A la guerra de Nápoles debió Lucrecia el haber llegado a ser Duquesa de Ferrara. La Corte de Francia, cediendo a los deseos del Papa, empezó en Junio a hacer pesar su influencia en la de Ferrara, aconsejando al Duque que diera su asentimiento al matrimonio con ciertas condiciones, como la de que trajera la novia una dote de 200.000 ducados, se eximiera a Ferrara del pago del canon anual y se concedieran algunos beneficios a miembros de la Casa de Este. Amboise envió a Ferrara al Arzobispo de Narbona para que convenciera al Duque, y el propio Rey le escribió con igual empeño, negándole la mano de la Princesa francesa prometida a D. Alfonso. A estas instancias uníanse las de los enviados del Papa y los agentes de César, que no dejaban momento de reposo al Duque, por lo que éste tuvo, al fin, que rendirse, y el 8 de Julio participó a Luis XII que estaba dispuesto a darle gusto con tal de que pudiese llegar a ponerse de acuerdo con el Papa respecto a las condiciones de la boda.
La negociación fué larga y laboriosa. Apremiaba el Papa al Duque, pero éste, para concluir el trato, necesitaba, por una parte, vencer la resistencia del hijo, tenazmente opuesto a la que reputaba vergonzosa boda, y por otra, la de Alejandro al cumplimiento de todas las condiciones que Hércules tenía por indispensables y previas para poder firmar las capitulaciones matrimoniales. Habíale mandado a decir el Rey Cristianísimo que si la cosa podía hacerse, tratara de sacar el mayor partido posible, y que si no podía hacerse, él estaba dispuesto a dar a D. Alfonso la mano que quisiera pedir en Francia. Parecíale al Papa excesiva la dote de 200.000 ducados, muy superior a la que llevó Blanca María Sforza al Emperador Maximiliano, y ofreció dar la mitad al contado. Para la exención del canon que pagaba el Duque por el feudo de Ferrara era preciso obtener el consentimiento del Sacro Colegio, y el del Cardenal Julián de la Rovère para la cesión de Cento y de Pieve, ciudades ambas, que exigía Hércules, del Arzobispado de Bolonia, del que era titular aquel Cardenal. Pero si grande era el deseo de Alejandro de ver a su hija establecida en Ferrara, mayor era el de Lucrecia de que se realizara la boda, a pesar de la repugnancia que sabía inspiraba a su futuro esposo y de las condiciones, para ella tan humillantes, de que dependía el éxito de la negociación. Fué Lucrecia quien, tomando en manos el asunto y los intereses del Duque de Ferrara, que eran entonces los suyos, acabó por conseguir del padre que aceptara las condiciones previas exigidas por el Duque para el matrimonio, lo cual tuvo lugar por acta legal estipulada en el Vaticano el 26 de Agosto de 1501, firmándose el contrato de matrimonio el 1.º de Septiembre en Ferrara.
Mientras se seguían las negociaciones matrimoniales, César ayudaba en Nápoles a los franceses a apoderarse de aquel Reino y el Papa aprovechaba la ocasión para despojar de sus bienes en el Lacio a los Barones Romanos, amigos de la Casa de Aragón, como los Colonna, los Savelli, los Estouteville. El 27 de Julio, con infantes y caballos, se trasladó el Papa a Sermoneta; pero antes de ponerse en camino dejó a Lucrecia por lugarteniente suyo en el Vaticano, «confiándole todo el palacio y los asuntos corrientes, con facultad de abrir las cartas dirigidas a Su Santidad, y en los casos de mayor importancia debía aconsejarse con el Cardenal de Lisboa», que era el portugués Jorge da Costa. Y añade Burchard que habiendo llegado un caso en que Lucrecia se dirigió a dicho Cardenal, exponiéndole el asunto y el encargo que le había dado el Papa, le dijo el Cardenal que cuando el Papa hacía alguna propuesta al Consistorio, el Vicecanciller u otro Cardenal la firmaba en su nombre y tomaba nota de la opinión de los votantes, y así también se necesitaba ahora que alguien suscribiese lo que se hubiera dicho. A lo que replicó Lucrecia que ella sabía muy bien escribir.—¿Y dónde tiene usted su pluma?—preguntó el Cardenal. Comprendió Lucrecia el chiste y se sonrió, acabando de buena manera la consulta.
