El palacio que edificó entre el puente de Sant’Angelo y el Campo dei Fiori, y que regaló, al ser elegido Papa, al Cardenal Ascanio Sforza, hoy propiedad del Duque Sforza Cesarini, con cuyo nombre se conoce, estaba alhajado con extraordinario lujo, del que podemos darnos cuenta por una carta que el Cardenal Ascanio Sforza escribió a su hermano Ludovico el Moro, el 22 de Octubre de 1484, y en la que al hablarle de una cena con que le obsequió aquel día el Vicecanciller, en unión de otros tres Cardenales, describía la magnificencia de la decoración interior del palacio. Las paredes de la primera sala estaban todas cubiertas con tapices de asuntos históricos. De allí se pasaba a otra sala más pequeña, cubierta también con preciosos tapices las paredes y con alfombras el pavimento, en armonía con los demás adornos de la sala, en la que había una cama con dosel de raso carmesí y un aparador en que lucía la vajilla de oro y plata con piezas primorosamente labradas que eran una maravilla. Seguían dos salas: la una con tapices y alfombras y una cama de parada con dosel de terciopelo alejandrino, y la otra, aún más rica, con cama de aparato con dosel de brocado de oro y en el centro una mesa con un tapete de terciopelo alejandrino, rodeada de unas sillas de madera de finísima talla.

No es, pues, extraño que cuando a la muerte de Inocencio VIII se reunió el Cónclave, entre los aspirantes a la tiara se contara el Cardenal Borja, que si bien como español era malquisto, poseía tan cuantiosa riqueza, que podía ser ésta la que decidiera la elección en su favor, según acertadamente preveía el enviado de Ferrara Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena. Con siete votos seguros y cuatro probables contaba Sforza, y no pasaban de nueve los de Julián de la Rovère, que era el candidato de Francia y de Génova[10]. El 6 de Agosto empezó el Cónclave, y cuando el día 10, después de varias votaciones, se convenció Sforza de que no tenía ninguna probabilidad de sentarse en la Silla de San Pedro, prestó oídos a las tentadoras promesas de Borja, que le ofreció, no sólo el Vicecancillerato y su palacio de Roma, sino también el castillo de Nepi, el Obispado de Erlau y otros beneficios. Al Cardenal Orsini le aseguraron las importantes ciudades de Monticelli y Soriano, la Legación de la Marca y el Obispado de Cartagena; al Cardenal Colonna, la Abadía de Subiaco con todos los castillos adyacentes; al Savielli Cività Castellana y el Obispado de Mallorca; al Pallavicino, el de Pamplona; al Michiel, el de Porto; a los demás, ricas Abadías y pingües beneficios, llegando así a reunir catorce votos. Faltábale uno, y con el soborno de sus familiares se obtuvo el del Cardenal Gherardo, anciano de noventa y cinco años cumplidos y notoriamente desmemoriado que decidió la elección. Esta fué anunciada al rayar el día 11 de Agosto de 1492.

Cuantos conocieron al Papa Alejandro VI están conformes en pintarlo como hombre de gallarda presencia, alto, fornido y bien trazado, reconociéndole todos grandes dotes de inteligencia, siquiera fuese mediocre su cultura, una astucia natural y una vasta pericia en el manejo de los negocios, sobre todo cuando había en ellos dinero de por medio. El Obispo español Bernardino López de Carvajal, creado Cardenal de Santa Cruz en Jerusalén, encomiaba, en 1493, la soberana belleza y la fuerza física del nuevo Pontífice, belleza que, por los retratos que de él se conocen, y especialmente por el del Pinturicchio, en el famoso fresco del apartamento de los Borjas, en el Vaticano, no sería hoy igualmente apreciada. Otro prelado español, Juan López, el futuro Cardenal de Capua, Secretario del Papa, escribía, el 28 de Marzo de aquel mismo año, a don Enrique Enríquez, padre de la Duquesa de Gandía: «Estos otros Pontífices antepasados ninguno ovo de tan sublime natura, ni tan temido cuanto Papa Alejandro por su luenga experiencia, acertísimo ingenio y vehemencia en las acciones... Se viésedes, Señor, y contemplásedes como nosotros acá vemos en su regimiento y gobierno Su Beatitud, con qué gracia y suavidia fabla, con qué justicia y clemencia donde conviene se tempra, con qué devoción religiosa y liberalidad en las cosas pías se porta, vos maravillaríades por cierto. Da sus audiencias públicas speso (a menudo) fasta a las pobres vegezuelas, y con qué paciencia y sufrimiento. Espende y gasta lo que tiene en justos y buenos usos la mayor parte; e dá y dará tal razón delante Dios y el mundo de su gloriosa vida que todos devemos de estar contentos y asombrados.»

