Aquello era una gota de alivio, a su entender. El buen hombre no pudo contenerse por más tiempo. Cogió a su hija y al niño entre sus brazos, exclamando:

—¡Yo soy vuestro padre! ¡El Rip Van Winkle joven de otros tiempos, y ahora el viejo Rip Van Winkle! ¿Nadie reconoce al pobre Rip Van Winkle?—

Todos quedaron atónitos, hasta que una viejecilla trémula atravesó la multitud y poniéndose la mano sobre las cejas le examinó por debajo el rostro por un momento, exclamando en seguida:

—¡Seguro que es Rip Van Winkle! ¡El mismo, en cuerpo y alma! ¡Bien venido al pueblo, viejo vecino! Decidnos, ¿dónde habéis estado metido estos largos veinte años?—

Pronto hubo referido Rip su historia, pues que los veinte años transcurridos se reducían para él a una sola noche. Los vecinos le miraban con asombro al escucharla; algunos se guiñaban entre sí poniendo la lengua en sus mejillas; mientras el pomposo caballero del sombrero de tres picos—que regresó al campo de acción tan pronto como la alarma hubo pasado—sacudía la cabeza recogiendo las extremidades de su boca; sacudimiento dubitativo que se hizo entonces general en la asamblea.

Decidióse, sin embargo, consultar al viejo Péter Vánderdonk a quien se veía avanzar por la carretera. Era descendiente del historiador del mismo nombre[10] que escribió una de las primeras crónicas de la provincia. Péter era el más antiguo de los habitantes de la aldea y muy versado en todos los acontecimientos maravillosos y tradiciones del vecindario. Reconoció a Rip Van Winkle inmediatamente y corroboró su relato de la manera más satisfactoria. Aseguró a la asamblea que era un hecho establecido por su antepasado el historiador que las montañas Káatskill habían estado pobladas siempre de seres extraños. Afirmábase igualmente que el gran Héndrick Hudson, descubridor del río y de la comarca, celebraba allí una especie de velada cada veinte años con toda la tripulación de la Half-Moon; siéndole dado así el recorrer los lugares donde se realizaron sus hazañas y mantener ojo alerta sobre el río y la gran ciudad llamados por su nombre. Declaró que su padre les había visto una vez vistiendo sus antiguos trajes holandeses y jugando a los bolos en una cueva de la montaña; y que él mismo había oído una tarde el eco de las bolas resonando como lejanas detonaciones de truenos.

Para abreviar, la compañía se disolvió volviendo al asunto más importante de la elección. La hija de Rip llevósele a su casa a vivir con ella; tenía una linda casita bien amueblada, y por marido a un fornido y jovial granjero a quien recordaba Rip como uno de los pilluelos que acostumbraban encaramarse en sus espaldas. En cuanto al hijo y heredero de Rip—la copia de su padre que apareció reclinado contra el árbol—estaba empleado como mozo de la granja; pero mostraba una disposición hereditaria para atender a cualquiera otra cosa de preferencia a su labor.

Rip reasumió entonces sus antiguos hábitos y correrías; encontró pronto muchos de sus contemporáneos, aunque bastante averiados por los estragos del tiempo; prefiriendo entablar amistades entre la nueva generación de la cual a poco llegó a ser el favorito.

No teniendo ocupación en la casa y habiendo alcanzado la edad feliz en que el hombre puede ser holgazán impunemente, ocupó de nuevo su lugar en el banco a la puerta del mesón, donde era reverenciado como uno de los patriarcas de la aldea y como crónica viviente de la época “anterior a la guerra.” Transcurrió algún tiempo antes de que se pusiera al corriente de la chismografía del vecindario o llegara a comprender los extraños acontecimientos que se habían desarrollado durante su sueño: la guerra de la revolución, cómo arrojó el país el yugo de la vieja Inglaterra, y cómo era que en vez de ser vasallo de su majestad Jorge III, se había convertido en ciudadano libre de los Estados Unidos. En realidad, Rip no era político: las transiciones de estados e imperios hacíanle muy poca mella; pero existía cierta clase de despotismo bajo el cual había gemido largo tiempo: el gobierno de las faldas. Felizmente aquello había terminado; había escapado al yugo matrimonial y podía ir y venir por todas partes sin temor a la tiranía de la señora Van Winkle. Cada vez que se mencionaba este nombre, sin embargo, Rip sacudía la cabeza, encogía los hombros y levantaba los ojos al cielo, lo cual podía tomarse tanto como expresión de resignación a su suerte como de alegría por su liberación.

Acostumbraba referir su historia a todos los extranjeros que se hospedaban en el hotel de Mr. Dóolittle. Pudo notarse al principio que la relación difería cada vez en varios puntos, lo que se debía indudablemente a su reciente despertar. Pero al fin se fijó exactamente en la forma que acabo de relatar, y no había hombre, mujer o niño en todo el vecindario que no se la supiera de memoria. Algunos afectaban siempre dudar de su veracidad insistiendo en que Rip no había estado en sus cabales, y que respecto de este punto siempre desvariaba. Los viejos holandeses, sin embargo, le daban casi unánimemente pleno crédito. Aun hoy no pueden oír las tempestades de truenos que estallan ciertas tardes de verano en los alrededores de las montañas Káatskill, sin decir que Héndrick Hudson y su tripulación están jugando su partida de bolos; y es el deseo general de los maridos del pueblo maltratados por su mujer, cuando la vida les resulta muy pesada, obtener algunos tragos del frasco bienhechor de Rip Van Winkle.