Contra los Borjas y los españoles desatóse por segunda vez, con más fuerza, la cólera de los romanos, exacerbada por la mayor duración del Pontificado. Era natural que Alejandro VI, como Calixto III, ateniéndose al consejo de «a los tuyos con razón o sin ella», favoreciese en primer término a sus parientes y luego a sus conterráneos. De los cuarenta y tres Cardenales que creó Alejandro, diecinueve eran españoles, no menos merecedores de la púrpura que los italianos. Españoles fueron sus médicos, Pedro Pintor, autor de un tratado De morbo gallico dedicado al Papa, y el valenciano Gaspar Torella; su bibliotecario, el catalán Pacell, que obtuvo el puesto que pretendía Poliziano; su camarero, Pedro Calderón, el Perotto, asesinado, según la leyenda, por el propio César en presencia del Papa; su bufón, Gabrielleto, y los soldados que formaban su guardia, capitaneada por su sobrino Rodrigo Borja, mercenarios reclutados en España, de donde vino también una legión de pecadoras, igualmente mercenarias, dispuestas siempre a entrar en la amorosa lid y a señorear, como el soldado español, la tierra extranjera que pisaban. Y fué tan grande el número de ellas[33], que se dijo había más en Roma que frailes en Venecia. Pero cuando llegó el fin del Pontificado de Alejandro VI, que las tales tuvieron por su mejor tiempo, a duras penas se salvaron los españoles de la sañuda persecución de los romanos; distinguiéndose en aquella ocasión, por la acogida que dispensó en su casa a sus perseguidos compatriotas, el Cardenal Carvajal, según lo atestiguó Alonso Hernández, de Sevilla, paniaguado de su Eminencia y autor del poema Historia parthenopea, escrito en honor del Gran Capitán[34].
César puso todas sus esperanzas en el Cardenal d’Amboise, Ministro y privado de Luis XII, que aspiraba a la tiara, y a quien prometió los votos de los once Cardenales españoles; pero éstos, manteniéndose unidos, se atuvieron a las instrucciones del Rey Católico, y se negaron a votar al francés. No era, sin embargo, posible sacar triunfante a ningún español, siquiera tuviese las dotes del Cardenal Carvajal, por lo que aceptaron al anciano y achacoso Francisco Piccolomini, propuesto por Julián de la Rovère como Papa depósito, según se llamó después al elegido sólo para poco tiempo. En efecto, no duró un mes el Pontificado de Pío III.
Aspiraba Julián de la Rovère hacía ya mucho, y con hartos méritos, a la tiara, que no había obtenido en el último Cónclave por la oposición de Ascanio Sforza, y para que no se malograran de nuevo sus deseos, que dependían de la voluntad de los Cardenales españoles, hechuras de los Borjas, abocóse con ellos y con César, y se los ganó, prometiendo al Duque el nombramiento de Gonfaloniero de la Iglesia y otras mercedes. Para obtener los votos restantes hasta el número necesario para asegurar la elección, no tuvo Julián más escrúpulos que Rodrigo, y adonde no llegaron las promesas alcanzaron las dádivas. Así es que del Cónclave, que fué el más breve en la larga historia del Papado, puesto que no duró más que un día, salió Papa, con el nombre de Julio II, Julián de la Rovère.
