De Urbino pasaron a Pesaro, donde fué Lucrecia recibida con grandes demostraciones de júbilo y respeto, como en todas las ciudades conquistadas por César, que constituían el Ducado de Romaña. Alojóse en el palacio y permitió a las damas de su séquito que bailasen aquella noche con las de Pesaro, entre las que figuraba Juana López, a quien ella casó con el médico Juan Francisco Ardizzi; pero no asistió a la fiesta ni salió de su cuarto en todo el día, bien porque lo dedicase a lavarse el pelo, bien porque no quisiera dejarse ver de sus antiguos vasallos. Se detuvo luego en Rimini, Cesena, Forli, Faenza e Imola, donde también dedicó otro día a lavarse la cabeza, que ya empezaba a dolerle porque hacía ocho días que no había podido hacerlo. El 28 de Enero tomó la cabalgata el camino de Bolonia. El tirano Juan Bentivoglio, que debía al Rey de Francia el haber salvado sus Estados de la rapacidad de César, y su mujer, Ginebra Sforza, tía de Juan, el Señor de Pesaro, cuidaron de que no se traslucieran los sentimientos que les inspiraban los odiados Borjas y no omitieron esfuerzo ni gasto para festejar suntuosamente a Lucrecia en Bolonia. El 31 de Enero embarcó en el canal que unía a Bolonia con el Po, y aquella misma tarde llegó Lucrecia al castillo de Bentivoglio, a veinte millas de Ferrara, apareciéndosele disfrazado Alfonso de Este, su marido, con el que no había cruzado palabra alguna desde la firma del contrato nupcial el 1.º de Septiembre. Conmovióse Lucrecia al verle, mas pronto se repuso y lo acogió con devoción y gracia, a que él correspondió con mucha galantería, según escribió Bernardino Zambotto, volviéndose al cabo de dos horas a Ferrara. Debió el rudo Alfonso sentir todo el encanto seductor de Lucrecia durante la larga plática, de la que ella quedó muy satisfecha, y se apresuró a hacérselo saber al Papa, a quien escribía diariamente, habiendo sido aún mayor, si cabe, la satisfacción de Su Santidad, que abrigaba el temor de que no fuera su hija bien acogida por su tercer marido y su nueva familia ferraresa.
El 1.º de Febrero encontró en Malalbergo a Isabel de Este, llamada por su padre el Duque para hacer con él los honores en Ferrara, y aunque ella de mejor gana se hubiera quedado con el marido en Mantua, saludó y abrazó con furia gozosa a su cuñada, según escribía al Marqués, y la acompañó a bordo hasta Torre della Fossa, donde el canal desemboca en uno de los brazos del Po. Allí la esperaba el Duque con D. Alfonso y la Corte. Saltó Lucrecia a tierra y la besó su suegro, después de haberle ella besado la mano, y subieron todos a un bucentauro o barca lujosamente aparejada, en la que fueron presentados a la Duquesa los Embajadores y muchos caballeros ferrareses, a quienes dió la mano, desembarcando en Borgo de San Lucas. Alojóse en el palacio de Alberto de Este, hermano bastardo de Hércules, donde la aguardaba la hija natural del Duque, Lucrecia, mujer de Aníbal Bentivoglio. Habían acudido a Ferrara todos los grandes vasallos del Estado, mas no compareció ningún Príncipe reinante. Los Señores de Mantua y de Urbino estuvieron representados por sus respectivas mujeres, Isabel de Este e Isabel Gonzaga. A los Bentivoglio los representó Aníbal, el yerno del Duque. Roma, Venecia, Florencia, Luca, Siena y el Rey de Francia, enviaron Embajadores. César quedó en Roma, y su mujer, Carlota d’Albret, que debía venir a pasar un mes en Ferrara, no se movió de Francia.
