Habiendo satisfecho Rubén el deseo de cambiar de postura al moribundo, comenzó otra vez su solitaria peregrinación. Avanzaba al principio más rápidamente de lo que correspondía sus fuerzas porque una especie de remordimiento, que atormenta a veces al hombre en sus actos más justificados, le incitaba a ocultarse cuanto antes a los ojos de Malvin; mas, después de avanzar bastante lejos sobre las crujientes hojas, retrocedió agazapándose, empujado por una ardiente y dolorosa curiosidad, y oculto por las raíces medio enterradas de un árbol caído, miró ansiosamente al hombre abandonado. El sol matinal estaba claro y los árboles y arbustos inhalaban el suave ambiente de mayo; pero había, sin embargo, cierta melancolía en el aspecto de la naturaleza, como si simpatizara con los dolores y sufrimientos de la muerte. Las manos de Róger Malvin se elevaban unidas en ferviente plegaria, de la cual pudo percibir Rubén en medio de la tranquilidad de la selva algunas palabras que penetraron en su corazón torturándole con sufrimiento intolerable. Eran acentos interrumpidos que imploraban por la felicidad del joven y de Dorcas; y al escucharlos, su conciencia o algún sentimiento análogo, luchó fuertemente para persuadirle a volver y reposar de nuevo junto a la roca. Sintió todo el horror del destino del noble y generoso ser a quien había abandonado en tal extremidad. La muerte llegaría lentamente como un fantasma, avanzando poco a poco hasta él a través de la selva, y mostrando de árbol en árbol, cada vez más cerca, su faz horrenda e implacable. Mas el destino de Rubén le impulsaba probablemente a no retardarse un día más; y ¿quién le reprocharía haberse retraído de sacrificio tan inútil? Cuando lanzaba en derredor la postrera mirada, la brisa hizo ondear la pequeña bandera en la copa del roble, recordando a Rubén su juramento.
Muchas circunstancias contribuyeron a retardar al viajero herido en su marcha a la frontera. El segundo día las nubes, densamente apretadas sobre el horizonte, descartaron la posibilidad de regular su camino por la posición del sol; y el joven ignoraba si los esfuerzos de su naturaleza casi exhausta le llevaban más cerca o más lejos del fin apetecido. Proveían escasamente a su subsistencia las bayas y otros productos naturales del bosque. Rebaños de ciervos pasaban, es verdad, muy cerca de su lado y las perdices se levantaban ante su paso; pero había consumido sus municiones en la batalla y no podía siquiera intentar la caza. Sus heridas, inflamadas por el constante esfuerzo de que dependía su sola esperanza de vida, disminuían sus fuerzas y muchas veces perturbaban su razón. Pero, aun en medio de su desvarío, el joven corazón de Rubén se aferraba fuertemente a la existencia; hasta que, incapaz absolutamente de movimiento, desfalleció al fin bajo un árbol, viéndose obligado a esperar allí la muerte.
En tal situación fue descubierto por una partida despachada en socorro de los sobrevivientes, a las primeras nuevas de la batalla. Lleváronle a la colonia más cercana, que resultó por azar su propia residencia.
Dorcas, con la sencillez de los tiempos primitivos, velaba al lado del lecho de su amante herido prodigándole aquellos cuidados que son privilegio exclusivo del corazón y las manos de la mujer. Durante varios días los recuerdos de Rubén vagaron pesadamente entre los peligros y obstáculos que había tenido que vencer, y el joven fué incapaz de dar respuesta definida a las preguntas con que muchas personas se apresuraban a fatigarle. No habían circulado aún detalles auténticos del combate; ni era dado tampoco a las madres, esposas e hijos saber si los seres amados de su corazón estaban cautivos o yacían entre las cadenas inquebrantables de la muerte. Dorcas guardaba en silencio sus temores hasta que una tarde, despertando Rubén de un sueño intranquilo, pareció reconocerla más claramente que las veces anteriores. Observó que el joven había reconquistado por completo sus sentidos y no pudo dominar más largo tiempo su ansiedad filial.
—¿Y mi padre, Rubén?—comenzó; mas el cambio de la fisonomía de su amante la obligó a detenerse.
El joven se estremeció como a impulsos de agudo dolor y la sangre subió violentamente a sus descoloridas y flacas mejillas. Su primer impulso fue ocultar el rostro; pero, con desesperado esfuerzo se enderezó y habló con vehemencia defendiéndose contra una imaginaria acusación.
—Tu padre quedó mal herido en la batalla, Dorcas; y me prohibió embarazarme con el peso de su compañía, permitiéndome solamente acompañarlo hasta la orilla del lago para que pudiera saciar su sed y morir en paz. Pero yo no quería abandonar al anciano en tal situación; y, aunque herido yo mismo, le sostuve prestándole la mitad de mis fuerzas, y le llevé conmigo. Durante tres días vagamos juntos, y tu padre resistió mucho más de lo que yo esperaba; pero al despertar del cuarto día, le encontré desfallecido y exhausto; no podía proseguir; la vida se le escapaba; y...
—¡Murió!—exclamó Dorcas débilmente.
Rubén sintió cuán imposible era confesar que su egoísta amor a la vida le había obligado a partir antes que la suerte del padre de la joven se hubiera decidido. No habló; solamente inclinó la cabeza, y se desplomó, desfallecido y avergonzado, ocultando, el rostro entre las almohadas. Dorcas sollozó al ver confirmados sus temores; pero como se había anticipado este golpe largo tiempo, pudo rehacerse mejor contra su violencia.
—¿Abriste una fosa para mi padre en el desierto?—fué la pregunta que expresó inmediatamente su piedad filial.