—¡Polly! ¡Polly, hija mía!—gritó el viejo mercader.—Ven acá, chiquilla.—

El continente del magistrado aparecía turbado e indeciso cuando abrió la puerta.

—Este gentilhombre,—continuó, presentando al extranjero,—es el caballero Feathertop, no, perdonadme, es Lord Feathertop, que me trae un recuerdo de una antigua amiga. Cumplid vuestros deberes sociales con su señoría, niña, y honradle como su calidad merece.—

Después de estas pocas palabras de presentación, el magistrado abandonó el salón. Mas si en este breve instante hubiera mirado Polly a su padre en vez de dedicarse por entero a la contemplación del brillante caballero, habría podido comprender que algún peligro se cernía a la inmediación. El viejo estaba nervioso, inquieto y muy pálido. Tratando de esbozar una sonrisa cortés deformaba su rostro en una mueca galvánica, que se convirtió en ceño feroz tan pronto como Feathertop hubo vuelto las espaldas; al mismo tiempo que amenazaba con el puño cerrado y golpeaba el suelo con su pie gotoso; falta de cortesía que trajo consigo su inevitable y doloroso resultado. Parece, en verdad, que la palabra de introducción de Mamá Rigby, sea cual fuere, actuaba más por el temor que por la voluntad sobre el rico mercader. Siendo además hombre de extraordinaria sagacidad y penetración, advirtió que las figuras pintadas en la pipa de Feathertop estaban dotadas de movimiento. Mirando con mayor atención, pudo convencerse de que aquellas figuras eran una partida de diablillos debidamente provistos de cuernos y cola, y danzando con las manos enlazadas y gestos de regocijo diabólico en toda la circunferencia de la cabeza de la pipa. Para confirmar sus sospechas, mientras guiaba Master Gookin a su huésped a través de un obscuro pasadizo desde su despacho particular hasta el salón, la estrella que Feathertop llevaba al pecho arrojó verdaderas llamas, reflejando trémulos rayos sobre los muros, el techo y el pavimento.

Con tales siniestros pronósticos que se manifestaban de maneras tan diversas, no es sorprendente que el mercader pensara que comprometía a su hija en relaciones muy dudosas. Maldecía en el fondo de su alma la elegancia insinuante de los modales de Feathertop cuando este atrayente personaje se inclinaba, sonreía, posaba la mano sobre el corazón, inhalaba una profunda bocanada de su pipa y enriquecía la atmósfera con el aliento vaporoso de un suspiro fragante y visible. Alegremente habría puesto en la puerta el pobre Master Gookin a su peligroso visitante; pero había de por medio cierto grave terror que le constreñía.

Este respetable anciano, se había dejado arrastrar algo en mal camino en su temprana juventud, lo tememos, y quizá se veía ahora obligado a redimirlo por el sacrificio de su hija.

La puerta del salón era en parte de cristales cubiertos por una cortina de seda, cuyos pliegues quedaban un poquillo al sesgo. Tan vivo interés acosaba al comerciante por presenciar lo que iba a acontecer entre la bella Polly y el galante Feathertop que, después de abandonar el aposento no pudo impedirse de mirar por la abertura de la cortina.

Mas nada de milagroso le fué dado observar; nada, fuera de las bagatelas antes enunciadas, que le confirmaron en la idea de que algún peligro sobrenatural amenazaba a la bonita Polly. El extranjero era indudablemente hombre de mundo, práctico, metódico y dueño de sí mismo; y, de consiguiente, el personaje preciso a quien un padre no debe confiar sin la debida precaución una ingenua y sencilla muchacha. El digno magistrado que conocía la humanidad en cualquiera esfera o condición, no podía menos de advertir que todos los gestos y ademanes del distinguido Feathertop respondían en absoluto a las conveniencias del momento: nada de rudeza natural había quedado en él; las convenciones sociales estaban tan adaptadas y asimiladas a su naturaleza íntima, que le transformaban en una obra de arte. Quizá si esta misma peculiaridad era lo que le prestaba cierto aire pavoroso y fantasmagórico. Todo lo que es consumado y perfectamente artificial en el hombre le hace aparecer sobrenatural ante nuestros ojos, algo así como si su individualidad bastara apenas para dibujar en el suelo una sombra. Tratándose de Feathertop, esta impresión se confundía en un sentimiento extravagante, fantástico y original, como si su vida y esencia dependieran del humo rizado que se escapaba de su pipa.

Pero la linda Polly Gookin no pensaba de esta manera. La pareja paseaba entonces a través de la habitación: Feathertop, con su andar distinguido y su no menos distinguido semblante; la joven con cierta gracia femenina natural, realzada por un toque ligero de afectación que no la perjudicaba y que parecía aprendido del arte perfecto de su compañero. Mientras más se prolongaba la entrevista más encantada estaba la linda Polly; hasta que, pasado un cuarto de hora, la joven comenzó positivamente a sentirse enamorada, como pudo notarlo el viejo magistrado desde su escondite. No era necesaria magia alguna para provocar este rápido resultado; el corazón de la pobre niña era sin duda tan apasionado que se fundía a su propio calor, reflejado en la hueca semblanza de un amante. Nada importaba lo que Feathertop dijera: sus palabras levantaban profundo eco y repercutían en los oídos de la joven; nada importaba lo que hiciera: sus acciones revestían siempre caracteres heroicos ante los ojos de Polly. Y puede suponerse que en aquellos momentos se encendían las mejillas de la joven y brillaba en sus labios tierna sonrisa, y húmeda dulzura en sus miradas; mientras la estrella chispeaba en el pecho de Feathertop y los pequeños demonios corrían con regocijo más y más frenético alrededor de la cabeza de la pipa. ¡Oh, linda Polly Gookin! ¿Por qué se regocijan tan locamente aquellos diablillos de que una necia doncella esté a punto de dar su corazón a una sombra? ¿Es acaso una desgracia tan inusitada, un triunfo tan raro?

De pronto se detuvo Feathertop y adoptando una actitud majestuosa pareció imponer a la joven la contemplación de su figura y desafiarla a que resistiera su atractivo si esto era posible. La estrella, los bordados, las hebillas, brillaban en aquel momento con esplendor indecible; los matices pictóricos de su atavío tomaron mayor riqueza de colorido; desprendíase de toda su persona el lustre y cortesanía que traduce el encanto de modales refinados. La doncella levantó los ojos y los fijo en su compañero con expresión tímida y maravillada. Luego, como deseosa de juzgar por sí misma el valor que su sencilla belleza pudiera tener al lado de tal esplendor, lanzó una mirada al espejo de grandes dimensiones enfrente del cual se hallaban incidentalmente. Era una lámina de las más claras e incapaz de lisonja. Apenas tropezaron los ojos de Polly con las imágenes allí reflejadas, lanzó un agudo grito, alejóse del extranjero, le miró un momento con desordenado espanto, y se desplomó insensible sobre el pavimento. Feathertop, siguiendo la dirección de su mirada en el espejo, contempló también, no el brillante remedo que su exterior aparentaba, sino la imagen del sórdido conjunto de su composición real, despojada de toda hechicería.