La entrada de Lucrecia en Ferrara tuvo lugar el 2 de Febrero y debió ser, según la descripción que de ella hicieron los que la presenciaron, un hermosísimo espectáculo. A las dos de la tarde fué a buscarla el Duque con los Embajadores y la Corte al Palacio Alberto, de donde partió la procesión. Abrían la marcha cuarenta y cinco ballesteros a caballo, con el uniforme blanco y rojo de la Casa de Este; seguíanles ochenta trompetas y muchos pífanos, y luego los nobles de Ferrara y las Cortes de la Marquesa de Mantua y la Duquesa de Urbino, y a caballo, rodeado de ocho pajes y vestido a la francesa, de rojo terciopelo, D. Alfonso con su hermano Fernando y su cuñado Aníbal Bentivoglio. Tras D. Alfonso venía la cabalgata de Lucrecia, los caballeros españoles, los cinco Obispos, los Embajadores, los cuatro Diputados de Roma, seis tambores y los dos bufones favoritos. La esposa, radiante de belleza y de felicidad, en un blanco corcel, con la dorada cabellera suelta sobre el manto de brocado de oro forrado de armiño, y al cuello el magnífico collar de perlas y rubíes de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón, que le envidiaba Isabel de Este, cabalgaba sola bajo palio, cuyas varas llevaban ocho doctores de Ferrara. Fuera del palio, y a su izquierda, por expresa invitación de Lucrecia, iba a caballo el Embajador de Francia, Felipe Rocaberti, como protector de Ferrara y de los Borjas. Y detrás de Lucrecia, asimismo a caballo y vestidos ambos de terciopelo negro, iban el Duque de Ferrara y la Duquesa de Urbino, con un séquito de parientes de la Casa de Este y las damas que acompañaban a Lucrecia, de las que sólo tres Orsini iban a caballo: Jerónima Borja, otra Orsini y Madonna Adriana, viuda y noble dama pariente del Papa. Venían, por último, cuatro carrozas con una docena de doncellas ferraresas destinadas a la Corte de la joven Duquesa, que fueron escogidas entre las de mejor presencia; dos mulas y dos caballos blancos de respeto, con lujosos arneses, y ochenta y seis mulas cargadas de efectos pertenecientes a Lucrecia. Al llegar ésta a la puerta de Castel Tedaldo, con el estruendo de las salvas y de los fuegos artificiales, se espantó y empinó el caballo que montaba, y antes de que pudieran sujetarla dió en tierra con la gentil amazona, en cuya ayuda acudió inmediatamente el Duque, y sin más daño que el susto montó en una de las blancas mulas y continuó la marcha de la lucida cabalgata, que al anochecer llegó al Palacio Ducal, llamado del Cortile, o sea del patio, al pie de cuya escalera de mármol se apeó Lucrecia.
Aguardaban allí la Marquesa de Mantua con un escogido ramillete de bastardas Estenses para saludar a la Borja; Lucrecia, la hija del Duque, casada con Aníbal Bentivoglio, y las tres hijas naturales de Segismundo de Este; Lucrecia, Condesa de Carrara; Diana, Condesa Uguzoni, y Blanca Sanseverino. En Palacio tuvo que oír pacientemente los encomiásticos epitalamios de los poetas cortesanos Ludovico Ariosto, Celio Calcagnini y Nicolás María Panizzato, y sobre todo el discurso latino de rigor, lleno de alusiones mitológicas y recuerdos clásicos del grave y solemne Pellegrino Prisciano.
Al fin dejaron solos a los esposos y aun les perdonamos la serenata y la maitinata entonces en uso. Recordaba Alfonso de Este las de su boda con Ana Sforza, que en estos términos describían Ermes María Visconti y Juan Francisco de Sanseverino en carta al Duque de Milán, de 14 de Febrero de 1491: «Puestos en la cama el esposo y la esposa, los acompañamos todos, y del lado de D. Alfonso estaba el Marqués de Mantua con otros muchos, buscándole las cosquillas, y él se defendía con un cacho de bastón que tenía en la mano, y ella estaba de muy buen humor; pero a ambos les parecía raro verse rodeados de tanta gente extraña, que cada cual les decía alguna cosa de las que suelen decirse en tales casos. Nos marchamos, y a la mañana siguiente volvimos para ver cómo se habían portado y supimos que ambos habían dormido muy bien, como nos lo figurábamos.» Preparábase Isabel con sus hermanos y hermanas di fare la maitinata a li sposi secretamente peró et cum pochi, según escribía al marido; mas renunciaron a ello, y el 3 de Febrero le decía al Marqués: «esta noche el señor D. Alfonso ha dormido con D.ª Lucrecia, su mujer, sin ninguna ceremonia previa, y según he oído ha caminado tres millas, aunque todavía no he hablado con ninguno de ellos. No les hemos hecho la maitinata como escribí estaba dispuesto, porque a decir verdad son éstas nozze fredde»[97].
