—¡Sí, bondadosa madre,—dijo la figura;—con todo el corazón!
—¡Con todo el corazón!—exclamó la bruja, dejando caer las manos sobre los costados y riendo estrepitosamente.—Tienes una linda manera de expresarte. ¡Con todo el corazón! ¡Y pusiste la mano sobre el lado izquierdo de tu chaleco, como si realmente tuvieras corazón!—
De excelente humor por su fantástica invención, Mamá Rigby dijo al espantajo que debía ir a representar su papel en el gran mundo, donde ni un hombre entre ciento, aseguraba ella, estaba dotado de esencia más refinada que su propia creación. Y para que pudiera mantener muy alta la cabeza entre los mejores, dotóle al punto de incalculables riquezas. Consistían, parte en una mina de oro en Eldorado, y parte en diez mil acciones en una bancarrota fraudulenta; medio millón de acres de viñedos en el polo norte; un castillo en el aire y un castillo en España; agregado a la renta que todo aquello pudiera producir. Hízole donación asimismo del cargamento de sal de Cádiz que llevaba cierto buque al cual hizo naufragar la hechicera diez años atrás en mitad del océano por medio de sus artes nigrománticas. Si la sal no se hubiera disuelto y pudiera introducirse en el mercado, permitiría levantar una bonita suma entre los pescadores. Para que no careciera de dinero en efectivo, le dió un cuarto de penique de cobre, sellado en Bírmingham, que era todo lo que poseía; y, además, muchísima calderilla[37] que al aplicarse sobre la frente, la volvía más y más refractaria a colorearse.
—Con esta clase de moneda solamente,—dijo Mamá Rigby,—puedes hacer carrera en el mundo. ¡Bésame, tesoro mío! He hecho por ti lo más que me ha sido posible.—
Además, con el objeto de que tuviera el aventurero todas las ventajas necesarias para un bello ingreso en la vida, la excelente anciana le dió una contraseña que le haría reconocer por cierto magistrado, miembro del consejo, mercader, y funcionario eclesiástico: cuatro dignidades que constituían un solo hombre que se encontraba a la cabeza de la sociedad en la metrópoli vecina. La contraseña era ni más ni menos que una sola palabra que Mamá Rigby murmuró al oído del espantajo y que éste debía murmurar a su vez al oído de mercader.
—Gotoso y todo como es este viejo camarada, hará por ti cualquiera correría tan pronto como hayas pronunciado esta palabra en sus oídos,—dijo la vieja bruja.—¡Mamá Rigby conoce muy bien al digno juez Gookin, y el digno juez conoce bien a Mamá Rigby!—
A estas palabras la bruja acercó su arrugada faz a la del muñeco, riendo inconteniblemente y estremeciéndose con deleite de pies a cabeza a la idea de lo que iba a comunicarle.
—El digno magistrado Gookin,—murmuró,—tiene por hija una donosa doncella. Y ¡escucha bien, mi favorito! Tú tienes bello continente y bastante ingenio natural. ¡Sí, bastante viveza de entendimiento! Lo comprenderás mejor cuando hayas podido apreciar el ingenio de los demás. Ahora bien; con ese exterior e interior tuyos, eres el hombre llamado a conquistar el corazón de una joven. ¡No lo dudes jamás! Te garantizo que así será. Pon solamente de tu parte bastante aplomo en el asunto, suspira, sonríe, agita tu sombrero, adelanta el pie como un maestro de baile, coloca la mano derecha sobre el lado izquierdo de tu chaleco, y la linda Polly Gookin será tuya.—
Todo este tiempo la nueva criatura había estado inhalando y exhalando la vaporosa fragancia de su pipa y parecía ahora continuar en esta ocupación por propio placer y no como condición indispensable para su existencia. Era maravilloso observar cuán extraordinariamente se asemejaba ahora a un ser humano. Sus ojos—que a este tiempo parecía ya tenerlos—estaban fijos en Mamá Rigby, y movía o inclinaba siempre la cabeza en el momento oportuno. Tampoco dejaban de acudir a sus labios las palabras propias para la ocasión: “¿Realmente? ¿En verdad? ¡Dígame, se lo ruego! ¿Es posible? ¡Palabra de honor! ¡De ninguna manera! ¡Oh! ¡Ah! ¡Jem!” y muchas otras exclamaciones de rigor que implican atención, interrogación, asentimiento o disentimiento de parte del oyente. Aun después de haberse encontrado por allí y haber visto fabricar desde el principio al espantajo, era difícil resistirse a la convicción de que el sujeto comprendía perfectamente el alcance de los astutos consejos que la vieja bruja depositaba en su remedo de oído. Mientras aplicaba con mayor entusiasmo sus labios a la pipa, su expresión se volvía más sagaz, sus gestos y ademanes adquirían mayor vida y su voz resonaba de manera más inteligible. Sus vestidos lucían también más y más con ilusoria magnificencia. La misma pipa en que ardía el conjuro de toda esta obra maestra, dejó de aparecer como un pesado artefacto de tierra ennegrecida para convertirse en un artístico objeto de espuma de mar con cabeza pintada y boquilla de ámbar.
Podría temerse, sin embargo, que dependiendo del vapor de la pipa la vida de esta ilusión, hubiera de terminar simultáneamente con la reducción del tabaco a cenizas. Pero la bruja había previsto esta dificultad.—Sostén la pipa, hermoso mío,—dijo,—mientras la lleno de nuevo para ti.—