Pero eran jóvenes: por lo menos sus pasiones lo demostraban. Inflamados hasta la locura por la coquetería de la damisela viuda que no otorgaba ni rehusaba por completo sus favores, los tres rivales comenzaron a cruzar amenazadoras miradas. Sujetando con una mano el anhelado galardón, echaron la otra mutuamente a sus gargantas, llenos de rencor. Mientras luchaban aquí y allá, cayó la mesa, destrozándose el vaso en mil fragmentos. La preciosa agua de la juventud corrió en brillante arroyo sobre el pavimento, humedeciendo las alas de una mariposa, envejecida al declinar del verano y que había venido a morir allí. El insecto voló ligeramente a través de la habitación y fué a colocarse en la nevada cabeza del doctor Héidegger.
—¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid Madame Wycherly,—exclamó el doctor.—Tengo que protestar seriamente de este tumulto.—
Aquietáronse y se estremecieron; porque parecía que el Tiempo gris les llamara haciéndoles retroceder de su luminosa juventud, muy lejos, hasta el helado y obscuro valle de los años. Miraron al doctor Héidegger, quien tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo la rosa de medio siglo que había recogido entre los fragmentos del estrellado vaso. A un movimiento de su mano, los cuatro revoltosos asumieron sus asientos a la mayor brevedad, pues su violento ejercicio habíales fatigado en extremo, a pesar de la juventud de que creían disfrutar.
—¡Mi pobre rosa de Silvia!—exclamó el doctor Héidegger, exponiéndola a la luz de las nubes del poniente;—parece que se marchita otra vez.—
Y así era en verdad. Bajo las miradas de la reunión continuó ajándose la flor hasta que apareció tan seca y frágil como cuando el doctor la había arrojado en el vaso. Sacudió el anciano las pocas gotas de rocío que aun pendían de sus pétalos.
—La amo tanto ahora como en su húmeda frescura,—observó el doctor, oprimiendo la marchita rosa contra sus labios ajados. Mientras hablaba, la mariposa voló otra vez de su nevada cabeza y cayó sobre el pavimento.
Los invitados se estremecieron de nuevo. Una frialdad extraña, que no sabían si atribuir al cuerpo o al espíritu, apoderábase de ellos gradualmente. Se miraron unos a otros e imaginaron que cada minuto que se escapaba arrebatábales un encanto, y dejaba en su semblante surcos más profundos donde nada se notaba en el momento precedente. ¿Era acaso una ilusión? ¿El cambio de una vida entera limitábase a tan breve espacio, y eran ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo amigo, el doctor Héidegger?
—¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra vez?—exclamaron dolorosamente.
Así era en realidad. El agua de la juventud poseía solamente virtudes más pasajeras que las del vino. El delirio que creaba había desaparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con impulso repentino, que demostraba que era aún mujer, la viuda oprimió sus flacas manos contra su semblante, deseando que la tapa del ataúd cayera sobre ella, ya que no podía volver a ser hermosa.
—Sí, amigos míos; sois viejos otra vez,—dijo el doctor Héidegger:—y ¡ay! el agua de la juventud se ha derramado toda por el suelo. Bien; no lo lamentaré; pues aun cuando la fuente brotara en los mismos umbrales de mi puerta, mis labios no la habrían de tocar; no, aunque el delirio que produjera durase años en vez de algunos instantes. ¡Ésta es la lección que me habéis enseñado!—