Aun se retardaba su aparición; y Dorcas decidió ir personalmente a su encuentro, ya que el disparo había sido muy cerca al parecer. Quizá si su ayuda era también necesaria para traer al campamento el venado que se lisonjeaba haber derribado su hijo. Se adelantó, de consiguiente, enderezando sus pasos en la dirección del ya lejano disparo, y cantando mientras avanzaba para que el mancebo pudiera advertir su llegada y correr a su encuentro. Tras cada tronco de árbol y cada sitio que podía servir de escondite creía descubrir el semblante de su hijo riendo con la malicia jovial que nace de la afección. El sol estaba ya muy bajo en el horizonte y la luz que atravesaba los árboles era suficientemente indecisa para crear muchas ilusiones en su bien preparada fantasía. Varias veces creyó vagamente ver su rostro mirándola entre las hojas; y una vez imaginó que la hacía señas desde la base de una escarpada roca. Mirando este objeto con más atención, encontró que no era más que el tronco de un roble cubierto hasta el suelo de pequeñas ramas, una de las cuales, más saliente que las otras, movíase a impulsos de la brisa. Rodeando la base de la roca, se encontró súbitamente junto a su marido que había llegado por otra dirección. Inclinando el cañón de su fusil cuya culata descansaba en las hojas marchitas, Rubén parecía absorto en la contemplación de cierto objeto que yacía a sus pies.

—¿Qué es eso, Rubén? ¿Derribaste al ciervo y te quedaste dormido sobre él?—exclamó Dorcas, riendo alegremente al observar a la ligera la posición y aspecto de su marido.

Él no se movió, ni volvió los ojos hacia ella; y cierto horror frío y siniestro, indefinible en su origen y en su objeto, comenzó a apoderarse de la sangre de Dorcas. Advertía ahora que el rostro de su marido tenía palidez mortal y que sus facciones estaban rígidas, como si fueran incapaces de asumir otra expresión que la de la horrible desesperación que las petrificaba. No dió el más ligero signo de haber notado su presencia.

—¡Por el amor del cielo, háblame, Rubén!—exclamó Dorcas, y el eco extraño de su propia voz la aterrorizó más aún que el silencio de muerte.

Su marido se estremeció, la miró en el rostro, condújola al frente de la roca y señaló con el dedo.

¡Oh! ¡Allí yacía el mancebo, dormido, pero sin sueños, sobre las hojas caídas de la selva! Descansaba la mejilla sobre el brazo; sus suaves rizos caían echados hacia atrás sobre su frente; sus miembros estaban ligeramente laxos. ¿Algún súbito desfallecimiento había acometido al joven cazador? ¿Despertaríale la voz de su madre? ¡Dorcas sabía bien que aquello era la muerte!

—Esta inmensa roca es la piedra tumularia de tu familia más cercana, Dorcas,—dijo su marido.—Tus lágrimas regarán a la vez la tumba de tu padre y la de tu hijo.—

Ella no le oyó. Con un alarido salvaje, que pareció brotar de lo más hondo de su alma dolorida, se desplomó insensible junto al cuerpo de su amado hijo. En el mismo instante la rama marchita en la copa del roble se deshizo en el ambiente tranquilo y cayó en ligeros y suaves fragmentos sobre la roca, sobre las hojas, sobre Rubén, sobre su mujer y su hijo y sobre los huesos de Róger Malvin. Entonces se conmovió el corazón de Rubén y brotaron lágrimas de sus ojos como el agua de una roca. El hombre abatido por la desgracia redimió la solemne promesa del mancebo herido. Su crimen quedaba expiado; la maldición se apartaba de su lado; y después de haber vertido sangre más querida a su corazón que la suya propia, subió a los cielos por primera vez en largos años una plegaria de labios de Rubén Bourne.

ÉDWARD ÉVERETT HALE

Édward Éverett Hale nació en Boston, Massachusetts, el 3 de abril de 1822; murió en la misma ciudad el 10 de junio de 1909. Procedía de una familia distinguida de patriotas y hombres importantes en intelectualidad y en moral. Se educó en la Boston Latín School y en Harvard University, graduándose en la universidad a la temprana edad de diecisiete años. Comenzó su carrera enseñando latín por corto tiempo, dedicándose luego al estudio de la teología, y más tarde fue ministro unitario, ejerciendo el ministerio de pastor en varias iglesias principales de Wórcester y Boston, Massachusetts. Desde 1903 hasta 1909, época de su fallecimiento, fué capellán del senado nacional. Fué abolicionista ardiente, caudillo en varios movimientos de reforma, famoso conferenciante, anticuario, naturalista, sociólogo y filántropo. Colaboraba en muchos diarios y revistas y escribió sobre temas muy diversos. Entre sus obras pueden mencionarse: History of Kansas and Nebraska (1854); Ninety Days’ Worth of Europe (1861); A Man without a Country (1861); Puritan Politics in England and New England (1869); The Ingham Papers (1870); Ten Times One Is Ten (1870); His Level Best (1872); Philip Nolan’s Friends (1876); A New England Boyhood (1892); How to Live (1902); Memories of a Hundred Years (1902); We, the People (1903); Foundation of the Republic (1907); y muchos volúmenes de sermones, libros para niños, etc.