Bien fuera por la aversión que tenía a su cuñada, bien porque las fiestas pecaran realmente de largas y pesadas, ello es que la Marquesa de Mantua y los que la rodeaban y adulaban no se cansaban de decir que eran unas bodas frías. Seis días, hasta que terminó el Carnaval, duraron las fiestas con que el Duque celebró el segundo matrimonio de su primogénito, y que consistieron principalmente en banquetes, bailes y comedias, a las que era Hércules en extremo aficionado, ufanándose de ser uno de los fundadores del teatro italiano del Renacimiento. Hacía ya algunos años que había hecho representar en Ferrara, traducidas al italiano por varios autores, las comedias de Plauto y de Terencio. En 1486 se habían representado los Menechmes, la comedia predilecta de Plauto, que fué puesta de nuevo en escena en Febrero de 1491 para la boda de Alfonso de Este con Ana Sforza. Tenían lugar estas funciones en el salón del Palacio del Podestá, llamado hoy Palazzo della Ragione, que contenía más de tres mil personas, distribuídas en trece filas de sillas, y del 3 al 8 de Febrero se representaron todas las noches, salvo en una que hubo de reposo, cinco comedias de Plauto, acompañadas de morescas, que eran primitivamente danzas pírricas, y fueron luego peleas de moros y cristianos, de donde les vino el nombre de morescas, tomando en ellas parte los principales personajes de la Corte, como César Borja en Roma, y Alfonso y Julio de Este en Ferrara.
Entre la batalla del marido y el cansancio del viaje durmió mal Lucrecia la noche de su entrada en Ferrara, según escribió al Marqués Gonzaga la Marquesa Cotrone, por lo que no se levantó hasta el mediodía, y después de una frugal colación se presentó vestida ricamente, a la francesa, y acompañada de los Embajadores. Todo el día se pasó bailando, y por la noche se representó el Epidicus, o el Pendenciero, con cinco bellísimas morescas. Tampoco se levantó más temprano Lucrecia al día siguiente, en que se bailó igualmente hasta las seis, y se representó por la noche Bacchides, que duró cinco horas y pareció a Isabel demasiado larga y fastidiosa. Por ser viernes, la mayor parte de las damas asistieron a la comedia vestidas de negro. El sábado 5 no se dejó ver Lucrecia en todo el día, que dedicó a lavarse la cabeza y a escribir cartas, y los huéspedes se contentaron con callejear por la ciudad, no habiéndose celebrado fiesta alguna. Aquel día el Embajador francés repartió los regalos que enviaba su Rey, siendo el de D. Alfonso una imagen de María Magdalena, a quien, según hizo notar, se asemejaba en gracia y virtud la esposa que había escogido. A la bellísima Angela Borja tocóle un collar de oro de gran precio. Por la noche invitólo a cenar la Marquesa de Mantua, que lo hizo sentar entre ella y la Duquesa de Urbino, y por complacerle cantó, acompañándose con el laúd, varias canciones y se lo llevó después a su Cámara, donde, en presencia de dos de sus doncellas, tuvo con él un coloquio secreto, y quitándose, por último, los guantes se los regaló amorosamente y con amorosas palabras, y el Embajador los aceptó con afectuosa reverencia. El domingo 6 oyó Lucrecia misa en la Catedral, donde un Camarero del Papa entregó a D. Alfonso una espada y una gorra, benditas por Su Santidad. Después del mediodía, los Príncipes y Princesas fueron a buscar a Lucrecia para conducirla a la sala del festín, y ella bailó con una de sus doncellas, unas bajas francesas, muy galanamente, según escribía la Marquesa de Mantua, y por la noche fueron al aburridísimo espectáculo de la comedia Miles gloriosus, el Soldado fanfarrón, la cual, aunque ingeniosa, no gustó por larga y por el estrépito de la gente. La Asinaria, o el Padre indulgente, que se representó el lunes 7, fué verdaderamente bella y deleitable, a juicio de la Marquesa, tanto por no haber sido demasiado larga, cuanto por haber estado mejor recitada y con menor estrépito. Por último, el martes se puso en escena la Casina, o la Ramera, que, como lasciva y deshonesta, nada dejó que desear. En el tercer acto hubo música de seis violas, una de las cuales tocó D. Alfonso.
