—¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te proteja!—dijo.—Vuelve con nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos, a menos que las heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso, envía dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.—

Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz y en su fisonomía mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible verse abandonado para expirar en la soledad.

Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que procedía con rectitud, alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque contrariando los deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raíces que habían sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente, quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva. El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría, ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando las últimas palabras de Malvin.

La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.

—Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos por tu abandono—aquí palpitó dolorosamente el corazón de Rubén—porque sé que si tu vida hubiera pesado en favor mío, la habrías sacrificado sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días, y puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y vuelve, Rubén,—añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al fin,—cuando tus heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado; vuelve a esta roca solitaria, a depositar mis huesos en la tumba y a murmurar una plegaria sobre mis restos.—

Los habitantes de la frontera prestaban atención casi supersticiosa a los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en las costumbres de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a los vivos; presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el propósito de enterrar a los que habían perecido “en las fauces del desierto.” Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la solemne promesa que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de Malvin. Era digno de notarse que éste, al hablar a corazón abierto en sus palabras de despedida, no trataba ya de persuadir al joven de que quizá un rápido socorro podría salvarle. Rubén estaba íntimamente convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro de Malvin. Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo hasta que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de resistir.

—Es suficiente,—dijo Róger Malvin, después de escuchar la promesa de Rubén.—¡Ve, y que Dios te guíe!—

El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse y partió. Sus débiles y vacilantes pasos le habían conducido muy poco trecho, sin embargo, cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.

—¡Rubén, Rubén!—dijo débilmente; y Rubén regresó, y arrodillándose junto al moribundo.

—Levántame y déjame reclinado contra la roca,—fué su última petición.—Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.—