—¡Sólo Dios lo sabe!—exclamó, al cabo de su entendimiento.—¡Yo no soy yo mismo, soy alguna otra persona; no estoy allá, no; ése es alguien que se ha metido dentro de mi piel. Yo era yo mismo anoche, pero me quedé dormido en la montaña y allí me cambiaron mi escopeta y me lo han cambiado todo. Yo mismo estoy cambiado, y no puedo decir siquiera cuál es mi nombre ni quién soy!—
A estas palabras los circunstantes comenzaron a cambiar entre sí miradas significativas, sacudiendo la cabeza, guiñando los ojos y golpeándose la frente con los dedos. Corrió también un murmullo sobre la conveniencia de asegurar el fusil y aun al viejo personaje para evitar que hiciera algún daño; ante cuya suposición el sabihondo caballero del sombrero de tres picos se retiró con marcada precipitación. En tan crítico momento, una fresca y hermosa joven avanzó entre la multitud para echar una ojeada al hombre de la barba gris. Llevaba en sus brazos un rollizo chiquillo que asustado con el extranjero rompió a llorar.
—¡Sht, Rip!—dijo la joven, calla, tontuelo; el viejo no te hará ningún daño.—
El nombre del niño, el aire de la madre, la entonación de su voz, todo despertó en Rip Van Winkle un mundo de recuerdos.—¿Cómo os llamais, buena mujer?—preguntó.
—Judith Gardenier.
—¿El nombre de vuestro padre?
—¡Ah, pobre hombre! Llamábase Rip Van Winkle, pero hace veinte años que salió de casa con su fusil y jamás regresó ni hemos sabido de él desde entonces. Su perro volvió solo a la casa; y nadie podría decir si mi padre se mató o si los indios se lo llevaron. Yo era entonces una chiquilla.—
Quedábale a Rip sólo una pregunta por hacer y la propuso con voz desfallecida:
—¿Dónde está vuestra madre?
—¡Oh! ella murió poco después. Se le rompió una arteria en un arranque de cólera con un buhonero de Nueva Inglaterra.—