Era natural que esto pensasen y escribiesen del Papa los prelados españoles que habían de ser por él agraciados con la púrpura, y que el advenimiento de Alejandro VI fuese saludado con júbilo por los catalanes, parientes y conterráneos de Su Santidad, que a Roma acudieron de nuevo, atraídos por el dinero de San Pedro y con ánimo de recobrar el menoscabado señorío. De la inmoralidad de Rodrigo de Borja nada nos dicen los escritores, sus contemporáneos, italianos y españoles, porque era cosa común y corriente, no sólo en Italia, sino en España, donde abundaban, en los más ilustres linajes, los hijos fornecinos, y no era óbice la bastardía para llegar a los más altos puestos, incluso el trono. No podía, por tanto, causar sorpresa la vida licenciosa del Cardenal Borja y de sus hijos bastardos, porque así vivían los Príncipes italianos de su tiempo, los eclesiásticos como los seglares. Siete Príncipes, ninguno de ellos fruto de legítimo matrimonio, recibieron, en Ferrara, a Pío II, y en el mismo caso se encontraban, según escribió aquel Papa, la mayor parte de los que, a la sazón, gobernaban la Italia: Fernando de Aragón, en Nápoles; Francisco Sforza, en Milán; Borso de Este, en Ferrara; Segismundo Malatesta, en Rimini.

El Renacimiento con el culto de la antigüedad pagana, que resurgió en las letras y las artes, hizo que también resurgieran vicios y costumbres que al amparo de la filosofía florecieron en Grecia, patria de pensadores y de estetas. La prostitución vulgar del siglo XV, aceptada como mal menor y tenida por oficio vil, y aunque necesario, despreciable, pasó a ser a principios del siglo XVI artículo, no sólo de necesidad, sino de lujo, y adquirió formas más afinadas y atractivas. Las que se llamaban simplemente pecadoras se convirtieron, a imitación de las heteras griegas, en cortesanas, nombre que, según Burchard, se daba a las meretrices honestas, las cuales vivían suntuosamente en Roma y no se contentaban con poseer todos los secretos del arte para conservar, realzar y adornar la corporal belleza, haciéndola más seductora y lucrativa, sino que también nutrían con provechosa enseñanza su entendimiento para que la plática, culta y amena, fuera un encanto más que les captara el ánimo de los Príncipes de la Iglesia y de los grandes señores que las frecuentaban. Una de las más famosas entre las romanas, la Imperia, tuvo por amigo al banquero Agustín Chigi[11], y por maestro al Strascino de Siena[12], y esmaltaba sus cartas con citas griegas y latinas, y sólo otorgaba a escogidos primates sus codiciados favores. Tulia de Aragón[13] se distinguió como cortesana y poetisa, y también Verónica Franco[14]. Bandello conoció en Milán a la majestuosa Catalina de San Celso, que tañía y cantaba maravillosamente y recitaba poesías, y acaso fuera ella la cortesana de quien dice Aretino que se sabía de memoria a Petrarca y Bocaccio e innumerables versos latinos de Virgilio, Horacio y Ovidio, y por su amena conversación, tenía fama la española Isabel de Luna, mezcla bizarra de bondad de corazón y de procaz e impudente malignidad.

