No había esperanzas de que tuviera Alfonso II herederos legítimos, y la Bula de Pío V excluía terminantemente de la investidura de Ferrara a los bastardos. Era el Duque sano, vigoroso, gallardo, exuberante de vida; pero en el matrimonio, como fuera de él, había demostrado su incapacidad prolífica, la cual se atribuía, según unos, a una caída de caballo que sufrió en Francia, y según otros, a una cura heroica a que le sometió, siendo aún niño, la Facultad de Ferrara. Aventuras con fáciles y plebeyas beldades no le faltaron, y a estas accidentales favoritas dábales una dote de cuatro mil escudos y les buscaba marido, que siempre se encontraba. Una de ellas, hija de un zapatero, casó con un hombre viejo, feo y contrahecho, de quien quedó en seguida encinta, y tanto la satisfizo el haber dado con la horma de su zapato, que no se recató en vocear la notoria inferioridad viril del Duque, cuya reputación quedó muy malparada.
La primera mujer de Alfonso, Lucrecia de Médicis, murió prematuramente de una mal cuidada infección pulmonar, el 21 de Abril de 1561, y el Duque contrajo un segundo matrimonio con la Archiduquesa Bárbara, una de las once hijas que el Emperador Fernando I tuvo en Ana Jagelona, la hija de Ladislao VII de Polonia. La mayor, Isabel, casó con Segismundo II de Polonia, y entre las brutalidades del marido y las perfidias de la suegra, la milanesa Bona Sforza[127], murió a los diecinueve años de edad y dos de casada. Catalina estuvo a los siete prometida a Francisco III Gonzaga, que tenía su misma edad, y a la muerte de éste pasó a ocupar el tálamo que dejó vacante su hermana Isabel. Magdalena debió casarse con Manuel Filiberto de Saboya, pero el Emperador le eximió del compromiso contraído, cuando por razones políticas se enlazó con Margarita de Valois, y la abandonada novia acabó sus días en el claustro. Leonor casó con Guillermo Gonzaga, el jorobado Marqués de Mantua. Juana, a quien pretendía Alfonso, fué mujer de su cuñado Francisco de Médicis, que enamorado de la veneciana Blanca Cappello, que había huído a Florencia con su raptor, casó con ella tan luego como murió Juana. El Duque de Ferrara se contentó, pues, con Bárbara, que tenía veinticinco años y era pequeña, pálida, con la cara larga y el labio característico de los Austrias. Había heredado la liberalidad y la afabilidad del Emperador Fernando y la dulzura y bondad de su madre. En su Relación al Senado, decía el Embajador veneciano Contarini que de las cuatro Duquesas que habían tenido los ferrareses, la española (Lucrecia Borja), la francesa (Renata de Francia), la italiana (Lucrecia de Médicis) y la alemana (Bárbara de Austria), era esta última con la que habían estado más contentos. Después de cuatro meses de enfermedad, y contando treinta y tres años escasos, expiró santamente, el 19 de Septiembre de 1572, en brazos de su hermana Leonor de Mantua. Lloróla el pueblo como a ninguna otra Duquesa, y es la única que no yace en el suelo, sino en un mausoleo de mármol que en la Iglesia de Jesús le erigió Alfonso II.
No habiendo éste podido obtener del Papa Gregorio XIII (Boncompagni) la facultad de designar por extensión su heredero a falta de legítimos, pensó contraer terceras nupcias, y se habló de la joven y bella Marfisa de Este, hija natural del Marqués de Massalombarda, que acababa de heredar del padre la conspicua suma de doscientos mil escudos de oro. Pero Marfisa casó con su primo Alfonsino, primogénito del Marqués de Montecchio, boda impuesta por el Duque, a la que como vasallo y pariente y muy a disgusto se sometió el Marqués, previendo que había de costarle la vida a su hijo, que contaba apenas diecisiete años y era de constitución harto débil, mientras Marfisa tenía ya veintidós y era una gallarda moza, vigorosa como una amazona y de ardoroso temperamento. Realizáronse los temores de Montecchio, pues en cinco meses acabó Marfisa con el tierno y enclenque marido. Aspiró luego a su mano el Marqués de Mantua para uno de sus hijos; pero llegó tarde, porque la bella viuda estaba ya comprometida y casó en palacio con Alderano Cybo, Marqués de Carrara.