Acabó el Carnaval y acabaron las fiestas de la boda y empezó el desfile de los convidados. Volvieron a sus palacios de Mantua y Urbino, tras una breve excursión a Venecia, las dos Isabeles, y la de Este, al decir de los muchos que en su loor cultivaban la lisonja cortesana, fué, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara, la que hubiese obtenido la manzana que el pastor troyano adjudicó en el monte Ida a la más hermosa de las diosas. Pero, a pesar del incienso que en las aras de Isabel quemaron sus admiradores, y que aun trasmina de los libros de su moderno y gran turiferario Alejandro Luzio; a pesar de los elogios que la Marquesa de Cotrone y los demás corresponsales del Marqués de Mantua la tributaron en sus cartas, celebrando su gran belleza, su suprema distinción y elegancia, su extraordinario entendimiento y exquisito tacto y la delicadeza y dulzura de su canto, no debió quedar enteramente satisfecha la Marquesa, que aspiraba, acaso con razón, a la primacía entre las mujeres italianas de su tiempo, y padecía, como suele acontecer a las personas que sienten tales ansias, por efecto de un exceso de protagonismo. No la superaba Lucrecia en hermosura, pero era más joven, competía con ella en la riqueza y gusto del vestir, adornábase con más valiosas joyas, y, sobre todo, en el bailar era maestra, no reconociendo rival en ninguna clase de danzas, porque con igual gracia y soltura bailaba las francesas, las españolas y las romanas, como no pudo menos de reconocerlo y declararlo en una de sus cartas la propia Isabel. Sentía ésta por Lucrecia, aun antes de conocerla, la aversión que inspira a la mujer honrada la que tiene fama de no serlo, aversión, a veces, acrecida por la envidia, que recuerda a las hijas de Eva la fruta prohibida, causa del pecado original y de otros muchos que por culpa de aquél viene desde entonces la Humanidad gozando y padeciendo. El difícil parentesco, la natural rivalidad femenina y aun quizás el presentimiento de que los encantos de Lucrecia le robarían algún día el afecto del marido, hicieron que las relaciones entre las dos cuñadas fuesen tan frías como las bodas, mientras duraron las fiestas. La Marquesa llegó a Mantua el lunes 14 de Febrero, y cuatro días después escribió a Lucrecia una carta en términos de extrema cortesía, a la que contestó de igual manera Lucrecia el 22 de Febrero, empezando así una correspondencia que duró diecisiete años, y que no prueba, sin embargo, como pretende Gregorovius, que la Marquesa, en un principio hostil, se convirtiera más tarde en sincera amiga de su cuñada. Las 339 cartas de Lucrecia, que se conservan en el Archivo Gonzaga, son todas pálidas e insignificantes: tratan de regalos, gracias, pésames, recomendaciones, escritas siempre en el estilo cancilleresco de la época, sin que haya una sola en que aparezca la supuesta amistad.
Llamó la atención, y es digna de notarse, la despedida de los Embajadores de Venecia, Nicolás Dolfini y Andrés Foscolo, que asistieron a las fiestas vestidos a costa de la Señoría con lujosos mantos de terciopelo carmesí, forrados de armiño. Habíanlos estrenado en Venecia, en la sala del Gran Consejo y en la Plaza de San Marcos, para satisfacer la legítima curiosidad de sus conciudadanos, y tenían encargo de ofrecérselos a Lucrecia, cuando terminaran su misión, como regalo de la Serenísima República. Al despedirse de la Duquesa pronunciaron largos y sendos discursos, uno en latín y otro en italiano, y se retiraron luego a la antecámara para quitarse los trajes de la boda, volviendo al salón para hacer de ellos entrega a Lucrecia, según se les tenía ordenado.