Mas la feroz bruja comenzaba ya a encolerizarse y a mostrar los rasgos de su naturaleza diabólica, que asomaba sibilante como una cabeza de serpiente desde el fondo de su pecho, ante el comportamiento pusilánime de la cosa que ella se había tomado la molestia de componer.
—¡Fuma, miserable!—gritó con ira.—¡Fuma, fuma, fuma, tú, criatura de paja y vacuidad! ¡tú, andrajo! ¡tú, saco de harina! ¡tú, cabeza de calabaza! ¡tú, nada! ¿Dónde encontraré una palabra suficientemente vil para calificarte? ¡Fuma, te digo, y aspira tu vida fantástica junto con el humo; o si no, arrancaré la pipa de tu boca y te arrojaré al lugar de donde ha venido aquella brasa ardiente!—
Amenazado así, el infeliz espantajo no tenía más remedio que inhalar aquella peligrosa vida. Haciendo de necesidad virtud, aplicóse vigorosamente a la pipa, arrancando nubes de humo tan espeso que la pequeña cocina de la choza estaba envuelta por completo en los vapores del tabaco. Un rayo de sol luchaba por atravesar esta niebla y podía apenas reflejar vagamente la imagen de la hendida y empolvada vidriera de la ventana sobre el muro opuesto. Entretanto Mamá Rigby, con un brazo en jarras y el otro extendido hacia la figura, se destacaba ferozmente en medio de la obscuridad, con el mismo porte y expresión que cuando provocaba alguna terrible pesadilla en sus víctimas y permanecía al lado del lecho para saborear su agonía. El pobre espantajo fumaba y fumaba, trémulo y lleno de terror. Mas es preciso reconocer que sus esfuerzos servían perfectamente para el objeto; pues a cada sucesiva exhalación, perdía la figura visiblemente su aspecto informe y confuso y parecía condensar su esencia. Aun la misma vestimenta participaba de este mágico cambio, brillando con reflejos de novedad y resplandeciendo con el bello bordado de oro que por tan largo tiempo había estado opacado sobre el terciopelo. Y, revelándose apenas entre el humo, un rostro amarillo dirigía hacia Mamá Rigby sus ojos sin expresión.
Al fin la vieja bruja cerró el puño crispado, sacudiéndolo en dirección a la figura. No estaba iracunda verdaderamente; mas procedía bajo el principio, falso quizá pero profundo, como todos los que profesara persona de las cualidades de Mamá Rigby, de que las naturalezas débiles y entorpecidas, incapaces de sentir mejor inspiración, deben aguijonearse por medio del terror. En caso de que fracasara lo que ella intentaba, tenía el inhumano propósito de desparpajar al miserable simulacro en sus primitivos elementos.
—Tienes el aspecto de un hombre,—dijo la bruja severamente.—¿Tienes también, por acaso, algún eco o remedo de voz? ¡Te ordeno hablar!—
El espantajo abrió la boca, hizo algunos esfuerzos y emitió al fin un murmullo tan entremezclado con el humoso aliento, que apenas podría decirse si era voz en realidad o solamente una bocanada del humo del tabaco. Algunos narradores opinan que los conjuros de Mamá Rigby y la fuerza de su voluntad habían evocado un espíritu familiar dentro de la figura y que ésta era la voz que respondía.
—¡Madre,—murmuró la pobre voz ahogada,—no seáis tan cruel conmigo! Yo bien desearía hablar; pero ¿qué puedo decir, careciendo de sesos?
—¿Que no puedes hablar, querido mío? ¿que no puedes hablar, tú?-exclamó Mamá Rigby, suavizando con una sonrisa la dureza de su continente.—Y ¿qué podrías decir, preguntas? ¡Vaya, en verdad! Perteneces a la confraternidad de los cráneos vacíos, y ¿preguntas lo que habrías de decir? ¡Dirás mil cosas, y repitiéndolas mil y mil veces más, no habrás dicho nada todavía! ¡No tengas miedo, te digo! Cuando entres en el mundo donde me propongo lanzarte, no te faltará lo necesario para poder hablar. ¡Habla! ¡Vamos! Hablarás tanto como un murmurador arroyo de molino, si tú quieres. ¡Tienes suficiente talento para eso, estoy segura!
—A vuestras órdenes, madre,—respondió la figura.
—Eso ha estado muy bien dicho, tesoro mío, respondió Mamá Rigby.—Entonces, habla como se te ocurra y no te preocupes. Encontrarás un centenar de frases hechas y quinientas personas que las aprovechan. Y ahora, querido mío, me he tomado tanto trabajo por ti, y eres tan hermoso que, a fe mía, te amo más que a cualquier otro muñeco de brujería en todo el mundo; y los he hecho de todas clases: de yeso, de cera, de paja, de palos, de niebla nocturna, rocío de la mañana, espuma del mar y humo de las chimeneas. Pero tú eres el mejor de todos. Así, atiende a lo que voy a decirte.