La tercera mujer de Alfonso II fué su sobrina Margarita Gonzaga, hija del Duque Guillermo y de Leonor de Austria, la hermana de Bárbara. Tenía catorce años escasos y el Duque cuarenta y cinco ya cumplidos, y el Marqués de Montecchio, que por poder había representado a Alfonso en el matrimonio celebrado en Mantua el 24 de Febrero de 1579, decía: «Si con ésta no tiene mi Duque sucesión, puede estar tranquilo de que no ha de tenerla con ninguna.» Y, en efecto, no la tuvo. Pasó el tiempo, y Margarita, que se divertía mucho en Ferrara con las fiestas, sus damas, sus perros y una enana, no se preocupaba de dar al Duque, sea como fuere, el deseado heredero.
Convencido, pues, Alfonso de que no lo tendría legítimo y directo, quiso obtener del Papa la investidura de Ferrara, por extensión, para su primo César, el hijo del Marqués de Montecchio; y habiendo sido elegido Papa el Cardenal Sfondrati, Gregorio XIV, milanés, amigo de la Casa de Este, trasladóse Alfonso a Roma y ofreció a Su Santidad ir a combatir contra el turco con seis mil hombres, doblar el canon anual de Ferrara a la Iglesia y donar a la Cámara Apostólica un millón en oro. La tentadora oferta hizo que el Papa presentara al Sacro Colegio un decreto conforme a los deseos del Duque, pero a él se opusieron los Cardenales, por considerarlo contrario a la Bula de Pío V, que habían jurado defender, en vista de lo cual retiró el Papa el decreto y falleció pocos meses después. Resultaron también infructuosas las gestiones de Alfonso cerca de Clemente VIII (Hipólito Aldobrandini), hijo de un Aldobrandini expulsado de Florencia y protegido de los Este.
Más afortunado fué con la sucesión de los feudos imperiales de Módena, Reggio y Carpi, cuya investidura dió Rodolfo II a César el 8 de Agosto de 1594, mediante el pago de 400.000 escudos. El 17 de Julio del siguiente año otorgó Alfonso testamento, llamando a su primo César a la sucesión de todos sus Estados, y el 27 de Octubre de 1597 murió el nieto de Lucrecia Borja, último de los Este que reinó en Ferrara, habiendo sido trasladado, el día 29, su cadáver al Corpus Domini y enterrado el 24 de Enero de 1598 con su primera mujer, Lucrecia de Médicis. La viuda, Margarita Gonzaga, se retiró a Mantua, donde murió el 6 de Enero de 1618, y yace en el suelo en el coro del convento de Santa Ursula, que ella fundó.
Apenas expiró Alfonso surgió el conflicto entre el Papa Clemente VIII y César, que era, como queda dicho, hijo de Alfonso, Marqués de Montecchio, y de Julia de la Rovère, de los Duques de Urbino[128] y nieto de Alfonso I y de Laura Eustochia Dianti, cuyo matrimonio in articulo mortis se negó a reconocer la Santa Sede. Creyó César que podría contar con el apoyo de Alemania, España, Venecia, Toscana y Mantua; pero la habilidad de la diplomacia pontificia y el anuncio de que Enrique IV ponía a la disposición del Papa un ejército de diez mil hombres para la conquista de Ferrara, cambió por completo la situación. Rehusó el Papa la oferta del francés; pero no sólo esgrimió contra César las armas espirituales, excomulgándolo, sino que juntó con maravillosa rapidez en Faenza un ejército de treinta mil hombres. Viéndose perdido César, ocurriósele solicitar la intervención de su mortal enemiga Lucrecia, la cual estipuló con el Legado del Papa, el 12 de Enero de 1598, un convenio que fué un verdadero desastre para la Casa de Este, pues perdió a Ferrara, Comacchio y la baja Romaña. El 28 salió César de Ferrara, y al día siguiente hizo su entrada el Cardenal Pedro Aldobrandini, como Legado a latere, siendo recibido por los ferrareses con el mismo entusiasmo que los antiguos Duques de la Casa de Este. Presenció esta triunfal entrada desde sus habitaciones de Palacio la Princesa Lucrecia, que murió el 12 de Febrero, dejando todos sus bienes al Cardenal Aldobrandini, por quien tuvo un senil antojo, que aprovechó el Cardenal, enamorado de una de las doncellas de Lucrecia.
