—Y ¿no cortaremos el cabello al mozo?—preguntó Péter Pálfrey, dirigiendo una mirada de odio a la coleta y a los largos y sedosos bucles del mancebo.
—Cortádselo inmediatamente, dejándole la cabeza en el verdadero estilo calabaza,—replicó el capitán.—Traedlos luego con nosotros, pero con más suavidad que a sus compañeros. Hay ciertas cualidades en el mancebo que pueden hacerle valiente en la lucha, sobrio en el trabajo y piadoso en la oración; y otras en la doncella que la convertirán en una madre de nuestro Israel, dando vida a hijos mejor educados de lo que ella ha sido. ¡No imaginéis, jóvenes, que los más felices, aun en nuestra perecedera existencia, son aquellos que la malgastan danzando en torno de un May-pole!—
Y Éndicott, el puritano más austero de todos lo que fundaron los pétreos cimientos de la Nueva Inglaterra, levantó la guirnalda de rosas del abatido May-pole y la arrojó con su propia mano cubierta del guantelete sobre las cabezas reunidas del rey y la reina de Mayo. Fué un acto simbólico. Del mismo modo que la tétrica moral del universo destruye toda alegría sistemática, así había sucedido con su mansión de apasionado regocijo, desolada ahora en medio de la triste selva. Jamás volverían a habitarla. Pero, como su florida guirnalda había sido entretejida con las rosas más bellas que allí crecían, así el lazo que les unía representaba ahora más puras y mejores alegrías. Siguieron vía del cielo, sosteniéndose en el áspero sendero que les tocó en lote atravesar, y jamás dedicaron un sentimiento de pesar a las pompas desvanecidas de Merry Mount.
EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR
HÉIDEGGER
EL ANCIANO doctor Héidegger, hombre muy original, invitó una vez a cuatro amigos suyos para que se reunieran en su estudio. Eran tres caballeros de barba blanca: el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne; y una ajada señora, la viuda Wycherly. Todos ellos eran viejos y melancólicos personajes, que habían sufrido infortunios durante su vida, y cuya mayor desgracia consistía en que no gozaban tiempo ha del reposo de la tumba. El señor Médbourne había sido en el vigor de su edad un próspero comerciante; mas perdió toda su fortuna en especulaciones arriesgadas y era por entonces poco menos que un mendigo. El coronel Kílligrew había malgastado sus mejores años, su salud y su energía en pecaminosos placeres que le produjeron multitud de incomodidades, como la gota y otros varios tormentos de cuerpo y alma. El señor Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, que le había perseguido hasta que el tiempo le borró de la memoria de la presente generación, haciéndole obscuro en vez de infame. En cuanto a la viuda Wycherly, contaba la tradición que fué una belleza en sus días; mas había vivido largo tiempo en profundo aislamiento a causa de ciertas historias escandalosas que levantaron contra ella la opinión de la sociedad. Es digna de mencionarse la circunstancia de que los tres viejos caballeros, el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne, habían sido en otro tiempo pretendientes de la viuda Wycherly, y estuvieron una vez a punto de cortarse el cuello por gozar del privilegio de su amor. Y antes de proseguir, quiero también dejar apuntado que se susurraba que tanto el doctor Héidegger como sus cuatro invitados se encontraban a veces algo fuera de sus cabales; cosa no del todo sorprendente tratándose de personas ancianas atormentadas por actuales sufrimientos o por angustiosas remembranzas.
—Mis antiguos y queridos amigos,—dijo el doctor Héidegger, haciéndoles tomar asiento,—Deseo que me ayudéis en uno de los pequeños experimentos con que acostumbro divertirme a solas en mi estudio.—