Pero el séquito ferrarés de Lucrecia, tan impacientemente aguardado en Roma, no se ponía en camino, a pesar de estar ya pronto. Sospechaba el Papa que en el retraso pudiera influir alguna razón política, y en efecto: el Emperador Maximiliano seguía insistiendo cerca del Duque para que aplazase la boda a que se había mostrado siempre opuesto. De más peso que esta opinión del Emperador era para el Duque el deseo de tener en su poder las Bulas y los 100.000 escudos contantes de la dote, que debían satisfacer los Bancos de Venecia, Bolonia y otras ciudades, amenazando, para el caso de que no estuviesen entregados al llegar la comitiva a Roma, con que le daría la orden de volverse a Ferrara. Enfurecióse el Papa cuando se lo dijeron los agentes del Duque, y los colmó de improperios, calificando de mercader al propio Hércules, que de ello se dolió.

Al fin, el 9 de Diciembre salió de Ferrara, precedida de trece trompetas y ocho pífanos, la lucida cabalgata de 500 jinetes que capitaneaba el Cardenal Hipólito, y de la que formaban parte sus hermanos D. Ferrante y D. Segismundo, los Obispos de Adria y Comacchio, Nicolás María y Meliaduse de Este y un Hércules, sobrino del Duque, además de otros muchos parientes y amigos ferrareses o feudatarios de Ferrara, personas todas de rango. Trece días duró el viaje, y desde el castillo de Monterosi, a unas quince millas de Roma, al que llegaron harto maltrechos, empapados y embarrados por efecto de las invernales lluvias y pésimos caminos, envió el Cardenal un mensajero a pedir las órdenes del Papa, quien dispuso hicieran su entrada por la puerta del Pueblo. Esta entrada de los ferrareses en Roma fué el más espléndido espectáculo del Pontificado de Alejandro VI. A las diez de la mañana del 23 de Diciembre llegaron al Ponte Molle, donde los recibieron el Senador de Roma, el Gobernador y el Barigello o jefe de la policía con unos dos mil hombres a pie y a caballo. A medio tiro de ballesta de la puerta del Pueblo salió a su encuentro la comitiva de César, 100 gentiles-hombres a caballo y 200 suizos a pie, armados de alabarda, con el uniforme pontificio de terciopelo negro y paño amarillo y gorra empenachada, y tras ellos, a caballo, el Duque de Romaña y el Embajador de Francia, vestidos ambos a la francesa. Desmontaron todos los jinetes, abrazó César al Cardenal Hipólito, y cabalgando a su lado dirigiéronse hacia la puerta, donde los aguardaban diecinueve Cardenales, con un séquito cada cual de 200 personas. Dos horas duró el recibimiento con un diluvio de discursos de bienvenida y gracias, y ya atardecido, al son de trompetas, pífanos y cuernos, encaminóse la cabalgata, por el Corso y el campo de Fiori, al Vaticano. Aguardábalos Alejandro rodeado de doce Cardenales, y después de haber cumplido con el Papa los Príncipes de Ferrara, llevólos César a casa de Lucrecia, la cual salió a recibirlos a la escalera, del brazo de un caballero anciano, con traje de terciopelo negro y cadena de oro al cuello, y según el ceremonial preestablecido, no besó a sus cuñados, saludándolos con una inclinación de cabeza como era moda en Francia. Vestía una camora o traje blanco de brocado de oro, y una sbernia o manto forrado de zibelina; las mangas también blancas, de brocado de oro, acuchilladas a la española; tocada con una cofia de gasa verde sujeta con un listón de oro y orlada de perlas, y al cuello un collar de gruesas perlas del que pendía un rubí. Se sirvieron refrescos, repartió Lucrecia unos cuantos regalitos, obra de joyeros romanos, y los Príncipes y su séquito se fueron muy contentos, habiéndoles parecido Lucrecia muy gentil y graciosa, según escribía el Prete a la Marquesa de Mantua[94].

