Frisaba en los sesenta cuando empezaron sus amores con Julia Farnesio, que apenas contaba quince abriles, y de cuya peregrina hermosura se hicieron lengua los romanos, que por antonomasia llamábanla la Bella y también, impíamente, la esposa de Cristo. Lorenzo Pucci, el Embajador florentino, que la vió un día en casa de Adriana Milá, calentándose al fuego con Madonna Lucrecia, la hija de Nuestro Señor, después de haberse lavado la cabeza, operación frecuente y necesaria para las que, como Lucrecia, se enrubiaban a la veneciana, dice que parecía Julia un sol con la dorada cabellera que le llegaba hasta los pies. No tuvo la fortuna de pasar a la posteridad retratada por un gran artista, como le sucedió a Laura di Dianti, la amiga del Duque de Ferrara, Alfonso del Este, cuya belleza fijó en el lienzo el famoso Tiziano. Pretende el Vasari que Pinturicchio la pintó en una sobrepuerta del apartamento de los Borgias, en el Vaticano, como una Virgen a quien adora el Papa Alejandro VI; pero ni la Virgen que está en la sobrepuerta de la Sala de la Vida de los Santos se parece en nada a Julia, por los retratos que de ella trazaron con la pluma sus contemporáneos, ni está ante ella en adoración el Papa, maravillosamente retratado en el fresco de la Resurrección, en la Sala de los Misterios. Hay quien supone que es Julia, y no Lucrecia Borja, como hasta ahora se ha creído, la protagonista de la Disputa de Santa Catalina, la joven que, ricamente vestida de azul y rojo y suelta la dorada y copiosa cabellera, aparece ante el trono del Emperador; porque Julia Farnesio, que tenía entonces diecinueve años, gozaba en la Corte Pontificia de lugar preeminente como favorita oficial de Alejandro VI[17].

En ella tuvo el Papa una hija que se llamó Laura, y cuyo indecente parecido proclamaba a voces su paternidad, la cual tampoco ocultaban los Farnesios, que en el lenocinio fundaron su grandeza, ni podía ignorarla el apartado y pacientísimo marido, Orsino Orsini, el Tuerto, que para el caso resultaba ciego, emparentado asimismo con el Papa por su madre Adriana Milá, sobrina de Alejandro VI, y zurcidora del matrimonio de su hija y del adulterio de su nuera.

Esta Laura Orsini, apenas cumplidos los trece años y declarada núbil a ojo y fe de notario[18], casó el 16 de Noviembre de 1505 con Nicolás de la Rovère, sobrino del reinante Julio II, enemigo declarado de Alejandro VI, a quien públicamente llamaba Marrano, nombre con que se designaba a los judíos conversos. Celebróse la boda con gran pompa en el Vaticano, y a la ceremonia y al banquete de familia, presididos por el Papa, asistió la madre de la novia, doblemente viuda[19], llamando la atención por su gran dignidad y espléndida belleza, no afectada por los años ni por los escrúpulos de una conciencia estrecha. La sobrina de Su Santidad pasó a Urbino en compañía de la Duquesa Leonor de Gonzaga, mujer de intachable reputación; mas no pudo decirse lo mismo de la de Donna Laura, que sin duda heredó de sus padres descomedidos apetitos que no bastaba a satisfacer el cuitado marido. Ello es que pocos años después escribía el poeta Tebaldeo al Conde Baltasar Castiglione, que era D.ª Laura mujer de quien se debía huir, pues por haberla él servido quince días, temía que le durara quince años el recuerdo de aquella intimidad, por lo que aconsejaba al árbitro de las elegancias del Renacimiento que añadiera a sus letanías: A consuetudine Lauræ, libera nos Domine.

Casada su hija, desapareció Julia Farnesio de Roma, y a principios de 1509 contrajo segundas nupcias con un napolitano oscuro, que si bien tenía escasos medios de fortuna, poseía, al decir de las mujeres, inestimables prendas naturales que despertaron la curiosidad y la afición de Madonna Julia, la cual se hallaba a los treinta y cinco años solicitada por el recuerdo de las pasadas concupiscencias, seniles y sacrílegas, y por el ansia de arder, sin asomo alguno de pecado, al fuego de una sangre moza, que se le antojaba dispuesta a cumplir espontáneamente y con largueza todos sus deberes. Apartóse de las gentes para que no le robasen, las siempre envidiosas amigas, el tesoro de que quería gozar a solas, y cuando llegó su hora, antes de los cincuenta[20], pudo estimarse dichosísima por no haber conocido los desmedros y achaques de la vejez, que son en este mundo el mayor padecer y castigo de la mujer hermosa.

Yriarte cree[21] que no fué Laura Orsini el único fruto de los amores de Alejandro VI con la bella Julia, y pretende que en ellos tuvo a un D. Juan, infante romano, nacido en 1498 y reconocido por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, primero como hijo de César y de mujer soltera, y luego por hijo suyo y de la dicha mujer, que se ignora quién fuese. Otorgóle el Papa el Ducado de Nepi y después el de Camerino, y túvolo a su lado en el Vaticano, donde se crió con Rodrigo, el hijo de Lucrecia y de Alfonso de Aragón, demostrando Alejandro VI una especial predilección por ambos pequeñuelos. Esto dió lugar a que la maledicencia pública propalara la voz, que acogieron los poetas Sannazzaro y Pontano, y los historiadores y políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Guicciardini y otros, de que el Papa tuvo a D. Juan en su propia hija Lucrecia, separada a la sazón de su marido Juan Sforza, cuyo matrimonio se anuló por impotencia; pero el Tribunal de la Historia, por falta de pruebas, ha absuelto a Alejandro VI del nefando incesto, reputándolo calumniosa especie a que no fué extraño el despedido y despechado Sforza. Del infante romano habremos de tratar más adelante.