Claro es que los negocios de que dejó el Papa encargada a Lucrecia no se referían al gobierno de la Iglesia, que le correspondía como Vicario de Cristo; pero no puede decirse, como Leonetti en su apología de Alejandro VI, que es como si un cura al ausentarse encargase a una cercanísima parienta que le cuidase la casa y recibiese su correspondencia. Al Maestro de ceremonias de Su Santidad no debió parecerle cosa tan trivial, sino antes bien censurable, como asimismo el que Lucrecia y Sancha asistieran a una función en San Pedro sentándose en el coro entre los Canónigos, a título de hija y nuera del Papa, y es de suponer, dado el carácter de ambas, que no dejarían de charlar alegremente. Gregorovius cree que si Alejandro dispensó a Lucrecia tan señalada prueba de favor, la mayor que podía darle, fué para hacer ver a la Corte de Ferrara, durante la negociación matrimonial, el alto concepto que tenía de las dotes políticas de su hija, que podía empuñar en caso necesario las riendas del gobierno, siendo frecuente que los príncipes italianos, cuando se veían obligados a ausentarse, confiasen a sus mujeres el manejo de los negocios de Estado.
La fausta nueva de la firma de las capitulaciones nupciales en Ferrara, se recibió en Roma con grandes muestras de júbilo. El castillo de Sant’Angelo la saludó con salvas, iluminóse el Vaticano y los partidarios de los Borjas recorrieron ruidosamente las calles de la ciudad eterna, haciéndolas resonar con sus alegres voces. En cuanto a Lucrecia no tuvo límites su gozo. El sentarse en el trono de Ferrara, y reinar en una de las Cortes más antiguas e ilustres de Italia, era la realización de un sueño que llegaba tras nueve años de inquieta vida y de tremendos infortunios conyugales. Había visto anulado su primer matrimonio por la declarada impotencia de un marido de notoria virilidad, y el segundo disuelto por mano fratricida. Mal fin tuvo también la amorosa aventura con Perote, y si incurrió en algún otro desliz, pequeño o grande, pasó inadvertido y no hallamos de él mención en los despachos y cartas que recogían cuidadosamente cuantas noticias alimentaban la pública curiosidad. Y es que la atroz calumnia del incesto, lanzada por Sforza y revestida de forma literaria en los epigramas de Sannazzaro,[92] habíase de tal manera esparcido en Roma, que las gentes acabaron por creerla cierta y no les parecía posible que hubiese quien se atreviera a cortejar a la hija del Papa y hermana de César, y si había algún mozo audaz al que ayudaba en su empresa la fortuna, nadie se fijaba en tales amores clandestinos, que eran pecados veniales oscurecidos y eclipsados por el nefando que se suponía cometido por Lucrecia. No podía ella ignorar, aunque no se sintiese culpable, que gozaba en Roma de mala reputación y que ésta era la causa de la resistencia de Alfonso de Este a aquella boda, para cuyo logro no había omitido Lucrecia ningún esfuerzo. Quizás la moviera, no sólo el afán de llegar a la cumbre de la humana grandeza con que soñaba, sino el deseo, dice un historiador moderno, de apartarse para siempre de Roma y de olvidar un pasado que no podía borrar mientras viviese en compañía y bajo la férula del padre y del hermano. Pero tal deseo no responde al carácter de Lucrecia, que harto moza y de suyo casquivana, acostumbrada a vivir en un ambiente de notoria concupiscencia, no estaba todavía en sazón para sentir el arrepentimiento, que es merced que suele otorgar Dios en el otoño o en el invierno de la vida a las que en edad propicia amaron mucho, sirviendo de disculpa a su flaqueza el natural encanto, el excesivo temperamento, los pocos años y el poquísimo seso. Educóse Lucrecia en casa de su parienta Adriana Milá y en compañía de Julia Farnesio, y vivió luego en la intimidad de su cuñada Sancha. Ninguna de ellas era ejemplo de virtud, y si acaso no se dió cuenta de las relaciones de la Bella con el Papa, no podían ocultársele las de Sancha con César. Todo aquello debía parecerle, por la fuerza de la costumbre, muy natural, y quien a los dos meses de asesinado su marido sólo pensaba en divertirse y en disponerse a un nuevo enlace, sin que el recuerdo del difunto le turbara el sueño, no podía sentir remordimiento alguno ni arrepentirse de la vida pasada. No puede creerse, dice Gregorovius, que permaneciera Lucrecia inmaculada en medio de la corrupción romana y del círculo en que vivía, y hasta le parece perdonable su amoroso y fecundo desliz tras la fuga de Sforza; mas si Lucrecia hubiese cometido los nefandos actos que le achacaba la voz pública, no hubiera podido ocultarlos bajo la máscara de una sonriente gracia, porque sería preciso entonces reconocerle, en punto a hipocresía, una fuerza que traspasa los límites de lo humano. Mas peca en esto de ingenuo Gregorovius. No necesitaba Lucrecia mayor hipocresía que la humana, común y corriente, con que cada cual oculta instintivamente sus propios defectos. Y en cuanto a la gracia siempre serena y jovial que tanto entusiasmó a los de Ferrara, era en ella ingénita y nunca la abandonó, ni durante su inquieta vida romana, ni en sus últimos años, cuando la muerte le arrebató a los suyos y acabó el poder de los Borjas en Italia. En su corazón no hacía mella el dolor, y la alegría del vivir, que se reflejaba en su sonrisa, era tan grande que prevalecía sobre todas las contrariedades y amarguras que afligen al común de los mortales.
