Las que no se marchaban, a pesar de las ganas que tenía Hércules de quitárselas de encima, eran madonna Adriana, Jerónima Borja y la otra Orsini, que tenían encargo de Alejandro de esperar en Ferrara a la Duquesa de Romaña, Carlota d’Albret, la cual siguió en Francia, sin hacer caso de las instancias del Nuncio, y sólo vino a Ferrara, el 6 de Febrero, el Cardenal d’Albret, de paso para Roma. Quejábase el Duque a su Embajador en Roma del grande e insoportable gasto que le causaba la presencia de estas damas y la del gran número de hombres y mujeres que esperaban su partida, y que ascendían a unas 450 personas y 350 caballos. Los víveres se habían consumido, la Duquesa de Romaña no vendría para la Pascua y él no podía seguir soportando el gasto, porque le habían costado más de 25.000 ducados las fiestas de la boda. A los gentiles-hombres del Duque de Romaña los había despedido, después de doce días de estancia, por impertinentes, y porque su presencia no beneficiaba a Su Santidad ni al Duque. Mas si no tan pronto como deseaba el Duque, fuéronse, al fin, casi todas las damas y doncellas españolas y romanas que a Ferrara vinieron con Lucrecia, y que ésta vió partir con harto y mal disimulado sentimiento. El 26 de Febrero escribía a la Marquesa de Mantua Teodora Angelini, que ya había partido Jerónima Borja y la hermosa Catalina y las otras dos que cantaban y la mayor parte de los españoles de la familia, quedando tan sólo madonna Adriana, Angela Borja y las dos hermanas napolitanas, con la madre, que quizás se marcharían antes de Pascua.
Duró poco tiempo la Angelini en casa de Lucrecia, y en cambio Angela Borja permaneció hasta su boda al lado de su tía la Duquesa, y no sólo fué su amiga y confidente, sino que cautivó con sus encantos a cuantos en la Corte de Ferrara la vieron y trataron. Ya escribía el Prete a Isabel de Este, desde Roma, que esta Angela era su preferida, y creía lo sería también de la Marquesa, y Polissena Bentivoglio le decía, desde Ferrara: Questa Madonna Angela e la più cara cosa che l’habia al mondo et benemerito perchè non praticai mai Madonna più piacevole et più humana. En un principio, cuando Lucrecia andaba malhumorada por el licenciamiento de sus españoles, mostróse esquiva con los ferrareses, y éstos se quejaban de que la señora no gustase sino de Angela y de las otras españolas. A una de éstas, la Nicolasa, la cortejaba, sin pecar, D. Ferrante, por lo que el Duque puso coto a sus visitas a Palacio; y el Prete había tomado por su cuenta a la morita, a quien obsequiaba, como a los niños, con golosinas, y para que no recelase la señora la llamaba hija y decía que sentía por ella cariño de padre. Poco a poco fué Angela adueñándose de la Corte de Ferrara. Uno de sus admiradores le envió las siguientes quintillas:
A LA SEÑORA DOÑA ANGELA
Es aquel ángel del cielo,
Es doña Angela escogida,
Que si anda en este suelo
Es para darnos consuelo
En los daños de la vida:
Tan hermosa, tan galana,
Tan graciosa, tan apuesta,