—¡El doce de mayo! ¡Debería recordarlo bien!—murmuró, mientras un torrente de pensamientos ocasionaba cierta confusión momentánea en su mente.—¿Dónde estoy? ¿Dónde me encuentro vagando? ¿En dónde le he dejado?—
Dorcas, demasiado acostumbrada a las maneras inciertas de su marido para notar especialmente esta nueva peculiaridad, dejó el almanaque a un lado y se dirigió a él con aquel tono melancólico que los corazones tiernos dedican a los pesares largo tiempo enfriados y desvanecidos.
—Por estos días, en este mismo mes, hace dieciocho años, mi pobre padre abandonó este mundo por otro mejor. Tuvo un brazo cariñoso para sostener su cabeza y una tierna voz para alentarle en sus últimos momentos, Rubén; y el pensamiento de los afectuosos cuidados que le prodigaste me ha consolado muchas veces desde aquel tiempo. ¡Oh! ¡La muerte sería horrible para un hombre solitario en un lugar tan abandonado como éste!
—¡Ruega al Cielo, Dorcas,—dijo Rubén con voz interrumpida,—ruega al Cielo que ninguno de nosotros muera solitario y quede insepulto en esta triste soledad!—Y se apresuró a alejarse, dejándola cuidar del fuego bajo los tétricos pinos.
La rapidez de la marcha de Rubén Bourne disminuyó poco a poco conforme se hacía menos sensible el dolor que las inocentes palabras de Dorcas le habían producido. Mil extrañas reflexiones se apoderaron, sin embargo, de su mente; y, avanzando más bien con paso de somnámbulo que de cazador, no podía atribuirse a precaución alguna de su parte que su tortuosa marcha no le arrastrara muy lejos del campamento. Sus pasos se encaminaban maquinalmente casi en círculo; y no observó siquiera que se encontraba en el margen de un trozo de terreno cubierto de espesa arboleda, entre la cual no había ya pinos. En vez de éstos, veíanse aquí robles y otras clases de árboles de madera dura; y en torno de sus raíces brotaba densa y apretada maleza dejando, sin embargo, espacios vacíos y cubiertos de gruesas capas de hojas secas. Cada vez que el roce de las ramas o el crujido de los troncos producía algún rumor, como si la selva despertara de un sueño, Rubén levantaba instintivamente el mosquete que reposaba en su brazo y lanzaba una mirada rápida y escrutadora por todos lados; mas, convencido por su ligera observación de que ninguna pieza se aproximaba, entregábase de nuevo a sus pensamientos. Meditaba sobre la extraña influencia que le había arrastrado tan lejos en las profundidades del desierto y fuera de su rumbo premeditado. Incapaz de penetrar hasta los secretos repliegues de su alma, donde el motivo yacía oculto, creyó que una voz sobrenatural le había hecho adelantar y que una potencia sobrenatural había impedido su regreso. Confiaba en que la Providencia le procuraría la ocasión de expiar su pecado; esperaba encontrar los huesos tan largo tiempo insepultos; y que, una vez depositados bajo tierra, la paz arrojaría sus resplandores sobre el sepulcro de su corazón. Distrájole de estas ideas un rumor en el bosque a corta distancia del sitio a que había llegado. Observando el movimiento de algún objeto detrás de la espesa cortina de maleza, hizo fuego con el instinto del cazador y la seguridad del buen tirador. Un suave quejido, que decía de su certeza, y con el cual aun los animales pueden expresar su agonía mortal, pasó inadvertido para Rubén Bourne. ¿Qué recuerdos se atropellaban en su mente?