Firmadas las capitulaciones, no quiso, sin embargo, el Duque que se celebrara por poder el matrimonio hasta que hubiera el Papa cumplido todas las condiciones estipuladas. Envió a Roma a Saraceni y Berlingeri para que discutieran el asunto con Su Santidad, y a estas conferencias asistía Lucrecia, y con tanto calor apoyaba a los agentes del Duque que, según ellos escribían, parecía ya una óptima ferraresa. Al fin se obtuvo del Consistorio, el 17 de Septiembre, la rebaja del canon de Ferrara de 400 ducados a 100 florines. Aquel mismo día renunció Lucrecia el Ducado de Sermoneta en favor de su hijo Rodrigo, Duque de Bisceglia, y el de Nepi en favor del infante romano, Juan, a quien hizo después el Papa Duque de Camerino.
Mientras llegaba a Roma la embajada y comitiva que debía venir a buscar a Lucrecia para conducirla a Ferrara, no paraban las fiestas en el Vaticano. Allí había todas las noches música, y canto, y baile, porque uno de los mayores placeres de Alejandro era ver bailar a mujeres hermosas, y a estas fiestas, que duraban hasta las dos o las tres de la mañana y a veces hasta el alba, solían ser invitados los enviados ferrareses para que admiraran la belleza de Lucrecia y la gracia con que bailaba, y para que vieran—decía el Papa—que la Duquesa no era coja.
A la que no estuvieron ciertamente invitados, y de ella, si tuvieron noticia, nada dijeron al Duque de Ferrara, fué a una bacanal con que obsequió César a su padre y hermana el último domingo de Octubre[93] y que el Maestro de ceremonias del Papa, Burchard, refiere en su Diario; y también el Materazzo de Perugia como cosa de todos conocida, no sólo en Roma, sino en Italia. Trátase del famoso baile llamado de las Castañas, en que tomaron parte unas cincuenta cortesanas, que, primero vestidas y luego enteramente desnudas, bailaron con los servidores del Duque, y acabada la cena pusiéronse los candelabros en el suelo, sobre el que se esparcieron gran cantidad de castañas que las desnudas cortesanas, andando a gatas entre las encendidas antorchas, debían ir recogiendo. El Papa, el Valentino y Lucrecia presenciaban desde una tribuna el espectáculo, y con sus aplausos animaban a las más diestras, que recibieron en premio ligas bordadas, borceguíes de terciopelo y cofias de brocado y encaje. Y después se pasó a otros placeres. Esto escribió Burchard, y es la única vez en que, al hablar de Lucrecia, la deja harto mal parada, por lo que Gregorovius, atribuyendo a la tradición popular la escandalosa relación a que Burchard dió cabida en su Diario, cree verosímil que en las habitaciones de César, en el Vaticano, tuviera lugar la referida fiesta; pero no el que a ella asistiera Lucrecia, ya legalmente esposa de Alfonso de Este y a punto de partir para Ferrara.
La designación de las personas, tanto ferrareses como romanas, que habían de acompañar a Lucrecia de Roma a Ferrara, fué cuestión ardua y discutida. La lista que mandó el Duque mereció la aprobación del Papa, así como la de César, que conocía a algunas de las personas escogidas. Más tardó el Papa en dar su lista y, según dijo, irían pocas damas, porque las romanas eran muy hurañas y poco diestras en cabalgar. Tenía Lucrecia unas siete doncellas que la seguirían a Ferrara, así como D.ª Jerónima, la hermana del Cardenal Borja, casada con un Orsini. De caballeros andaban escasos, porque salvo los Orsini, estaban en su mayor parte fuera de Roma. Sobraban, en cambio, curas y gente docta que no servían para el caso. De todos modos no irían menos de cien personas. Y como los enviados expresaran su sentimiento por no haberles concedido el Duque de Romaña la audiencia que le habían pedido, mostróse Su Santidad muy disgustado y dijo que el Duque acostumbraba hacer del día noche y de la noche día, y que era muy otra la Duquesa (Lucrecia) que como mujer prudente era fácil para las audiencias, e hizo de ella los mayores elogios por la gracia con que había gobernado el Ducado de Spoleto.