¡Miserable simulacro! Casi debiéramos compadecerle. Levantó los brazos con expresión desesperada, más intensa que todas sus manifestaciones anteriores para vindicar sus pretensiones de considerarse humano; pues quizá por primera vez desde que inició la vida mortal, tan a menudo vacía y decepcionada, se había forjado y aceptado plenamente la ilusión de su propia personalidad.

Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina hacia el crepúsculo de este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía justamente las cenizas de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a lo largo de la carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino que parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.

“¡Ah!” pensó la vieja bruja, “¿qué pasos son éstos? ¿Qué esqueleto ha salido fuera de su tumba?”

Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún sobre su pecho; los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había perdido aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como sucede en todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por completo de nosotros, la triste realidad, se discernía bajo el hábil artificio.

—¿Qué cosa salió mal?—preguntó la bruja.—¿Olfateó el hipócrita juez más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame! Enviaré veinte demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de rodillas!

—No, madre,—dijo Feathertop desesperadamente;—no es eso.

—¿La chica desdeñó a mi precioso?—preguntó Mamá Rigby lanzando rayos feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de Tóphet.—¡Cubriré su rostro de barros! ¡Volveré su nariz tan roja como el fuego de tu pipa! ¡Haré caer sus dientes delanteros! ¡Dentro de una semana no será ya digna de ti!

—Dejadla tranquila, madre,—respondió el pobre Feathertop;—la doncella estaba casi vencida; y creo que un beso de sus dulces labios me habría hecho sentirme completamente humano. Pero,—añadió tras breve pausa y con un grito de desprecio para sí mismo,—¡me he visto, madre! ¡He visto la miserable, harapienta y vacía criatura que soy! ¡No quiero vivir más!—

Arrancando la pipa de su boca, la estrelló con toda su fuerza contra la chimenea, y se desplomó en el mismo instante convertido en una mezcla de paja y andrajos con algunos palos sobresaliendo del montón y una arrugada calabaza en el centro. Los huecos de los ojos carecían ya de luz; pero la abertura toscamente rasgada, que había hecho las veces de boca, parecía retorcerse aún en desesperada mueca y tenía aspecto casi humano.

“¡Pobre chico!—exclamó Mamá Rigby, lamentándose ante los restos de su desventurada creación.—¡Pobre querido mío, lindo Feathertop! Hay millares y millares de mequetrefes y charlatanes en el mundo, formados de la misma mescolanza de desechos, andrajos y cosas inútiles que entraban en su composición. Gozan, sin embargo, de buena fama y jamás se aprecian a sí mismos en lo que valen. ¿Por qué mi pobre muñeco había de ser el único en conocerse y en sufrir y perecer por ello?—