¿Qué se hicieron los demás hijos de Lucrecia Borja? El Cardenal Hipólito II, que heredó de su padre la afición a los jardines, arte antes desconocido en Italia, que cultivó Alfonso I en las Delicias o villas que creó en Ferrara, construyó la suntuosa villa de Este en Tívoli, una de las más famosas de Italia, y allí murió tranquilamente, a los sesenta y tres años de edad, sin que haya noticia de que tuviera sucesión, como su tío Hipólito I. Leonor murió de Abadesa de las Clarisas del Corpus Domini. Y Francisco, que sirvió como General a Carlos V en Flandes, no se casó, pero tuvo dos hijas naturales: Marfisa y Bradamante, que casaron con dos nobles ferrareses, el Marqués de Carrara y el Conde de Bevilacqua, después de haber sido, la primera, mujer por pocos meses de Alfonsino, el primogénito de Montecchio.
Con su incorporación a los Estados de la Iglesia empezó la decadencia de Ferrara, ciudad que bajo el Gobierno de los Este había llegado al más alto grado de prosperidad. Mas si es hoy, después de haber ocupado importante lugar en la historia de la Edad Media y del Renacimiento, una de tantas ciudades muertas italianas, vive aún por el arte y para el arte, y si en sus antes bulliciosas y ahora solitarias calles crece la yerba, proclaman sus bellísimos palacios, al par que el pasado poderío, la grandeza del genio italiano. Algunos de los palacios estenses están destinados a servicios públicos: en el Castillo viejo está la Prefectura; en el Palacio ducal, el Municipio; en el de la Razón, los Tribunales de justicia; en el de los Diamantes, la Pinacoteca; en el del Paraíso, la Universidad. En nuestros días se ha despertado, por fortuna, el amor al arte y a las pasadas glorias, y procuran los ferrareses, enamorados de su ciudad natal, salvar de la ruina a que por la incuria y el abandono estaban condenadas, algunas joyas arquitectónicas, como la casa de Ludovico el Moro, que éste hizo construir para refugiarse en Ferrara si de Milán le echaban, como sucedió, y que no habiéndola podido disfrutar, donó a Costabili; y la casa de Romei, que, incorporada al convento del Corpus Domini, habitó Lucrecia Borja, una y otra hasta ahora ocupadas por gente pobrísima, poco adecuada para cuidarlas y evitar su deterioro.
Compréndese que fuera Ferrara, en los primeros años del siglo XVI, una de las más hermosas ciudades de Italia, y que el ser allí Duquesa pareciera a Lucrecia la realización de un sueño, después de sus infortunios conyugales con el Señor de Pesaro y el Duque de Bisceglia y de su vida en Roma, a merced del Papa y de su hermano el Valentino. En aquel escenario y en aquel ambiente la figura de Lucrecia se nos muestra de muy distinto modo que en Roma, sobre todo en sus últimos años, casi siempre encinta, enlutada y triste por la pérdida de las personas más allegadas y queridas y buscando en el cielo el consuelo que no podía hallar para sus penas en la tierra. Cuán otra de la Lucrecia que vió por vez primera el florentino Lorenzo Pucci, en compañía de Julia Farnesio, secando al fuego de la chimenea la copiosa y dorada cabellera; de la Lucrecia enjoyada y jocunda, incansable y graciosa bailarina, que se sentaba descaradamente con su cuñada Sancha entre los canónigos en el coro de San Pedro y presenciaba sin rubor la danza de las castañas en el aposento del Valentino, y en cuyo corazón apenas hacían mella desgracias y crímenes tan grandes como el asesinato de su hermano el Duque de Gandía y el de su marido Alfonso de Aragón, ejecutados por orden de César. Mudáronla los años. Quebrantaron su salud y mermaron su belleza las continuas gestaciones y los laboriosos partos, no pocos infelices, que la pusieron en peligro de muerte. Perdió la afición a los afeites, los trajes y las joyas, y entristeció su ánimo la larga enfermedad y ausencia del predilecto amigo, su cuñado el Marqués de Mantua. Si no se apartó del mundo para entregarse por completo a la vida devota, a la que dedicaba buena parte de su tiempo, fué porque no se lo consintieron sus deberes de madre y soberana, de que se mostró siempre cumplidora celosísima. Y si pecó en Roma en sus mocedades y acaso en Ferrara, quiso Dios, en su infinita misericordia, otorgarle la merced del padecer y darle tiempo para que en sazón se arrepintiera y pudiera morir cristianamente, como debía morir una española hija de un Papa.