Este Prete, que asistió a las fiestas de la boda en Roma y las describió con no menor lujo de detalles respecto de los trajes de Lucrecia que los que hallamos en la antes citada relación de D.ª Sancha, era un familiar de Nicolás de Cagnolo, a quien encargó Isabel de Este se fijase especialmente en la indumentaria, a la que atribuía grandísima importancia la Marquesa. Superaron las fiestas en fausto a las de las otras dos bodas de Lucrecia. Hubo cabalgatas triunfales, y luchas de atletas, y carreras de caballos, y comedias, bailes y banquetes, y además corridas de toros, que los italianos llamaban cacie al toro; habiendo el Papa anticipado el Carnaval, para que los romanos pudiesen entregarse libremente a toda clase de locuras, y se echasen a la calle enmascaradas desde la mañana hasta la noche las honestas y deshonestas meretrices que abundaban en Roma.

Las corridas de toros importáronlas los españoles en Italia desde el siglo XIV, pero no se generalizaron hasta el siguiente, en que los aragoneses las llevaron a Nápoles y los Borjas a Roma, placiendo a César porque en ellas lucía su fuerza y su destreza. Una carta, dirigida a Alfonso de Este por el ferrarés Adornino Feruffino, protonotario apostólico, describe la corrida, que tuvo lugar el 2 de Enero de 1502, en la que se lidiaron ocho toros y dos búfalos, que dieron poco juego. Con el Duque salieron a la plaza ocho caballeros, armados de rejones, y a uno de los toros se lo clavó el Duque en medio de los cuernos y cayó al suelo muerto. Después de esta hazaña dejó el caballo y volvió a pie, con doce compañeros, con unos rejones de asta fuerte y hierro largo, y cuando el toro venía hacia ellos se ponían muy juntos y lo herían de muerte. El mejor lance fué el de un toro bravísimo, que embistió a los peones, derribó a dos con poco daño y a otro lo enganchó y lo echó al aire, y cuando cayó en tierra no se movió, y se dijo que estaba muerto. Tres caballos de gran precio de los caballeros en plaza fueron destripados por los toros.

El Embajador de Ferrara, Juan Lucas Pozzi, para quien obtuvo Lucrecia el Obispado de Reggio, escribía al Duque, el 23 de Diciembre de 1501, que había ido a visitar a Lucrecia, después de la cena, y había tenido con ella larga plática sobre varios asuntos y había podido conocer que era muy prudente y discreta, afectuosa, de buena índole y en extremo respetuosa para con el Duque y D. Alfonso, por lo que creía que ambos quedarían satisfechos. Tenía mucha gracia para todo con modestia, simpática y honesta. Era también católica: mostraba temor de Dios e iba a confesarse al día siguiente para comulgar el día de Navidad. Su belleza era suficiente, pero sus agradables maneras, y su buena cara y gracia (la buona ciera et gratia) la aumentaban y hacían parecer mayor, y en resumen, eran tales sus cualidades, que no se debía ni podía sospechar cosa siniestra, sino más bien presumir, creer y esperar de ella óptimas acciones.

Ya hemos dicho que lo que más gustaba a Alejandro eran los bailes, porque en ellos se distinguía Lucrecia por su pericia y gracia, que encantaban al Papa. El Prete describe una fiesta que tuvo lugar en casa de Lucrecia, el domingo 26, día de San Esteban. Abrió el baile un caballero valenciano con una doncella de la Duquesa, que se llamaba Nicolasa. Bailó luego Lucrecia, muy lindamente, con D. Ferrante. Con las doncellas de Lucrecia podían competir las de Ferrara, a juicio del Prete. Había dos o tres graciosas. Una valenciana, Catalina, bailó bien, y había otra, un ángel de bondad (la Angela Borja), que el Prete, sin que ella lo supiera, escogió por favorita.

