ÉDWARD ÉVERETT HALE
EL HOMBRE SIN PATRIA
SUPONGO que pocos lectores del New York Herald del 13 de agosto de 1863 observarían por casualidad en una humilde esquina, entre las defunciones, el anuncio siguiente:
NOLAN: Fallecido el 11 de mayo, a bordo de la corbeta Levant de los Estados Unidos. Lat., 2° 11´ S. Long., 131° O., PHÍLIP NOLAN.
Por mi parte lo advertí, debido a la circunstancia de encontrarme desamparado en la antigua casa de la misión en Máckinac, aguardando un vaporcito del lago Superior que nunca se decidía a llegar; y devoraba, por consiguiente, cuanta lectura podía acaparar, hasta las defunciones y matrimonios anunciados en el Herald. Tengo buena memoria para nombres y personas, y el lector echará de ver conforme avance que tenía razones suficientes para recordar a Phílip Nolan. Muchas personas, en cambio, se habrían interesado en este anuncio, si el oficial del Levant que lo redactó, hubiéralo hecho en esta forma: “Falleció, mayo 11, El hombre sin patria”. Pues bajo el nombre de “El hombre sin patria” había sido generalmente conocido este pobre Phílip Nolan por todos los oficiales de marina que le tenían bajo custodia hacía cosa de cincuenta años y, a la verdad, por todos los marineros de la armada. Hasta podría decir que muchos de los hombres que acostumbraban beber con él un vaso de vino una vez a la quincena durante viajes de tres años, nunca supieron que su nombre era Nolan, y ni siquiera si el infeliz tenía nombre alguno.
No hay ningún mal en referir la historia de este ser infortunado. Hasta hoy ha habido razón para guardar secreto absoluto, aun cuando terminó la administración de Mádison en 1817; secreto de honor entre los oficiales de la armada que tenían sucesivamente bajo custodia a Nolan. Y dice muy alto ciertamente del esprit de corps de la profesión y del honor personal de sus miembros que la historia de este hombre haya sido totalmente desconocida a la prensa y, según creo, a toda la nación. Por ciertas investigaciones hechas en los archivos navales, cuando fuí agregado al despacho de los astilleros, me inclino a pensar que los informes oficiales a su respecto se quemaron cuando el incendio de los edificios públicos en Wáshington. Uno de los Túcker, o quizá uno de los Watson, estuvo a cargo de Nolan a la terminación de la guerra; y cuando, al regresar del viaje, presentó su informe en Wáshington a uno de los Crówninshield, que se encontraba entonces en el departamento de marina, descubrió que en las oficinas de estado se ignoraba por completo tal historia. No sabría decir si era desconocida en realidad o si la política adoptada consistía en un “Non mi ricordo.” Pero lo que sé es que, desde 1817 y quizá antes, ningún oficial de marina ha mencionado a Nolan en sus informes de viaje.
Como dije antes, no existe ahora la necesidad de misterio. Y ya que ha muerto la desgraciada criatura, paréceme interesante referir un poquillo de su historia, siquiera sea para enseñar a los jóvenes americanos del día lo que significa ser un hombre sin patria.
Phílip Nolan era un joven oficial de los más distinguidos en la “Legión del Oeste,” como se llamaba entonces la división de nuestro ejército originaria del oeste. Cuando Aarón Burr realizó su primera y arrojada expedición a Nueva Órleans en 1805,[38] encontró en el fuerte de Mássac o en algún otro punto de la ribera, como cosa dispuesta por el diablo, a aquel alegre, intrépido y brillante joven, en, alguna cena, imagino. Burr le observó, conversó con él, paseó con él, llevóle uno o dos días a navegar en su barco y le fascinó, en una palabra. Al año siguiente la vida de cuartel era demasiado insípida para el pobre Nolan. Hizo uso del permiso de escribirle que le había concedido el gran hombre. El pobre mozo escribió una tras otra largas, floridas y pomposas cartas, y volvió a escribir, y envió las copias, sin que jamás viniera una línea de respuesta del fastuoso impostor. Los demás jóvenes de la guarnición se burlaban de él porque, en su afección mal recompensada por un político, había sacrificado en escribirle el tiempo que ellos dedicaban al monongahela,[39] al sledge y al high-low-jack.[40] El bourbon,[39] el euchre y el poker,[40] eran aun desconocidos. Pero un día Nolan tuvo su desquite. Aquella vez descendió Burr el río, no como abogado en busca de lugar adecuado para establecer sus reales, sino como conquistador disfrazado. Había derrotado a no sé cuántos procuradores, había asistido a no sé cuántos banquetes públicos; su nombre había salido en letras de molde en no sé cuántas revistas semanales; y se rumoraba que tenía un ejército a sus espaldas y un imperio delante de él. El día de su llegada fué un gran día para el pobre Nolan. No haría una hora que se encontraba Burr en el fuerte cuando ya había enviado a buscarle. Aquella noche pidió a Nolan que le acompañara en su esquife para mostrarle un cañaveral o un árbol de algodón, según decía; en realidad, para seducirle; y cuando arriaron la vela, Nolan estaba ya alistado en cuerpo y alma. Desde entonces, aun cuando él todavía lo ignoraba, se convirtió en un hombre sin patria.