Era indudablemente una exhortación original, dirigiéndose a un paquete de palos, paja y vestidos viejos, sin nada mejor que una arrugada calabaza por cabeza, como sabemos bien que estaba formado el espantajo. Sin embargo, debemos recordarlo muy especialmente, Mamá Rigby era una bruja de singular habilidad y poder; y teniendo presente este hecho, no habrá nada increíble en los notables incidentes de nuestra historia. A la verdad, la dificultad mayor quedará vencida al punto, si logramos llegar a la creencia de que tan pronto como la vieja le ordenó fumar, brotó una bocanada de humo de la boca del espantajo. Fué seguramente una bocanada muy ligera; pero a ésta siguió otra y otras más, cada una más decidida que las anteriores.
—¡Fuma, ángel mío! ¡fuma, lindo!—siguió diciendo Mamá Rigby con su sonrisa más graciosa.—Es hálito de vida para ti; te doy mi palabra.—
Queda fuera de duda que la pipa estaba encantada. Debía existir algún conjuro sea en el tabaco, o en el ardiente fuego que ardía misteriosamente en su hueco, o en el humo aromático que se exhalaba de las encendidas hojas. Después de varias tentativas vacilantes, la figura arrojó al fin una nube de humo que se extendió desde el obscuro rincón hasta la faja luminosa de la ventana. Allí se difundió y se desvaneció entre los átomos de polvo. Parecía haber sido un esfuerzo convulsivo, pues que las dos o tres bocanadas siguientes fueron más débiles, aunque el fuego ardía todavía y arrojaba sus reflejos sobre el rostro del espantajo. La vieja bruja aplaudió golpeando sus flacas manos una contra otra y sonrió a su muñeco de manera alentadora. Veía que el encanto obraba. La faz arrugada y amarilla, que hasta entonces no había ofrecido aspecto vital, comenzaba a mostrar una especie de fantástica y tenue atmósfera humana que parecía fluctuar a su alrededor, desvaneciéndose a veces completamente, y haciéndose otras más perceptible siguiendo las exhalaciones de la pipa. De igual manera asumía toda la figura una semblanza de vida, como la que prestamos a formas mal definidas de las nubes, engañándonos a medias con las divagaciones de nuestra propia fantasía.
Si hubiéremos de ahondar profundamente en la materia, podría dudarse si, después de todo, hubo algún cambio en la sórdida, raída, insignificante y mal pergeñada figura del espantajo; o si únicamente alguna ilusión fantasmagórica y cierto curioso efecto de luz y sombra la coloreaba y delineaba en forma de engañar los ojos de muchas personas. Los milagros de la brujería adolecen siempre de artificio muy superficial; y por último, si esta explicación no llega al fondo del proceso, no puedo ofrecer otra mejor.
—¡Muy bien, lindo mancebo!—exclamó de nuevo Mamá Rigby.—Vamos, otra buena y vigorosa inhalación, y lánzala con fuerza y violentamente. ¡Fuma, por tu vida, te lo digo! ¡Aspira desde el fondo de tu corazón, si corazón tienes, y si éste tiene fondo! ¡Bien, ahora! Aspira esta bocanada como si gozaras en hacerlo.—
Y la bruja hizo un ademán con la cabeza al espantajo, poniendo tal potencia magnética en su gesto que inevitablemente debía éste obedecer, como obedece el hierro a la misteriosa atracción del imán.
—¿Por qué te quedas holgazaneando en tu rincón, perezoso?—dijo Mamá Rigby.—¡Avanza! ¡Tienes el mundo delante de ti!—
Palabra, que si no hubiera oído yo mismo esta relación en el regazo de mi abuela y no hubiera quedado completamente establecida entre las cosas verosímiles cuando mi infantil credulidad no podía aún analizar su posibilidad, jamás habría tenido el atrevimiento de referirla ahora.
Obedeciendo a la voz de Mamá Rigby y alargando el brazo como para coger su mano extendida, la figura avanzó un paso, una especie de sacudimiento o salto más bien que paso; vaciló luego y casi perdió el equilibrio.
¿Qué más podía esperar la hechicera? No era nada, después de todo; solamente un espantajo de madera armado sobre dos estacas. Pero la enérgica bruja se enfadó, y sacudió la cabeza, y lanzó la fuerza de su voluntad tan poderosamente sobre aquella miserable combinación de madera podrida, paja mohosa y raída vestimenta, que se vió obligado el espantajo a mostrarse hombre, a despecho de la realidad de las cosas. Así avanzó hasta la faja luminosa. Detúvose allí ¡pobre diablo de invención! revestido solamente de una capa ligerísima de apariencia humana, a través de la cual era visible la rígida, desvencijada, incongruente, vieja, harapienta, múltiple e inútil combinación de su esencia, pronta a desplomarse en tierra en un montón de residuos, por la conciencia de su propia indignidad para erguirse. ¿Confesaré la verdad? En este punto de vivificación, el espantajo me hace recordar ciertos caracteres indefinidos y anormales, compuestos de elementos heterogéneos y empleados mil veces, a despecho de su insignificancia, por los escritores de novelas (yo también como los demás) que han poblado con ellos superabundantemente el mundo de la fantasía.