Otros bastardos tuvo el Cardenal Borja en diferentes y desconocidas mujeres. De Jerónima de Borja tenemos noticia, por su contrato de boda con Juan Andrés Cesarini, de 24 de Enero de 1482, en el que la reconoce el Cardenal por hija y la llama hermana del noble adolescente Pedro Luis y del infante Juan. Otra hija, Isabel, casó el 1.º de Abril de 1483 con el noble romano Pedro Juan Mattuzi, y cuando a la muerte de Alejandro VI se derramaron por Roma los Orsini clamando venganza, entraron en casa de Mattuzi y se llevaron a su mujer y a una bellísima hija casada para vengar en ellas los ultrajes de que habían sido víctimas, por parte de los Borjas, las mujeres de la familia Orsini.

Pero los bastardos más famosos fueron los que engendró Rodrigo en la romana Vannozza de Cattaneis, con quien mantuvo amorosas relaciones durante veinte años, siendo de ellas fruto, según rezaba la lápida, ya desaparecida, que cubría su sepultura en la Iglesia de Santa María del Popolo, en Roma, César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y Lucrecia, Duquesa de Ferrara.

No se cita en la lápida, obra del fideicomisario y albacea Jerónimo Pico, a Pedro Luis, a quien tuvo Mariana por primogénito de la Vannozza, y cree Gregorovius muy probable que lo fuera, y lo mismo opinan Oliver[22] y Höfler[23]. Debió nacer en 1463, porque en la Bula de su legitimación, de 5 de Noviembre de 1481, le llama Sixto IV adolescente romano, hijo tunc Diacono Cardenali et soluta, y al ser nombrado tutor de su hermano menor, Juan, en 29 de Enero de 1483, debía tener al menos veinte años. El Rey Fernando el Católico le concedió privilegio de legitimación y naturalización el 9 de Octubre de 1481, y en 20 de Mayo de 1485, el título de Egregius, extensivo a sus hermanos, a quienes nombra por este orden: a César, a Juan y a otro, cuyo nombre está en blanco, que debe ser Jofre; fundándose este título en los méritos que contrajo en la conquista de Ronda, en cuyo arrabal entró el primero por la fuerza de las armas, según afirma el Rey haberlo visto por sus propios ojos. En igual año y con fecha 3 de Diciembre, en Alcalá de Henares, le vendió el Rey en 63.121 timbres, tres sueldos y nueve dineros, la villa de Gandía, y como había sido ya vendida el 4 de Junio de 1470 a la ciudad de Valencia por su padre don Juan II de Aragón, que fué Duque de Gandía, le impuso D. Fernando la obligación de satisfacer a la ciudad las cantidades entregadas por ella y de depositar las sobrantes en la Tesorería Real, como se hizo el 14 de Diciembre, y el día 20 le hizo el Rey merced del título de Duque perpetuo y hereditario, que continuó en la Casa de Borja hasta su extinción, por línea directa y varonil, de esta famosa raza en 1748[24].

Tanto por el afecto que profesaba a su antiguo Camarlengo, como por el interés de atraerse la benevolencia del Cardenal Vicecanciller, arregló el Rey Fernando el matrimonio del Duque de Gandía con D.ª María Enríquez y Luna, hija de D. Enrique Enríquez de Quiñones, hermano de la Reina de Aragón D.ª Juana, y Mayordomo mayor de su sobrino el Rey D. Fernando; pero D. Pedro Luis murió en Roma, en Agosto de 1488[25], sin haber consumado el matrimonio y dejando por heredero del Ducado de Gandía y demás bienes a su hermano Juan, aún menor de edad, según testamento otorgado el 14 del mismo mes y año, en el cual legó 11.000 timbres como dote a su hermana Lucrecia. El Ducado de Gandía dejado a Juan, la dote legada a Lucrecia y la fecha del nacimiento de Pedro Luis, cuando ya habían empezado las relaciones de la Vannozza con el Cardenal Rodrigo, son datos que confirman la opinión de Mariana y la de los autores que la siguen.

Entre los recientes apologistas de Alejandro VI, que para rehabilitarle han apelado, según Pastor, a la indigna alteración de la verdad histórica, figuran el dominicano Ollivier[26] y el escolapio Leonetti[27]. Niega el primero la autenticidad del epitafio, mientras el segundo, haciendo caso omiso de Bulas de legitimación, despachos de diplomáticos y testimonios contemporáneos, pretende que los hijos de Vannozza no lo fueron del Papa, sino de un su hermano que quedó rezagado en España o de un hijo del Prefecto de Roma, Pedro Luis, hermano de Rodrigo, que murió soltero y sin conocida sucesión en 1458 o del padre del Cardenal Juan de Borja el joven, porque César le llamó hermano al participar su fallecimiento, o de cualquiera de los treinta Borjas que se encontraban en Roma. Compadecido el Papa de aquellos hijos de la Vannozza, engendrados por un Borja que se contentó con darles su apellido, sin que esto conste en documento alguno, viéndolos condenados a padecer varios padrastros, los recogió, los educó, los casó, los encumbró y los quiso como si fueran sus propios hijos, dando así lugar a que muchos los tuvieran por tales. ¡Hipótesis peregrina la de que estos hijos de la Vannozza, que Alejandro VI reconoció por suyos y carnales en documentos fehacientes, tuvieran por padre a un hermano de Rodrigo, hasta ahora desconocido, que quedó en España y desde allí los procreó en una romana que no salió de Roma!