La espesura en cuya dirección había hecho fuego crecía cerca de la cima de una ondulación del terreno, apretándose en torno de la base de una roca que por la forma y pulido de uno de sus lados, no estaba lejos de asemejarse a una gigantesca piedra tumularia. Como reflejada en un espejo se reproducía la imagen de esta roca en la memoria de Rubén: reconocía hasta las venas que parecían formar una inscripción en olvidados caracteres. Todo continuaba igual, excepto una densa maleza que envolvía la parte baja de la roca, y habría ocultado a Róger Malvin en caso que permaneciera todavía sentado en aquel sitio. En este momento las miradas de Rubén advirtieron otro cambio que el tiempo había efectuado desde que se encontró por última vez en el mismo lugar que ahora ocupaba, detrás de las raíces enterradas del árbol caído. El árbol joven en cuya copa había atado el sangriento símbolo de su juramento, había crecido y, desarrolládose hasta convertirse en un gran roble, lejos todavía de su madurez, pero abundantemente provisto de umbrosas ramas. Pero había en este árbol una particularidad que hizo temblar a Rubén. El centro y las ramas inferiores mostraban vida exuberante, y el exceso de vegetación cubría el tronco casi hasta la tierra; pero alguna circunstancia había esterilizado la parte superior del roble, y su rama más alta aparecía marchita, sin savia y tristemente muerta. Rubén recordaba cómo había flotado la pequeña bandera al tope de aquella rama cuando estaba verde y fresca, dieciocho años atrás. ¿Qué crimen pues la había marchitado?
Después de la partida de ambos cazadores, Dorcas continuó sus preparativos para la cena. Su mesa silvestre era el gran tronco de un árbol caído y cubierto de musgo, en cuya parte más ancha había extendido un mantel blanco como la nieve y dispuesto toda la vajilla de brillante metal que les restaba de lo que había sido su orgullo en la colonia. Era algo extraño encontrar aquel rincón de lujo doméstico en el seno desolado de la naturaleza. El sol lanzaba todavía sus resplandores sobre las ramas altas de los árboles que crecían en terreno elevado; pero las sombras de la tarde obscurecían ya la hondonada donde habían acampado, y el fuego comenzaba a enrojecerse reflejándose en los negros troncos de los pinos o revoloteando sobre la densa y obscura masa de follaje que circundaba aquel paraje. Dorcas no estaba triste; porque sentía que era preferible viajar en el desierto con los amados de su corazón, que vivir aislada en medio de una multitud que no se interesara por ella. Mientras se ocupaba en arreglar asientos de trozos de madera cubiertos de hojas para Rubén y su hijo, flotaba su voz en la selva sombría siguiendo el ritmo de una canción aprendida en la juventud. La ruda melodía, producción de un bardo que no conquistó la gloria, describía una noche de invierno en una cabaña de la frontera, cuando la familia, asegurada contra las irrupciones de los salvajes por las avalanchas de nieve, se regocijaba al fuego de su hogar. Toda la canción poseía el indecible hechizo peculiar de la idea original; pero cuatro líneas, insistentemente repetidas, brillaban entre el conjunto como el fuego de los corazones cuya alegría celebraban. En ellas, con la magia de unas cuantas palabras, había destilado el poeta la verdadera esencia del amor de la familia y de la felicidad doméstica, y eran un cuadro y un poema a la par. Mientras Dorcas cantaba, los muros de su casa abandonada parecían rodearla; no veía ya los tétricos pinos, ni escuchaba el rumor del viento que enviaba, sin embargo, su fuerte hálito a través de las ramas con cada verso, a morir allá lejos en hondo lamento cargado de los ecos de la canción. Sobrecogióse al ruido de un disparo en las cercanías del campamento; y, sea a causa del repentino estallido o de su soledad al lado del fuego, comenzó a temblar violentamente. Mas en seguida rió con todo el orgullo de su corazón maternal.
—¡Mi bello cazador! ¡Mi hijo ha derribado algún ciervo!—exclamó, recordando que Cyrus había partido a cazar en la dirección hacia donde resonó el tiro.
Aguardó un espacio razonable de tiempo creyendo escuchar sobre las crujientes hojas el paso ligero de su hijo que volvía a referir sus proezas. Pero el joven no apareció inmediatamente; y entonces ella lanzó su alegre voz a encontrarle entre los árboles.
—¡Cyrus! ¡Cyrus!—