El 5 de Enero cobraron los ferrareses el resto de la dote en dinero contante y se entregaron a Lucrecia todas las Bulas pedidas por el Duque de Ferrara, con lo que pudo ponerse en marcha al día siguiente la comitiva, que quería Alejandro fuese la más fastuosa que se hubiese jamás visto en Italia. Formaba de ella parte, como Legado del Papa, el Cardenal Francisco de Borja, Arzobispo de Cosenza, hijo natural de Calixto III y muy amigo de Lucrecia, a quien debía la púrpura. Iban, además, tres Obispos, cuatro enviados de la ciudad de Roma, dos representantes del patriciado romano, que fueron Francisco Colonna, de Palestrina, y Julián, Conde de Anguillara, a los que se juntaron Ranucio Farnesio y el Capitán de la guardia pontificia, D. Guillén Ramón de Borja, sobrino del Papa, y ocho gentiles-hombres de segundo orden. César envió una lucida escolta de doscientos caballeros: españoles, franceses, romanos e italianos de otras varias provincias, con música y bufones para entretener a la hermana en el camino. La Corte oficial de Lucrecia se componía de ciento ochenta personas, y entre sus damas llamaba la atención Angela Borja, cuya belleza había sido ya cantada en Roma por el poeta Diómedes Guidalotto, y mereció que la citara en su Orlando Furioso, Ludovico Ariosto. Con ella iba su hermana Jerónima, Madonna Adriana, que había servido de aya a Lucrecia; otra Adriana, mujer de Francisco Colonna, y una Orsini, que no podía ser su nuera Julia la Bella, pero que quizá fuera la hija de esta Laura, que contaba entonces unos diez años y era ya prometida esposa de Federico Farnesio.
No cesaba Alejandro de alabar, en sus conversaciones con los enviados ferrareses, la castidad y pudicicia de su hija, que deseaba no la rodeara su suegro sino de damas y caballeros que fuesen gente de bien, y ellos escribían a Ferrara que Lucrecia les había dicho que por sus acciones jamás habría de sonrojarse Su Santidad, lo cual tenían por cierto, pues cada día tenían mejor opinión de su bondad, honestidad y discreción, viviéndose en su casa, no sólo cristiana, sino religiosamente. Y el Cardenal Ferrari, al recomendar a Lucrecia, por sus méritos y virtudes, creía oportuno avisar al Duque de Ferrara que cuanto por ella hiciera lo apreciaría el Papa como si por él lo hiciese.
El 6 de Enero despidióse Lucrecia de sus padres (porque es de suponer que lo hiciera a solas de Vannozza, que no asistió visiblemente a fiesta ninguna de la boda) y de su hijo Rodrigo, a quienes jamás había de volver a ver, y a las tres de la tarde se puso en camino, montada en una mula blanca, con riquísima gualdrapa y arreos de plata y vestida con un precioso traje de viaje que daba gusto verla, cabalgando entre los Príncipes de Ferrara y el Cardenal de Cosenza y con un séquito de más de mil personas. Hasta la Plaza del Pueblo la acompañaron todos los Cardenales, los Embajadores y los Magistrados de Roma, y un buen trecho fuera de la ciudad, César y el Cardenal Hipólito, que regresaron luego al Vaticano. Alejandro, después de despedirse, en la sala del Papagayo, de su hija, con la que estuvo solo largo rato, fué a verla pasar de cuantas partes pudo, y con los ojos y el corazón la siguió, ansioso, hasta que, desapareciendo a lo lejos, envuelta en polvo, la lucida cabalgata, perdió de vista, y para siempre, a la hija predilecta que había querido de un modo superlativo, según escribía una vez a su Rey un Embajador napolitano.
VI
Viaje de Lucrecia de Roma a Ferrara.—La entrada y fiestas de la boda.—Asisten a ellas Isabel de Este e Isabel Gonzaga.—Rivalidad de la primera con Lucrecia.—Despedida de la servidumbre española.—Queda en Ferrara Angela Borja y es causa involuntaria de la tragedia de la Casa de Este.—Los alfileres de Lucrecia.—Su primer desgraciado alumbramiento pone en peligro su vida.—Visítala su hermano César.—Conquista éste la Romaña y se apodera de Urbino y Camerino.—La rebelión de sus capitanes.—El bellísimo engaño de Sinigaglia.—Muerte de Alejandro VI.—Suerte que corrieron el hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, y el infante romano Juan de Borja.—La del Valentino en España.—Su muerte en Viana.—Partos y duelos de Lucrecia.
En el viaje de Roma a Ferrara, que se hace hoy sin gran fatiga y en pocas horas, tardó Lucrecia veintisiete días, siguiendo el itinerario que el Papa había trazado y prescrito, y aunque las etapas fueron muchas y breves las jornadas, no dejó de ser en extremo cansado para ella y las damas que la acompañaban, poco aficionadas a cabalgar, siquiera fuese en mula. El 13 de Enero llegaron a Foligno tan molidas que resolvieron descansar allí todo el día, con lo que no era posible estar antes del martes 18 en Urbino, donde pasarían el 19, y saldrían el 20 para Pesaro, según escribían desde Foligno al Duque Hércules sus Embajadores. Y añadían que, como la Duquesa querría ciertamente tomarse algún otro día de descanso en el camino, para no llegar estropeada y descompuesta, no estarían en Ferrara antes del último día del mes o en los primeros del siguiente.
En todos los pueblos en que era Lucrecia conocida por su gobierno de Spoleto, fué muy agasajada, y a Foligno salieron a recibirla los Baglioni, que la convidaron a ir a Perugia, pero la Duquesa había resuelto ir embarcada de Bolonia a Ferrara para evitar las molestias de la vía terrestre. De Foligno se siguió el viaje por Nocera y Gualdo a Gubbio, una de las más notables ciudades del Ducado de Urbino, y desde allí regresó a Roma el Cardenal Borja. A dos millas de la ciudad salió al encuentro de Lucrecia la Duquesa Isabel, hermana del Marqués de Mantua, que la acompañó hasta Ferrara, según lo había prometido, compartiendo con ella la litera que con este objeto había mandado hacer Alejandro. En Urbino la recibió el Duque Guidobaldo con su Corte, y Lucrecia se alojó con los Príncipes de Este en el magnífico palacio de Federico, que los Duques, por cortesía, les cedieron. Conocían a Lucrecia de Roma, donde el Duque había servido como condotiero al Papa en la campaña contra los Orsini a que puso fin la batalla de Soriano, y de Pesaro, durante el idilio con Juan Sforza, y aunque no habían visto con gusto el matrimonio con Alfonso de Este, agasajáronla, fiando a su amistad el porvenir de Urbino, sin sospechar que a los pocos meses habían de verse despojados por César de sus Estados y obligados a buscar refugio primero en Mantua y luego en Venecia.