II
Quién era la Vannozza.—Sus maridos.—Domenico d’Arignano.—Jorge de Croce.—Carlos Canale.—A la muerte de Alejandro VI estalla de nuevo en Roma, y con más fuerza, el odio contra los Borjas y los españoles.—Elección de Francisco Piccolomini, Pío III, y de Julián de la Rovère, Julio II.—Negociaciones y disputas del Papa con César Borja.—Capitulación de las fortalezas de la Romaña.—César pasa a Nápoles con un salvoconducto del Gran Capitán, que lo prende y envía a España.—Se evade del castillo de la Mota, de Medina del Campo, y muere frente a Viana peleando al servicio de su cuñado, el Rey Juan de Navarra.—Los últimos y devotos años de la Vannozza.—Sus hijos.—Juan II, Duque de Gandía, casa con D.ª María Enríquez, viuda de su hermano Pedro Luis.—El retrato del Pinturicchio en el apartamento de los Borjas.—Se desacredita como Gonfaloniero de la Iglesia, derrotado por los Orsini en la batalla de Soriano.—César, el Duque Valentino.—Su ambición.—Su carrera eclesiástica.—A la muerte de su hermano Juan cuelga los hábitos, aunque no le estorbaban en sus aventuras amorosas.—Casa en Francia con Carlota de Albret.—Jofre, Príncipe de Squillace.—Destinado primeramente a la Iglesia, contrae después matrimonio con Sancha de Aragón, hija natural de Alfonso II de Nápoles y se resigna a la constante infidelidad de su mujer.—Muere ésta y pasa a segundas nupcias con María Milá de Aragón.
¿Quién era esta Vannozza, durante largos años fiel amiga del Cardenal Rodrigo de Borja y la feliz e infeliz madre de sus ilustres hijos, según la antefirma de las cartas que les escribía? Sábese que se llamaba Vannozza, diminutivo de Juana, y que su apellido era de Cataneis, aunque usaba en sus cartas familiares el de Borja[28]; que era romana y vivía en la Plaza Pizzo di Merlo, llamada hoy Sforza Cesarini, en una casa de su propiedad cercana al palacio del Cardenal; que fué madre de cuatro de sus hijos, según rezaba su epitafio; que tuvo dos o tres maridos, de los cuales había ya enviudado antes de que muriera Alejandro VI; que alcanzó después tres Pontificados y murió en el de León X en avanzada edad y gozando fama de respetable, piadosa y benéfica señora, habiendo repartido, en vida y en muerte, su fortuna entre iglesias, hospitales y cofradías.
No fué una de tantas famosas cortesanas de las que entonces pululaban en Roma y entre las que descollaron, por cantidad y calidad, las españolas, según el testimonio de la Lozana Andaluza, de Francisco Delicado, digna compañera de la Nanna, protagonista de los Ragionamenti, de Pedro Aretino. Debió ser, en su mocedad, doncella honesta, y figúrasela Gregorovius como una de esas hermosas romanas, recias y voluptuosas, que tienen algo de la grandeza de Roma y en las que se juntan y acoplan Venus y Juno. Pero no pudo sustraerse a los ultrajes del tiempo, para las mujeres hermosas tan sensibles, y cuando pasaron los cuarenta no fué la costumbre, a pesar de su fuerza de atar, bastante poderosa para retener al ya maduro amante que por ley fatal de la edad se refocilaba y creía remozarse con el íntimo trato de las apenas núbiles doncellas. Una de éstas, la Bella, Julia Farnesio, vino a ocupar el puesto que durante veinte años había fecundamente usufructuado la Vannozza, la cual se jubiló con honores de madre, por serlo de los hijos predilectos de Alejandro VI, y continuó el Papa dispensándole a título, por decirlo así, familiar y en forma menos íntima, su bondadosa protección.