No eran hombres que pudieran entenderse César y el Papa, siendo igualmente grandes e irreconciliables las ambiciones del uno y del otro; pero como la fortuna, cansada de proteger al primero, se hubiera puesto de parte del segundo, era fácil de prever el fin de la dominación de los Borjas en Italia. Concertó César con el Papa que le entregaría las fortalezas que en la Romaña presidiaban sus gentes, y con este intento enviaron, de común acuerdo, a Pedro de Oviedo, cubiculario del Papa y Ministro que fué del Duque; pero arrepentido éste de lo concertado, escribió al alcaide que tenía en Cesena y se llamaba Diego de Quiñones, que prendiese y ahorcase a Oviedo, e hízolo así; lo cual tuvo el Papa por gran desacato, y mandó detener al Duque en Palacio hasta que se entregaran Cesena, Forli y Bertinoro. Entre tanto que esto se cumplía, acordaron estuviera el Duque detenido en Ostia, en poder del Cardenal Carvajal, el cual, cuando se entregaran las fuerzas, le pondría en libertad y le daría dos galeras para pasar a Francia. Luego que supo estos conciertos el Gran Capitán, envió a Ostia a Lezcano para que tratara con el Cardenal y le advirtiese que sería de grande importancia si pudiese persuadir al Duque se fuese a Nápoles, por excusar que aquel tizón no pasase a otra parte donde hiciese más daño, y le dejó para el efecto un salvoconducto del Gran Capitán. Entregáronse sin dificultad Cesena y Bertinoro; pero el alcaide de Forli, Gonzalo de Mirafuentes, navarro, no quiso entregar aquel castillo si no se le contaban quince mil ducados, que el Duque libró en Venecia. Púsole en libertad el Cardenal, y a su persuasión tomó César el camino de Nápoles, yendo a alojarse en casa del Cardenal Borja. Recibióle muy bien y agasajóle el Virrey; pero enterado éste de que el Duque, arrepentido ya de su resolución de ir a Nápoles, intentaba salirse del Reino por la posta, lo detuvo algún tiempo en Castelnovo, donde entregó su espada a Núñez Docampo, Gobernador del castillo, y después de haber alcanzado de él, con buenas palabras y la promesa de ponerlo en libertad, que se entregara Forli al Papa, acordó que don Antonio de Cardona y Lezcano lo llevaran a España, como se verificó el 20 de Agosto de 1504. Echóse en cara al Gran Capitán que hubiese faltado a su palabra, por lo que, al saberlo, dijo el Rey de Francia que «de aquí en adelante la palabra de españoles y la fe cartaginesa corrían parejas»; pero, a juicio de Mariana, el Gran Capitán, como tan prudente que era, tuvo en cuenta que los grandes Príncipes deben obrar lo que conviene y es justo sin mirar mucho a su fama y qué dirán.
Estuvo el Duque Valentino preso en España, primero en Chinchilla y luego en Medina del Campo, hasta el 20 de Octubre de 1506 en que logró evadirse, no sin peligro de su vida y harto maltrecho. Presentóse a su cuñado el Rey de Navarra, Juan de Albret, y peleando a sus órdenes, contra el Conde de Lerín, halló frente a Viana la muerte honrosa del soldado.
Muerto César, refugiado en Nápoles Jofre y reinante Lucrecia en Ferrara, donde nunca se atrevió Vannozza a presentarse, la feliz e infeliz madre de los Borjas quedó en Roma y volvió a su casa de la plaza Branca, hoy Cairoli, contando con la protección de los Farnesios, emparentados con el Papa por la boda de Laura Orsini, la hija de Alejandro VI y de la Bella. Para salvar su fortuna donó, el 4 de Diciembre de 1503, a su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, las casas que poseía en la plaza Pizzo di Merlo, reservándose el usufructo vitalicio y comprometiéndose los Padres Agustinos a decir una misa el 24 de Marzo por el alma de Carlos Canale, otra el 13 de Octubre por la de Jorge de Croce, y otra el día en que ella muriera. Los últimos quince años de su vida fueron para Vannozza de apacible y digno reposo. Gozó de la grandeza de los hijos, que alcanza refleja a los que tuvieron la fortuna de engendrarlos, y en ella no vieron ya los romanos a la concubina de Alejandro VI, sino a la magnifica e nobile Madonna Vannozza, que Paulo Jovio llamó donna dabene; es decir: señora honrada, madre de la Duquesa de Ferrara, que cantó Ariosto en su Orlando furioso, y del famoso César que fué el Príncipe ideal de Maquiavelo. Contaba con medios bastantes de fortuna para que no le faltasen amigos en el Sacro Colegio, aunque de él hubiesen ya desaparecido los Cardenales hechuras de los Borjas. A la vida devota la inclinaban, naturalmente, sus muchos años; los recuerdos de la lejana mocedad, alborotada y pecadora; la muerte del potente protector y de los hijos y maridos, y el ambiente romano con sus iglesias, que pasaban entonces de trescientas, sus poblados conventos de frailes y de monjas y sus innumerables hermandades y obras pías, que servían para que el alma adormida despertase a tiempo, y la descarriada oveja, que abundaba en Roma, cansada de triscar por montes y por valles, se restituyera al redil con las primeras sombras de la noche. La vida devota y la frecuentación del confesor en busca de absolución y de consejo, no la obligó a apartarse del trato de las gentes que gustó de cultivar, no sólo en edad propicia a tentaciones, sino cuando después de haber a ellas sucumbido estaba ya harta y satisfecha.
