—¿Habéis oído hablar alguna vez de la Fuente de la Juventud?—preguntó el doctor Héidegger,—aquélla que fué a buscar Ponce de León, el aventurero español, hará dos o tres centurias?

—Pero ¿la encontró al fin Ponce de León?—preguntó la viuda Wycherly.

—No,—respondió el doctor Héidegger,—porque nunca la buscó en su verdadero sitio. La Fuente de la Juventud, si estoy bien informado, se encuentra situada en la parte meridional de la península de la Florida, no lejos del lago Macaco. Su manantial está sombreado por varias magnolias gigantescas, que aun cuando cuentan innumerables siglos se conservan tan frescas como violetas por la virtud de esta agua maravillosa. Un amigo mío, conociendo mi afición a esta clase de estudios, me ha enviado la que veis en aquel vaso.

—¡Ejem!—murmuró el coronel Kílligrew, que no creía una palabra de la historia del doctor;—y ¿cuál sería el efecto de este líquido en la naturaleza humana?

—Podéis juzgarlo por vos mismo, mi querido coronel—replicó el doctor Héidegger,—y vosotros todos, mis respetados amigos, sois los bienvenidos para beber de este líquido maravilloso la cantidad necesaria para devolveros el brillo de la juventud. Por mi parte, he tenido tantos disgustos antes de envejecer, que no tengo prisa de volverme joven otra vez. Con vuestro permiso, observaré solamente los progresos del experimento.—

Mientras hablaba, llenaba el doctor Héidegger las cuatro copas de champaña con el agua de la fuente de la juventud. Parecía impregnada de algún gas efervescente, porque continuamente ascendían pequeñas burbujas desde el fondo de los vasos y estallaban en plateado rocío en la superficie. Como el líquido difundía agradable perfume, los viejos personajes no vacilaron en creer que poseyera propiedades cordiales y reconfortantes y, aun cuando escépticos con respecto a su poder rejuvenecedor, sentíanse inclinados a beberlo inmediatamente. Pero el doctor Héidegger les detuvo por un momento.

—Antes de que bebáis, mis respetables y antiguos amigos,—dijo,—sería conveniente que, con la experiencia que habéis adquirido durante vuestra vida, adoptarais algunas reglas generales de conducta al afrontar por segunda vez los peligros de la juventud. ¡Pensad que sería un crimen y una vergüenza si, con las ventajas especiales de que vais a disfrutar, no fuerais modelo de virtud y de sabiduría para todos los jóvenes de vuestra edad!—

Los cuatro venerables amigos del doctor sólo respondieron con una débil y trémula carcajada; tan ridícula les pareció la idea de que, conociendo cuán próximo sigue el arrepentimiento las huellas del error, hubieran de extraviarse nuevamente.

—Bebed entonces,—dijo el doctor inclinándose.—Me regocijo de haber elegido con tanta discreción los sujetos para mi experimento.—

Con temblorosas manos levantaron las copas hasta sus labios. Si el licor poseía en realidad las virtudes que le atribuía el doctor Héidegger, no podía emplearse en cuatro seres humanos que lo necesitaran más lastimosamente.