—Y el oso danzante, ¿compartirá también los azotes de sus compañeros?—preguntó el oficial.

—¡Disparad vuestras armas en su cabeza!—exclamó el enérgico puritano.—¡Sospecho algún maleficio en esta bestia!

—Aquí hay una resplandeciente pareja,—continuó Péter Pálfrey, señalando con su arma al rey y la reina de Mayo.—Parecen ser de alto rango entre estos malhechores. Pienso que su dignidad merece por lo menos doble ración de azotes.—

Éndicott, apoyándose sobre su espada, miró atentamente el atavío y el continente de la desventurada pareja. Estaban pálidos, temerosos y abatidos; pero notábase en ellos cierto aire de mutuo sostén y pura afección que daba y pedía aliento a la vez, que demostraba que eran marido y mujer, con la sanción de un sacerdote en su amor. En el momento del peligro arrojó el joven su dorado cetro, enlazando con su brazo a la reina de Mayo que se reclinaba en su pecho, muy ligeramente para dejarle sentir ningún peso, mas lo bastante para expresar que sus destinos estaban unidos para siempre, en la fortuna o en la adversidad. Miráronse primero uno a otro y luego enderezaron la vista a la torva faz del capitán. Así transcurría la primera hora de sus bodas, mientras los vanos placeres de que sus compañeros eran el emblema se trocaban en las arduas dificultades de la vida, personificadas en los sombríos puritanos. Mas nunca se había revelado su juvenil belleza tan elevada y tan pura como cuando su esplendor se abrillantaba con el infortunio.

—¡Joven,—dijo Éndicott,—te encuentras en momentos difíciles, tanto tú como la doncella que es tu esposa. Estad preparados; porque imagino que tendréis motivo para recordar el día de vuestras nupcias!

—¡Hombre inflexible!—exclamó el rey de Mayo,—¿cómo podré conmoverte? Si tuviera los medios, resistiría hasta la muerte, pero encontrándome impotente, me rindo a tu voluntad. ¡Haz de mí lo que quieras, pero deja marchar ilesa a Édith!

—De ningún modo,—replicó el cruel fanático.—No hemos de mostrar, ciertamente, vana cortesía hacia un sexo que requiere la más estricta disciplina. ¿Qué dices, doncella? ¿Sufrirá tu dulce esposo tu parte de penas además de la suya propia?

—¡Así sea la muerte, aplicadlas todas sobre mi cabeza!—exclamó Édith.

En verdad, como decía Éndicott, encontrábanse los pobres amantes en terrible situación. Sus enemigos triunfaban, sus amigos estaban prisioneros y abatidos, su hogar desolado, obscura soledad les rodeaba y un destino riguroso encarnado en el jefe puritano, era todo lo que tenían que esperar. Sin embargo, ni aun la noche que avanzaba pudo disimular que el hombre de hierro se había suavizado: sonrió al dulce espectáculo del primer amor; y casi suspiró por el inevitable fracaso de sus bellas esperanzas.

—Las penas de la vida han venido muy temprano para esta joven pareja—observó Endicott.—Veremos cómo se manejan en su desgracia actual, antes de que les impongamos mayores sufrimientos. Si podéis encontrar en el botín vestiduras más decentes, hacedlas poner a este rey de Mayo y a su dama, en lugar de su brillante y vana pompa. Ocupaos de ello, algunos de vosotros.