Si hemos de dar fe a la historia, el estudio del doctor Héidegger era un sitio de los más curiosos: una obscura cámara, amueblada a la antigua, festoneada de telarañas y cubierta de polvo desde tiempo inmemorial. Apoyados contra el muro veíanse varios estantes de roble, cuyos anaqueles inferiores estaban llenos de infolios gigantescos y libros góticos en cuarto, mientras la parte superior guardaba los pequeños libros en duodécimo con cubierta de pergamino. Sobre el estante central había un busto de Hipócrates con el cual, según fuentes autorizadas, acostumbraba sostener consultas el doctor Héidegger en todos los casos difíciles de su profesión. En el rincón más obscuro del aposento, había un armario de roble, alto y estrecho, a través de cuya entreabierta puerta se divisaba confusamente un esqueleto. En el espacio comprendido entre dos estantes pendía un espejo mostrando su alta y empolvada superficie dentro de un deslustrado marco dorado. Entre muchas otras historias maravillosas que se relataban acerca de este espejo, decíase que las almas de todos los pacientes difuntos del doctor habitaban dentro de su vera, y se encaraban con él siempre que miraba en aquella dirección. El lado opuesto de la cámara estaba decorado con el retrato de cuerpo entero de una joven dama, vestida de raso, seda y brocado en descolorida magnificencia, y con semblante tan pálido como su atavío. Hacía medio siglo que el doctor Héidegger estuvo a punto de casarse con la joven señora; mas sucedió que, afectada de ligero malestar, tomó una de las recetas de su prometido y murió en la mañana de las bodas. Queda aún por mencionar la principal curiosidad del estudio: un enorme infolio, encuadernado en cuero negro y cerrado con pesados broches de plata. No llevaba letras en el lomo y nadie podía decir el título de la obra. Pero sabíase perfectamente que era un libro de magia, y una vez que lo cogió una camarera, simplemente con la idea de quitarle el polvo, el esqueleto se removió en su armario, el retrato de la dama colocó un pie sobre el pavimento y varios rostros de fantasmas asomaron en el espejo; en tanto que la bronceada cabeza de Hipócrates fruncía el ceño y decía: “¡Detente!”
Tal era el estudio del doctor Héidegger. En la tarde de estío a que se refiere nuestra historia, había una pequeña mesa redonda, negra como el ébano, en el centro de la habitación, sosteniendo un ánfora de cristal cortado, de bella forma y delicado trabajo. Los rayos del sol penetraban a través de la ventana, entre los pesados festones de dos cortinas de damasco descolorido, y caían discretamente sobre el ánfora; de manera que un suave resplandor se reflejaba en los cenicientos rostros de los cinco viejos reunidos en torno. También había cuatro copas de champaña sobre la mesa.
—Mis antiguos y queridos amigos,—repitió el doctor Héidegger,—¿puedo confiar en vuestra cooperación para realizar un experimento extremadamente singular?—
Hay que advertir que el doctor Héidegger era un viejo caballero muy original, cuyas excentricidades habían llegado a ser la base de mil fantásticas historias. Es posible que algunas de estas invenciones, dicho sea para vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi propia y verídica persona; de modo que, si algunos pasajes de este cuento chocan con la credulidad del lector, soportaré gustosamente el estigma de novelero.
Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar al doctor de su famoso experimento, no imaginaron maravilla mayor que la muerte de un ratón por medio de alguna bomba neumática, el examen de cualquier basura en el microscopio, o alguna otra tontería por el estilo, con las que tenía el hábito de importunar a sus amigos. Mas, sin aguardar respuesta, el doctor Héidegger atravesó renqueando la habitación y volvió con aquel enorme infolio encuadernado en cuero negro, que la opinión general declaraba ser un libro de magia. Desabrochando las plateadas cerraduras, abrió el volumen y sacó de entre sus góticas páginas una rosa o lo que fué alguna vez una rosa, pues que entonces las verdes hojas y pétalos de púrpura habían adquirido un tono parduzco, y la flor entera parecía a punto de convertirse en polvo entre las manos del doctor.
—Esta rosa,—explicó suspirando el doctor Héidegger,—esta misma rosa que veis aquí marchita y casi deshecha, floreció hace cincuenta y cinco años. Me la dio Silvia Ward, cuyo retrato pende allí; y yo pensaba llevarla sobre el pecho el día de nuestras bodas. Cincuenta y cinco años la he conservado como un tesoro entre las páginas de este viejo libro. Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa de medio siglo pudiera revivir alguna vez?
—¡Qué ocurrencia!—exclamó la viuda Wycherly con un impertinente movimiento de cabeza.—¡Podríais preguntar igualmente si un rostro arrugado de vieja puede rejuvenecerse alguna vez!
—¡Mirad!—respondió el doctor Héidegger.
Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en el agua que allí había. Al principio se mantuvo la flor en la superficie, sin absorber nada de humedad, al parecer. Pronto, sin embargo, pudo notarse un cambio singular. Los arrugados y secos pétalos se agitaron, adquiriendo un tinte carmesí más vivo, como si la flor despertara de algún sueño mortal; el esbelto tallo y las ramitas de follaje tomaron tonos verdes; y por último la rosa de medio siglo atrás apareció tan lozana y fresca como cuando Silvia Ward la obsequió a su prometido. Apenas si lucía completamente abierta; pues algunas de sus delicadas hojas encarnadas apretábanse todavía modestamente sobre su húmedo seno, donde brillaban dos o tres gotas de rocío.
—Es ciertamente una linda ilusión óptica—dijeron descuidadamente los amigos del doctor, pues habían presenciado mayores milagros en espectáculos de prestidigitación;—haced el favor de mostrarnos de qué manera se realiza.