contaba entonces unos veinticuatro años. A los catorce se había casado con Ana Sforza, la bellísima y bonísima hermana del Duque de Milán Juan Galeazzo[87], cuya madre, al enviudar en 1476, renovó la alianza con Ferrara y concertó la boda de su hija Ana con el recién nacido Alfonso[88], hijo y heredero de Hércules. Al año siguiente se firmó en Ferrara el contrato matrimonial, y siete años después, cuando cumplía diez la novia, su futura suegra la Duquesa Leonor le envió una muñeca con un equipo completo, obra de los mejores artistas ferrareses. Habíase convenido que la boda se celebraría en 1490, en que cumpliría los catorce Alfonso, y al propio tiempo la de su hermana Beatriz con Ludovico el Moro; mas tenía éste entonces por amiga a Cecilia Gallerani, dama milanesa de noble alcurnia, singular belleza y gran cultura, retratada por Leonardo de Vinci y cantada por todos los poetas cortesanos, la cual hablaba y escribía el latín corrientemente, componía sonetos italianos y discutía en latín con los teólogos y filósofos que frecuentaban su casa. Había Ludovico tenido en ella un hijo a quien hubiera deseado legitimar por subsiguiente matrimonio[89], por lo que andaba aplazando la boda concertada con la Estense, hasta que, al fin, teniendo en cuenta la razón de Estado, casó con Beatriz en el castillo de Pavía, el 17 de Enero de 1491, que era martes, porque, consultado el médico y astrólogo de la Corte, Ambrosio de Rosate, declaró que el día de Marte era propicio para el matrimonio de un señor que deseaba sobre todo tener sucesión masculina. Y el lunes 23 se verificaron en la capilla del palacio ducal de Milán los desposorios de Alfonso de Este con Ana Sforza, pronunciando la oración nupcial el maestro de Ludovico, Filelfo, a pesar de ser lego y casado. Un mes después recibieron la bendición con gran pompa en la catedral de Ferrara. Fué el matrimonio felicísimo y muy sentida, tanto en Ferrara como en Milán, la temprana muerte de Ana, al dar a luz un hijo muerto, el 30 de Noviembre de 1497. Igual fin, muy común entonces, había tenido el 2 de Enero de aquel año su cuñada Beatriz, que vió amargados los últimos meses de su vida por los públicos amores del Duque con Lucrecia Crivelli, una de sus damas[90].

Eran los Este, reinantes en Ferrara como Duques feudatarios de la Santa Sede, una de las Casas más ilustres y encopetadas de Italia. Aunque en ella había, como en todas las demás, no pocos bastardos, no lo era D. Alfonso, y a Alejandro halagaba que su hija entrase, y no por mano de bastardo, en una familia muy principal y estuviese llamada a reinar como consorte en un Estado cuya amistad era preciosa para los ambiciosos planes de César, que no se contentaba con la Romaña, de que era ya Duque, y tenía puestos sus ojos en Bolonia y en Florencia.

Había venido a Roma Alfonso de Este muy mozo, en Noviembre de 1492, enviado por su padre para felicitar a Alejandro VI por su elevación al solio pontificio. El Papa, que era padrino de bautismo del joven Príncipe, lo acogió con mucha amabilidad, alojándolo en el Vaticano; de suerte que pudo ver a su sabor a la que había de ser nueve años después su mujer y era entonces la prometida esposa de Juan Sforza, linda chicuela de ojos claros y cabellos rubios, siempre alegre y dispuesta a divertirse.

En Noviembre de 1500 hablábase ya en Roma de la boda de Lucrecia con el heredero de Ferrara, y el 26 de aquel mes se lo participaba a la Señoría el nuevo Embajador de Venecia, Marin Gorzi. Los primeros pasos cerca del Duque de Ferrara los dió Alejandro por medio de un modenés, Juan Bautista Ferrari, antiguo servidor de Hércules, a quien el Papa hizo Datario y luego Cardenal. Al oír la proposición del Papa quedó el Duque tan perplejo y disgustado como el Rey D. Fadrique cuando le pidieron la mano de su hija Carlota para César. Tenía ya en tratos la boda de su primogénito con una Princesa de la Casa Real de Francia, Luisa, la viuda del Duque de Angulema, y la que le proponía Alejandro heríale en su orgullo. Repugnaba también a Alfonso, y tanto la Marquesa de Mantua como la Duquesa de Urbino se indignaron al pensar en semejante alianza. Y no era la bastardía lo que les escandalizaba, sino que fuera hija del Papa, habida cuando éste era sacerdote, y la mala reputación de que, además, gozaba, sabiéndose en Ferrara cuanto de ella se decía en Roma y era a todas las Cortes de Italia transmitido por los despachos de los Embajadores y las cartas de los agentes oficiosos. La respuesta de Hércules fué, pues, una rotunda negativa.

Preveíala el Papa y no se dió por ofendido ni vencido. Encargó a su mandatario que hiciera presente al Duque las ventajas que ofrecía su propuesta y el daño que podría resultarle de rechazarla: por una parte, la seguridad y el engrandecimiento de sus Estados; por otra, la enemistad del Papa, la de César y acaso la de Francia. Sabía Alejandro que la opinión de Luis XII había de ejercer decisivo influjo en Ferrara, y aunque el Monarca francés se mostró en un principio contrario al matrimonio de Lucrecia, porque deseaba estrechar con Ferrara y estorbar el engrandecimiento del poder papal, necesitaba, sin embargo, entonces, para su empresa de Nápoles, la ayuda de Alejandro y el permiso al ejército para que pudiese pasar desde la Toscana a Nápoles a través de los Estados de la Iglesia. Contaba asimismo el Papa con el apoyo del Cardenal d’Amboise, grande amigo de César, que le había llevado el capelo y le había prometido la tiara, para cuando muriera Alejandro, contando con los votos de los Cardenales españoles. Vino César a Roma en Junio de 1501, púsose de acuerdo con los franceses, y juntando luego sus tropas a las que mandaba el Mariscal Aubigny, entró a sangre y fuego en el Reino de Nápoles, que, según lo convenido, había de repartirse entre Francia y España, y desapareció, por obra del Rey Católico, la Casa de Aragón, que César tanto odiaba, recibiendo su último Rey, D. Fadrique, que pasó a Francia, el Ducado de Anjou. Su hijo el Duque de Calabria, D. Fernando, fué llevado a España, adonde le acompañó su preceptor Crisóstomo Colonna[91], y andando el tiempo, casó con la viuda del Rey Católico, Germana de Foix, y a la muerte de ésta con D.ª Mencía de Mendoza, segunda Marquesa de Zenete. Vivió y murió en Valencia, y allí, como Virrey, tuvo Corte, que describe Luis Milán en su libro El Cortesano, renovando en el alcázar del Real las cultas y regocijadas fiestas del Rey D. Juan el Amador de gentileza. Al morir dejó su cuantiosa fortuna al Monasterio, que fundó, de San Miguel de los Reyes.