En efecto, los cuatro vasos aparecían llenos hasta el borde de aquella agua maravillosa, cuyo delicado rocío, efervescente en la superficie, semejaba el trémulo chispear de diamantes. Estaba ya tan próximo el ocaso que la habitación se hallaba más sombría que nunca; pero un resplandor suave, análogo al de la luna, emanaba de la gran ánfora, reposándose por igual sobre los cuatro invitados y sobre la figura venerable del médico. Sentóse éste en un sillón de roble, de alto respaldar y primorosamente tallado, con tal aire de antigua majestad que habría podido caracterizar al Tiempo, cuyo poder jamás había sido discutido, salvo por esta afortunada tertulia. A pesar de que bebían ansiosamente en aquel momento la tercera copa del licor de la fuente de la juventud, sintiéronse casi atemorizados por la misteriosa expresión de la fisonomía del doctor Héidegger.
Pero pronto la alegre efusión de la juventud cundió por sus venas. Hallábanse ahora en la dichosa adolescencia. Recordaban la vejez, con su séquito miserable de preocupaciones, sufrimientos y enfermedades, tan sólo como un sueño desagradable del cual acababan de despertar alegremente. La frescura de alma, perdida tan temprano, y sin la cual las escenas sucesivas de la vida eran únicamente una colección de cuadros descoloridos, prestaba otra vez su encanto al porvenir. Sintiéronse como seres nuevos creados en un universo nuevo.
—¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes!—exclamaban en su éxtasis.
La juventud, al igual que la vejez, borraba los caracteres fuertemente marcados de la edad mediana y asimilaba mutuamente a todos aquellos personajes. Era un grupo de muchachos alegres, casi enloquecidos con el regocijo exuberante de sus pocos años. El efecto más singular de su alegría era el impulso de mofarse de las enfermedades y la decrepitud de que habían sido víctimas hasta hacía pocos instantes. Reían locamente de su extravagante atavío, de las chaquetas de amplios faldones y los chalecos flotantes de los jóvenes, y de la antigua capota y vestimenta exótica de la deslumbrante señora. Uno de ellos púsose a cojear alrededor del cuarto como un abuelo gotoso; otro colocó en su nariz un par de gafas, pretendiendo descifrar las góticas páginas del libro de magia; el tercero tomó asiento en una gran silla de brazos y procuraba imitar la venerable dignidad del doctor Héidegger. Todos alborotaban regocijadamente, saltando en torno de la habitación. La viuda Wycherly (si una damisela tan fresca podía llamarse viuda) se acercó bailando ágilmente hasta la silla del doctor, con el sonrosado rostro brillando de maliciosa alegría.
—¡Doctor, viejo y querido corazón mío, levantaos y danzad conmigo!—exclamó. Y entonces los cuatro jóvenes rieron más estrepitosamente que nunca al pensar en la extravagante figura que haría el pobre viejo doctor.
—Os ruego dispensarme,—respondió el doctor tranquilamente.—Estoy viejo y reumático y mi tiempo de bailar concluyó muchos años ha. Pero cualquiera de estos jóvenes será muy feliz de tener tan linda pareja.
—¡Bailad conmigo, Clara!—gritó el coronel Kílligrew.
—¡No, no; yo seré su compañero!—profirió el señor Gascoigne.
—¡Fuí su prometido hace cincuenta años!—exclamó el señor Médbourne.
Todos se agruparon en torno de ella. Uno cogió sus dos manos con impulso apasionado; otro pasó el brazo en derredor de su talle; el tercero hundió la mano entre los sedosos rizos que asomaban debajo de la capota de la dama. Sonrosada, palpitante, luchando, riñendo, riendo y lanzando por turno su aliento ardoroso en la faz de cada uno de los pretendientes, hacía ella ademán de desprenderse, mas sin llegar a librarse del triple abrazo. Nunca se había presenciado cuadro más vivo de rivalidad juvenil con hermosura tan hechicera como galardón. Sin embargo, por extraña ilusión, debida a la obscuridad de la cámara y a los antiguos vestidos que aun llevaban los invitados, se dice que el gran espejo reflejaba la figura de los tres ancianos, canosos y ajados abuelos, contendiendo por la fealdad angulosa de una vieja encogida y arrugada.