Tuvo, según Pastor, tres maridos: el primero de ellos un tal Domenico d’Arignano, con quien la casó el Papa en 1474. Cuando Alejandro VI quiso, en 1493, dar el capelo a su hijo César, Arzobispo ya de Valencia, al que para poder ordenarlo había dispensado Sixto IV, el 1.º de Octubre de 1480, del impedimento canónico, por defecto de nacimiento honesto, como nacido de Cardenal Obispo y de mujer casada[29], «salió nombrado Cardenal con probanza de muchos testigos, que juraron no ser hijo del Papa, sino de Dominico Ariñano, marido que era de la Zanozia; probanza que pasó por Rota y por el Consistorio, sin que casi persona se atreviese a hacer contradicción; tal era el poco miramiento de aquel tiempo». Esto dice Mariana, siguiendo en este punto al cronista Infessura; pero Gregorovius pone en duda que existiera este marido o que el matrimonio fuera legalmente reconocido, y se funda en que el contrato de boda con Carlos Canale expresa que pasa con éste a segundas nupcias, y en una donación a la iglesia de Santa María del Popolo, en que se declara viuda del dicho Canale y llama a Jorge de Croce su primer marido, obligándose los Agustinos a decir una misa en el aniversario del fallecimiento de cada uno de ellos, sin hacer mención del Arignano, de quien dice no hay más noticia que la del Infessura. Pero no conoció, sin duda, Gregorovius la Bula de 19 de Septiembre de 1493 en que se dice a César que había nacido del legítimo y constante matrimonio de Domenico d’Arignano, militar y doctor en leyes, y de Vanotia de Cathaneis, mujer romana, y habiendo fallecido el Domenico y quedado viuda, en ella procreamos a nuestro querido hijo el noble varón Juan de Borja, Duque de Gandía.
Después de haber sido Vannozza por largo tiempo la amiga del Cardenal Borja, dióla éste por marido, en 1480, al milanés Jorge de Croce, para encubrir así unas relaciones que continuaron, sin embargo, a ciencia y paciencia del elegido esposo. De éste tuvo un hijo, o al menos pasó por tal, el llamado Octaviano, que murió en 1486, el mismo año que su padre, y en 1481 dió a luz Vannozza otro, a quien pusieron por nombre el de su abuelo paterno, Jofre, y el Papa lo reconoció, el 6 de Agosto de 1493, por hijo suyo y de mujer viuda[30]. Para Croce obtuvo el Cardenal, del Papa Sixto IV, un empleo de Secretario apostólico, y era natural que con el aumento de familia y la paternal munificencia del Vicecanciller fuera Vannozza adquiriendo casas y viñas y las tres conocidas hosterías el León, la Vaca y el Gallo, y se enriqueciera a la par el predestinado y bonísimo marido, que fundó para él y los suyos una capilla en la iglesia de Santa María del Popolo.
No le parecía al Cardenal que la viudez fuese estado que conviniese a la Vannozza, por lo que la instó para que tomara nuevo marido que pudiera defenderla, administrar su fortuna y mantener el decoro de la casa. Y por complacerle, a los pocos meses de enterrado Croce, casó, el 8 de Junio de 1486, con el mantuano Carlos Canale, conocido como humanista en su ciudad natal, donde estuvo al servicio del Cardenal Francisco Gonzaga, y a la muerte de éste pasó a Roma con el Cardenal Sclafetano, de Parma. Habíalo conocido Borja en casa de ambos Cardenales y parecióle que, como hombre de ingenio y bien relacionado, sería para la Vannozza un buen marido. No le había servido, sin embargo, su ingenio para hacer fortuna, por lo que si aceptó la mano que le ofrecían, fué con ánimo y esperanza de que tuvieran la merecida recompensa los servicios que pudiera prestar a un Cardenal de la pujanza y largueza de Rodrigo Borja. No se sabe si Vannozza llegó a tener sucesión del Canale como del Croce; pero síntomas hubo de ella, puesto que Ludovico Gonzaga, Obispo de Mantua, dió poder a su agente en Roma para que le representara como padrino. Lo que sí se sabe es que Canale se mostraba muy satisfecho de haber emparentado, por conducto de la Vannozza, con el Papa, y de tener por hijastros[31] a los que con un elegante eufemismo llamaban los romanos «sobrinos de un hermano de Su Santidad». Canale, cuyas armas cuartelaba Vannozza con la de los Borjas, según puede verse en una pila de agua bendita donada a la iglesia de Santa María del Popolo, que se conserva en la sacristía, murió antes que el Papa[32], de suerte que al fallecimiento de éste buscó la viuda la protección de la gente de armas de su hijo César, a cuyo frente, por la enfermedad del Valentino, estaba el Príncipe de Squillace, Jofre, con el valenciano Miguel Corella, el Don Michelotto, de siniestra memoria, ejecutor de las justicias del Duque. Envió César a su madre, a su cuñada D.ª Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo, a Cività Castellana, y de allí pasó con ellas a Nepi, hasta que por enfermo, y a instancias de los Cardenales españoles, obtuvo, del bondadoso y compasivo Pío III, permiso para regresar a Roma y vino entonces a habitar con su madre el Palacio del Cardenal de San Clemente, en el Borgo, que había el Papa Alejandro dado al de Squillace; pero no considerándose en él seguro, trasladóse luego con los suyos al castillo de Sant’Angelo.