Lo que Burr proyectaba lo sé tanto como vos, querido lector. No nos interesa, de otro lado. Solamente, cuando estalló la gran catástrofe, y Jéfferson y los partidarios de la casa de Virginia[41] de aquel entonces se propusieron enrodar a todos los Clárence posibles de la Casa de York[42] con motivo del juicio de alta traición en Ríchmond, algunos de los acalorados de segundo orden en aquel distante valle del Misisipí, más alejado entonces de nosotros de lo que hoy se encuentra la sonda de Púget, introdujeron la novedad en su escenario provincial; y para disipar la monotonía del verano en el fuerte de Adams, se dieron como espectáculo una serie de juicios militares de los oficiales. Varios coroneles y mayores fueron enjuiciados, y para completar la lista entró también Nolan contra quien existían indicios más que suficientes, Dios lo sabe: que estaba aburrido del servicio, que había querido abandonarlo, que habría obedecido gustoso la orden de marchar a cualquier lado con todo el que quisiera seguirle, siempre que la orden apareciera firmada: “Por mandato de Su Excelencia, A. Burr.” La corte marcial proseguía sus tareas. Pero los pájaros gordos volaban, a lo que yo me sé. La culpabilidad de Nolan quedó suficientemente establecida, como decía; sin embargo, ni vos lector ni yo hubiéramos sabido nunca de él, si no fuera porque al preguntarle el presidente del tribunal, momentos antes de terminar si deseaba decir algo para probar su lealtad constante a los Estados Unidos, en un frenesí de rabia gritó:
“¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír hablar jamás de los Estados Unidos!”
Supongo que Nolan no imaginó hasta qué punto iban a herir sus palabras al viejo coronel Morgan que presidía la corte marcial. La mitad, por lo menos, de los oficiales presentes había servido bajo la revolución, arriesgando la vida, por no decir el cuello, en obsequio a los ideales que él zahería tan desdeñosamente en su locura. Phílip Nolan, por su parte, había crecido en el oeste[43] de aquellos días, en medio de la “conspiración española,” y la “conspiración de Órleans,” y todo lo demás. Habíase educado en una colonia cuya mejor sociedad estaba formada por uno que otro oficial español o algún mercader francés de Órleans. Su educación, tal como era en la actualidad, se había perfeccionado en sus expediciones industriales a Veracruz, y creo que me dijo alguna vez que su padre tomó a un inglés como ayo suyo durante un invierno en la colonia. Había pasado la mitad de su juventud con un hermano mayor persiguiendo caballos salvajes en Tejas; en una palabra, los “Estados Unidos” apenas pasaban de una idea vaga para él. Sin embargo, había vivido a costa de los “Estados Unidos,” todo el tiempo que estaba en el ejército. Había jurado, por su fe de cristiano, ser leal a los “Estados Unidos.” Los “Estados Unidos” le habían dado el uniforme que vestía y la espada que llevaba al costado. Nada, mi pobre Nolan; solamente porque los “Estados Unidos” os habían aceptado entre los primeros como uno de sus leales hombres de honor, aquel “A. Burr” se preocupaba de vos un pelo más que de los hombres de su chata que izaban la vela de la embarcación.
No excuso a Nolan; explico simplemente al lector por qué enviaba al diablo a su patria y deseaba no volver a oír hablar de ella jamás.
Sólo volvió a oír el nombre de su patria una vez después de aquellas palabras. Desde aquel instante, el 23 de septiembre de 1807, hasta el día en que murió, 11 de mayo de 1863, jamás oyó nombrar de nuevo a los Estados Unidos. Durante este largo medio siglo fué un hombre sin patria.
El viejo Morgan, como he dicho, sintióse terriblemente ofendido. Si Nolan hubiera comparado a George Wáshington con Bénedict Árnold, o gritado “¡Dios guarde al rey George!” no habría quedado Morgan más dolorosamente impresionado. Transladó la corte marcial a sus habitaciones particulares, y volvió al cabo de quince minutos con el rostro más blanco que un sudario, para decir:
“¡Prisionero, escuchad la sentencia del tribunal! El tribunal decide, sujeto a la aprobación del presidente, que jamás volváis a oír el nombre de los Estados Unidos.”
Nolan soltó una carcajada. Pero nadie le imitó. El tono del viejo Morgan había sido demasiado solemne, y todo el cuarto quedó en silencio mortal durante un minuto. Aun Nolan perdió su fanfarronería pasado un momento. Entonces Morgan añadió:—“Señor mariscal, llevad al prisionero a Órleans en un buque de guerra y entregadlo allí al jefe naval.”
El preboste dió sus órdenes, y sacaron al prisionero de la sala del tribunal.
“Señor preboste,” continuó el viejo Morgan, “cuidad de que nadie mencione los Estados Unidos en presencia del prisionero. Señor preboste, ofreced mis respetos al teniente Mítchel en Órleans, y pedidle que nadie nombre a los Estados Unidos mientras el prisionero se encuentre a bordo del buque. Recibiréis órdenes escritas del oficial de servicio esta noche. La corte se suspende sin día determinado.”