Los caballeros pueden hacer a bordo cualquier arreglo que juzguen conveniente con respecto a su sociedad. No debe exponérsele a ninguna falta de cortesía, ni es necesario recordarle que se encuentra prisionero.
Pero bajo ningún concepto oirá hablar de su patria ni leerá la menor noticia concerniente a los Estados Unidos; y recomendaréis especialmente a los oficiales a vuestras órdenes que, en las diversas concesiones que dicha persona pueda obtener, cuiden de que se mantenga esta regla que envuelve su expiación.
La intención del gobierno es que jamás vuelva a ver el país de que ha renegado. Antes de la terminación de vuestro viaje, recibiréis órdenes acerca de la forma en que esto debe verificarse.
Respetuosamente,
Por el Departamento de Marina,
W. Sóuthard.
Si hubiera conservado yo en la memoria esta orden completa, no habría solución de continuidad al principio de mi historia. Por lo que respecta al capitán Shaw, siempre que fuera él, pasó la orden a su sucesor en el puesto, y éste, a su vez, al que le siguió; y supongo que el capitán del Levant la conserva hasta hoy como documento para probar su derecho de conservar a aquel hombre bajo su indulgente custodia.
La regla adoptada a bordo del buque en el cual conocí al “hombre sin patria” era la misma que se había observado desde el principio, según creo. En ninguna mesa agradaba tenerle de continuo, porque su presencia cortaba toda conversación sobre la patria o el regreso futuro, sobre política y literatura, paz o guerra; suprimiendo, en fin, más de la mitad de los temas que agrada tratar a los hombres durante una navegación. Pero se creyó siempre demasiado duro que le estuviera vedado reunirse siquiera alguna vez con nosotros más allá de un simple saludo; y adoptamos, por último, cierto sistema definido. No se le permitía conversar con los tripulantes a menos que hubiese algún oficial de por medio. Con los oficiales no existía restricción, naturalmente, hasta donde él y los otros quisieran extenderlo. Pero él se volvía más y más tímido, aunque tenía sus favoritos: yo era uno de ellos. Entonces el capitán le invitó a su mesa todos los lunes, y cada mesa le tomó un día por turno. Según las proporciones del barco, cada uno le tenía a su mesa con mayor o menor frecuencia. Tomaba el almuerzo en su camarote—siempre tenía su camarote particular—donde había un centinela o alguien de guardia para vigilar la puerta. Y todo lo demás que comía o bebía, lo tomaba solo. En ciertas ocasiones, cuando los marinos o la tripulación tenían algún día de fiesta, se les permitía invitar a “Plain Buttons” (Botones llanos), como le llamaban. Entonces enviaban a Nolan con algún oficial, y mientras se encontraba con ellos, tenían los hombres prohibición de hablar de la patria. Tengo para mí que el espectáculo de su castigo era moralizador. Llamábanle “Plain Buttons,” porque aun cuando él prefería vestir el uniforme regular del ejército, no se le permitía usar los botones que llevaban las iniciales o la insignia del país que había desconocido.
Recuerdo que poco tiempo después de haberme agregado a la marina, me encontraba una vez en tierra con algunos de los oficiales más antiguos de nuestro buque, y los del Brandywine con quienes nos reunimos en Alejandría. Teníamos licencia para hacer una excursión al Cairo y a las Pirámides. Mientras nos zangoloteábamos a lomo de burro en aquella dirección, algunos de estos caballeros (los jóvenes les llamábamos “Dons” entonces, pero la frase cambió hace largo tiempo) comenzaron a hablar de Nolan, y uno de ellos manifestó el sistema que se seguía con respecto a sus libros y a sus lecturas. Como casi nunca se le permitía desembarcar aunque el buque estuviera fondeado en el puerto largos meses, el tiempo se le hacía pesado con frecuencia, y cualquiera estaba autorizado para prestarle libros siempre que no fueran publicados en América, ni hicieran mención de este país. Esta clase de libros era muy común en aquel tiempo, en que la gente del otro hemisferio se preocupaba de los Estados Unidos tanto como nosotros del Paraguay. Recibía así, pronto o tarde, todos los periódicos extranjeros que llegaban al buque; solamente que alguien los revisaba primero y recortaba cualquier aviso o capítulo en que se aludiera por incidencia a la América del Norte. Esto resultaba un poco cruel a veces, cuando lo escrito detrás de lo cortado era tan inocente como el Hesiodo. En la mitad de alguna relación sobre las batallas napoleónicas, por ejemplo, o de cierto discurso de Cánning, encontraba de repente el pobre Nolan un gran vacío porque a la vuelta de la página venía el aviso de algún paquebote para Nueva York, o cualquier trozo insignificante del mensaje del presidente. Aquélla fué la primera vez, digo, que llegaba a mi conocimiento algo de este sistema, con el cual tanto y tanto tuve que hacer después. Lo recuerdo, porque apenas se hizo alusión a las lecturas, el pobre Phillips, que era de la partida, nos refirió algo acontecido a Nolan en su primer viaje al cabo de Buena Esperanza; siendo esto todo lo que alcancé a saber de tal viaje. Habían tocado en el cabo, y después de cumplir los deberes de cortesía con el almirantazgo y la marina ingleses, se preparaban a partir para una larga travesía en el océano Índico. En previsión del pesado viaje, Phillips consiguió que un oficial le prestara una colección de libros ingleses, lo cual entonces como en nuestros tiempos significaba una suerte inesperada. Entre ellos, como si el diablo lo hubiese preparado, contábase The Lay of the Last Minstrel (El canto del último trovador), poema del cual más o menos todos habían oído hablar, pero que ninguno conocía a fondo. Creo que no haría mucho que se había publicado. Bien; nadie pensó que hubiera riesgo de encontrar allí nada nacional, aunque Phillips juraba que el viejo Shaw había arrancado la Tempestad de Shákespeare antes de dársela a Nolan porque decía, “las islas de Bermuda deben ser nuestras y, por Júpiter, algún día lo serán.” Así, permitióse a Nolan que se reuniera a la compañía cierta tarde en que un grupo fumaba y leía en voz alta en el puente. Ahora no se hace esto a menudo, pero cuando yo era joven matábamos así el tiempo con mucha frecuencia. Bien; sucedió que llegó el turno a Nolan de leer para los demás; y leía muy bien, por lo que me sé. Ninguno de los presentes conocía una palabra del poema; solamente que trataba de magia y caballería, y que pasaba hacía diez mil años. El pobre Nolan leyó de seguido el canto quinto, detúvose un minuto, bebió un trago, y comenzó de nuevo, sin la menor idea de lo que venía a continuación:
Allí vive un hombre tan desgraciado, que nunca a sí mismo pudo decir,
Parece imposible que ninguno de nosotros hubiera oído antes aquel poema; pero así era, y el pobre Nolan prosiguió, inconsciente o mecánicamente:
¡Ésta es mi patria, mi país natal!