—Estoy aquí enseñándoles cómo hacemos esto en la artillería, señor.—

Y en esta parte de la historia concuerdan todas las leyendas; que el comodoro dijo:

—Ya lo veo y os lo agradezco, señor; y nunca olvidaré este día, señor, ni vos tampoco lo olvidaréis.—

Y después que todo hubo pasado y que recibió la espada del inglés, en medio del fausto y ceremonia del alcázar, el comodoro exclamó:

—¿Dónde está Mr. Nolan? Decid al señor Nolan que venga acá.—

Y cuando vino Nolan, dijo el capitán:

—Mr. Nolan, todos tenemos mucho que agradeceros hoy; hoy sois uno de los nuestros; seréis nombrado en el parte oficial de la batalla.—

Y entonces el anciano, desciñéndose su propia espada de ceremonia, la dió a Nolan e hizo que éste la ciñera. El hombre que me lo contó fué testigo ocular de la escena. Nolan lloraba como un niño y tenía, en verdad, razón de hacerlo. No había ceñido espada desde aquel infernal día en el fuerte de Adams. Pero después, en ocasiones de ceremonial, llevaba siempre aquella antigua espada francesa, primorosamente cincelada, del viejo comodoro.

El capitán le mencionó en el parte oficial. Siempre se ha dicho que pidió entonces la gracia de Nolan. Escribió una carta particular al secretario de guerra; pero nada resultó. Como he dicho antes, sucedía esto cuando comenzaba a ignorarse en Wáshington todo el asunto y cuando la prisión de Nolan continuaba simplemente porque nadie había capaz de ordenar que se suspendiera sin nuevas órdenes del gobierno. He oído decir que estuvo con Pórter cuando tomó posesión de las islas de Nukahiwa. No este Pórter, comprendéis, sino el viejo Pórter, su padre, Éssex Pórter; quiero decir, el viejo Éssex, no el Éssex de nuestros días. Como oficial de artillería que había servido en el oeste, Nolan sabía más que todos ellos de fortificaciones, troneras, revellines, empalizadas y todo lo demás; y trabajó con la mejor voluntad para fijar convenientemente la batería. He pensado siempre que fué una lástima que Pórter no le dejara el mando en unión de Gamble. Esto habría arreglado el asunto con respecto a su castigo. Habríamos conservado las islas y tendríamos ahora un puerto en el océano Pacífico. Y cuando nuestros amigos los franceses pretendieron esta pequeña bahía, habrían encontrado que se hallaba ya ocupada de antemano. Pero Mádison y sus partidarios los virginianos descartaron por completo esta posibilidad.

Todo esto sucedía hace cincuenta años. Si Nolan tenía treinta entonces, debió contar cerca de ochenta a su fallecimiento. Parecía un hombre de sesenta cuando solamente contaba cuarenta. Pero después de aquella época me parece que no cambió una línea su fisonomía. Según imagino yo su vida, por lo que he sabido, debe haber recorrido todos los mares sin desembarcar casi nunca. Debe haber conocido mejor que nadie a todos los jefes de nuestro servicio naval. Me dijo una vez, con grave sonrisa, que ningún hombre llevaba vida tan metódica como la suya.—Sabréis que la gente me llama el “hombre de la máscara de hierro,” y no ignoráis cuán ocupado vivía este personaje.—Acostumbraba decir que no aconsejaría a nadie leer continuamente, como no es posible dedicarse de continuo a ninguna ocupación; pero que él leía precisamente cinco horas diarias.—“Luego,” añadía,—pongo al día mis anotaciones, escribiendo a determinadas horas los comentarios sobre mis lecturas e incluyendo en ellas mi colección de recortes.—Esta colección era muy interesante a la verdad. Tenía seis u ocho libros sobre temas diferentes. Uno de historia, otro de ciencias naturales y otro que él llamaba “Misceláneas.” Mas no eran simplemente colecciones de recortes de periódicos. Había además ejemplares de plantas y gramíneas, conchas cerradas y trozos cincelados de huesos y madera que él mismo había enseñado a labrar a los marineros y que figuraban hermosamente como ilustraciones en su colección. Dibujaba admirablemente. Tenía algunos cuadros sumamente divertidos y otros de lo más patéticos que he visto en mi vida. Quisiera saber quién conserva las colecciones de Nolan.