Tan luego que la vieja hubo terminado, colocó esta figura en un rincón de su cabaña, riendo al observar el amarillo rostro del espantajo con la pequeña naricilla picaresca levantada al aire. Tenía un cómico aspecto de satisfacción de sí mismo y parecía decir: “¡Pero, venid a admirarme!”

“¡Y es un hecho que sois digno de que se os admire!” murmuró Mamá Rigby, llena de maravilla ante su obra. “He fabricado muchos muñecos desde que soy bruja, pero se me figura que éste es el mejor de todos. Casi es demasiado magnífico para espantajo. Y ahora, llenaré primero mi pipa con tabaco fresco y lo llevaré en seguida a la sementera de maíz.”

Mientras llenaba su pipa, seguía mirando la anciana con cariño casi maternal al espantajo en su rincón. A decir verdad, sea casualidad o destreza, o quizá sólo hechicería, había algo maravillosamente humano en la ridícula figura acicalada con su harapiento esplendor, y que parecía arrugar su amarillo semblante en una mueca de curiosa expresión entre desdén y regocijo, como si comprendiera que representaba en sí misma una burla a la humanidad. Mientras más la contemplaba Mamá Rigby, más satisfecha se hallaba de su labor.

—¡Dickon!—gritó imperiosamente—¡fuego otra vez para mi pipa!—

Apenas había terminado, cuando apareció como antes una brasa enrojecida sobre el tabaco. Mamá Rigby aspiró una larga bocanada y la exhaló después hacia el rayo de luz matinal que luchaba por atravesar las empolvadas vidrieras de la ventana de su cabaña. Gustábale saborear su pipa con una brasa del fuego de la chimenea de donde había sido arrancado. Pero no puedo decir dónde estaba tal chimenea, ni quien aportaba el fuego, salvo aquel invisible mensajero que parecía responder al nombre de Dickon.

“Este muñeco,” pensaba Mamá Rigby, con los ojos fijos en el espantajo, “es trabajo demasiado artístico para dejarlo todo el verano en un campo de maíz espantando a los cuervos y a los mirlos. Es capaz de algo mejor. ¡Vaya que he danzado muchas veces con figuras más ridículas, cuando escaseaban las parejas en nuestras reuniones de hechicería en los bosques! ¿Qué sucederá si le dejo buscarse la vida entre los demás hombres de paja y gente vacía que andan alborotando por el mundo?”

La vieja bruja aspiró tres o cuatro bocanadas de humo de su pipa y sonrió.

“¡Encontrará una multitud de semejantes en cada esquina!” continuó. “Bien; no intento meterme hoy en brujerías, más allá de lo que dure mi pipa; pero soy maga y lo seré y de nada sirve querer disimularlo. ¡Haré un hombre de mi espantajo, siquiera sea por el placer de pegar un petardo!”

Mientras murmuraba estas palabras, Mamá Rigby retiró la pipa de su boca y la arrojó en la abertura que hacía de tal en el rostro de calabaza del espantajo.

—¡Fuma, querido mío, fuma!—dijo.—¡Fuma, elegante mozo! ¡tu vida depende de ello!—