Mas no bastó a los humanistas para su solaz el renacimiento de aquellas ilustres cortesanas. No les bastaron los placeres a que naturalmente nos inclina la flaqueza humana. Parecióles digno de imitación y de encomio el ejemplo de los filósofos helenos, y ensalzaron y practicaron el pecado nefando a que los griegos dieron nombre. Ya desde principios del siglo XIV se conocía en Venecia, en Nápoles, en Siena. Dante tropezó en el Infierno con estos pecadores, entre los cuales estaba su propio maestro, Brunetto Latini, y el Obispo de Florencia, Andrés de Mozzi, y otros que fueron todos clérigos o letrados insignes de gran fama, y San Bernardino de Siena los amenazó en sus sermones con todas las iras y castigos del cielo. No se puede decir, como Ariosto, que de este vicio estaban infestados todos los humanistas; pero es indudable que en el número de los que por ahí pecaron figuró Angel Poliziano, cabeza de los humanistas en la Corte de Lorenzo de Médicis, y el cronista veneciano Sanuto, y el Embajador de Venecia cerca de Inocencio VIII, Antonio Loredano, que por el escándalo perdió su puesto, caso que pudiera en nuestros días repetirse, si el nefando pecado, público y notorio ya en varias residencias, llegase alguna vez a cometerse en forma que, traspasando los límites de la maledicencia diplomática, adquiriese las proporciones del manifiesto escándalo.

Consideróse entonces como uno de los castigos del cielo, anunciados por San Bernardino, un mal que causó aún mayores estragos que la peste, y que los italianos llamaron francés por suponerlo importado de Francia por el ejército de Carlos VIII, que ocupó a Nápoles y allí vivió entregado a Baco y a Venus; mientras que los franceses lo bautizaron de napolitano, teniéndolo por enfermedad propia de aquel reino.

No respetó el terrible mal ni aun a los que habían de sentarse en la Silla de San Pedro. No era, a la verdad, ejemplar la vida de aquellos Cardenales mundanos como Ascanio Sforza, Riario, Orsini, Balue, Savelli, Sanseverino, Julián de la Rovère, que nada tenían que echar en cara a Rodrigo de Borja. Vivían todos como príncipes seculares, en regios palacios, con centenares de servidores, los más de ellos armados, y paseaban por la ciudad a caballo, ataviados militarmente y con la espada al cinto, y acompañados de lucida escolta. Cazaban, jugaban, banqueteaban, cortejaban a casadas y doncellas, tomaban parte en las fiestas del Carnaval y se permitían toda clase de desenfrenos, sin desdeñar el meretricio. Profundamente mundana era la personalidad más importante del Sacro Colegio, el Cardenal Julián de la Rovère, que fué luego el Papa Julio II, verdadero hombre del siglo XV por la fuerza de la voluntad, la impetuosidad de la acción y la grandeza de sus proyectos e ideas, el cual tampoco guardó el celibato, pero sí cierta decorosa seriedad.

Hubo ésta de echarse de menos en Rodrigo de Borja, a quien nadie pudo disputar la palma de mujeriego y lujuriante. El Papa Pío II, que profesaba al Cardenal Vicecanciller un verdadero afecto, hubo de amonestarle por cierta fiesta que dió en Siena, de la que excluyó a padres, hermanos y maridos, para que no presenciaran cosas que el pudor obligaba a callar y no permitía llamar por su nombre[15]. Pero las amonestaciones y consejos, siquiera fuesen tan autorizados y prudentes, de poco sirvieron para morigerar a aquel uomo carnalesco, que de mozo como de viejo, de Cardenal como de Papa, amó con pasión y hasta el fin a las mujeres, a quienes atraía como el imán al hierro[16].