Murió a los setenta y seis años, el 26 de Noviembre de 1518, y fué su fallecimiento anunciado, según la costumbre romana, por un pregonero que gritó: «El Señor Pablo participa que ha muerto Madonna Vannozza, madre del Duque de Gandía. La difunta pertenecía a la Hermandad del Gonfalone.» Fué enterrada con gran pompa, como si fuera un Cardenal, en su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, junto a su hijo D. Juan, el Duque de Gandía, y a sus honras acudió la aristocracia y burguesía romana, que formaba parte del Gonfalone, y el Papa León X se hizo representar, cosa nunca vista, por dos de sus camareros.
Siete años después, Marcantonio Altieri, guardián del Gonfalone, haciendo el inventario de los bienes de la Hermandad, enumeraba los valiosos donativos de joyas y otros socorros de la Vannozza que habían permitido cancelar obligaciones y alimentar crecido número de pobres y niños, por lo que la Hermandad acordó por unanimidad, no sólo solemnizar sus exequias con toda esplendidez de honores y pompa, sino también recordar su memoria con un magnífico y grandioso monumento, que no se llevó a efecto. Por pública aclamación se resolvió igualmente festejar en adelante el día de las exequias en Santa María del Popolo, donde estaba enterrada, con misas, concurso de hermanos, profusión de cirios y hachas y toda clase de devociones, y esto, no sólo para recomendar su alma a Dios, sino para demostrar al mundo que odiaban la ingratitud.
Dijéronse, por los Padres Agustinos de Santa María del Popolo, las convenidas misas durante doscientos años, al cabo de los cuales, según Gregorovius, las suprimió la autoridad eclesiástica, bien fuera porque las estimara bastantes para sacar de penas el alma de Vannozza, si estaba aún purgando en el otro mundo sus pecados, bien porque empezaba a levantar cabeza una conciencia crítica e histórica. Más tarde, añade, un sentimiento de odio, y quizá de vergüenza, hizo desaparecer la lápida sepulcral con su epitafio. Creemos, sin embargo, que esta desaparición no se debió a un sentimiento de odio, harto tardío, sino simplemente a la acción destructora del tiempo que acabó por borrar el epitafio y por gastar la piedra, como sucedió con otras tumbas que sin motivo alguno corrieron igual suerte que la de Vannozza en Santa María del Popolo.
Según el tal epitafio, era Vannozza madre de los Duques César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y de la Duquesa Lucrecia de Ferrara. ¿Quiere esto decir que el mayor de los cuatro fuese César? No andan los autores de acuerdo respecto de la fecha de su nacimiento, que varía de 1474 a 1476. Gregorovius sostiene que nació en 1476, fundándose en los despachos de los Embajadores del Duque Hércules de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio y Saracini; el primero de los cuales, en Febrero y Marzo de 1493, daba a César dieciséis o diecisiete años, y el segundo, en 26 de Octubre de 1501, refería una conversación que había tenido con el Papa, quien le dijo que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en Abril veintidós años y el Duque de Romaña veintiséis. De mayor peso son las razones, basadas en Bulas pontificias, en favor de la fecha de 1474, que es la asignada por Burchard. En la primera Bula de legitimación, de 1.º de Octubre de 1480, se dice que tenía seis años cumplidos y no había llegado al séptimo, y en otra Bula de Inocencio VIII, de 12 de Septiembre de 1484, se dice que estaba en el nono; de suerte que, según Oliver, la época de su nacimiento queda reducida al espacio que hay entre el 13 de Septiembre y el 1.º de Octubre de 1475. Esta es la fecha que fija Pastor, teniendo a la vista un documento por él hallado en el Archivo Vaticano, y es el nombramiento de César para el Arzobispado de Valencia en 31 de Agosto de 1492, en el que le dice el Papa que, nombrado por Inocencio VIII Obispo de Pamplona a los diecisiete años, había desempeñado laudablemente el cargo y tenía ya unos dieciocho años[35]. Tanto de esta Bula como de las otras dos citadas por Oliver se deduce que César nació en 1474 y no 1475, puesto que el 1.º de Octubre de 1480 tenía seis años cumplidos y dieciocho el 31 de Agosto de 1492.