El personal femenino que había de llevar a Ferrara la Duquesa era objeto de especial predilección para el Prete, quien escribía que irían con ella Jerónima Borja, la hermana del Cardenal, mujer de Fabio Orsini, que se decía tenía el mal francés; Angela Borja, su hermana, que creía sería la preferida de Isabel de Este, porque a él también le placía; una Catalina, valenciana, que a unos gustaba y a otros no; una perusina guapa; otra Catalina[95]; dos napolitanas, Cintia y Catalina, que no eran bellas, pero sí agraciadas, y una mora, que nunca vió persona más hermosa y galana y bien vestida, con brazaletes de oro y perlas, creyéndola favorita de la Duquesa[96].

El 30 de Diciembre celebróse en el Vaticano el matrimonio. Salió Lucrecia de su Palacio, llevada de la mano por sus cuñados D. Ferrante y D. Segismundo, y seguida de toda su Corte y de cincuenta damas. Vestía de brocado de oro, a la francesa, con mangas abiertas que llegaban hasta el suelo y manto carmesí, forrado de armiño, cuya larga cola llevaban sus doncellas, y en la cabeza una cofia de seda y oro y sujeto el pelo por una sencilla cinta negra. El collar era de perlas y el colgante se componía de una esmeralda, un rubí y una perla de gran tamaño. Aguardábala el Papa en la sala Paolina, sentado en su trono y teniendo a su lado a su hijo César y a trece Cardenales. Presentes estaban también los Embajadores de Francia, España y Venecia, pero no el de Alemania. Empezó la ceremonia con la lectura del poder del Duque de Ferrara, a la que siguió la plática de rigor que pronunció el Obispo de Adria, el cual tuvo que abreviarla por habérselo así ordenado el Papa. D. Ferrante, en representación de su hermano D. Alfonso, dirigió a Lucrecia la pregunta de rúbrica, y habiendo ella respondido afirmativamente, le puso al dedo el anillo nupcial y se levantó acta en instrumento que redactó un notario. El Cardenal Hipólito presentó entonces las joyas que regalaba el Duque, por valor de 70.000 ducados, y de las cuales no se hizo mención en el acta notarial, «para que en el caso de que faltara la Duquesa a sus deberes para con D. Alfonso no se viese éste obligado más de lo que quisiera respecto a las alhajas», según escribía el Duque a su hijo Hipólito. La entrega hízola el Cardenal con mucha gracia: colocó ante el Papa el cofrecito, lo abrió, y ayudado por el tesorero ferrarés, Juan Ziliolo, fué presentando las joyas, de la manera más adecuada para realzar su valor y hacerlas mejor apreciadas. El Papa las tomó en sus manos y mostró a Lucrecia las cadenas, sortijas, pendientes, las piedras preciosas y, sobre todo, un magnífico collar de perlas, que había sido de Leonor de Aragón, siendo conocida la pasión que por las perlas sentía Lucrecia.

Desde las ventanas del Vaticano presenciaron las carreras de caballos y una justa, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro, y de la que resultaron cinco heridos, por servirse los combatientes de armas de filo. Trasladáronse después a la Cámara del Papa y allí empezaron los bailes, danzando Lucrecia con César por orden de Su Santidad, que se regocijó mucho. Bailaron asimismo muy bien las doncellas de Lucrecia por parejas, y al cabo de una hora empezaron las comedias, con una de Plauto, que por lo larga no se terminó, y luego otra igualmente en latín, muy bonita, pero cuyo significado no pudo alcanzar a comprender el Prete.

A esta fiesta siguieron otras, trayendo cada día aparejada la suya. Hubo una cabalgata, organizada por la ciudad de Roma, con trece carros alegóricos: comedias, Morescas, bailes a la moda, en uno de los cuales tomó parte César. El día de la corrida de toros se representó la comedia del Menechino, de Plauto, la misma con que había sido obsequiada Lucrecia cuando casó con Sforza.