Bien; acostumbraba decir que sus lecturas y apuntes constituían su profesión, y les dedicaba cinco y dos horas diarias, respectivamente.—Luego,—proseguía,—todo hombre necesita alguna distracción tanto como una profesión. La historia natural es mi distracción.—Esto le tomaba dos horas más todos los días. Los marineros acostumbraban traerle pájaros y peces; pero en las largas travesías tenía que conformarse con ciempiés, cucarachas y otros menudos ejemplares de este estilo. Era el único naturalista que he conocido que hubiera observado algo de las costumbres de la mosca casera y del mosquito. Todos os dirán si son lepidópteros o estrepsíteros; pero en cuanto a la manera de librarse de ellos o a la forma en que estos bichos escapan cuando se les golpea, ¡vamos! Linneus sabía tanto acerca de esto como el idiota John Foy. Estas nueve horas formaban la “ocupación” diaria y regular de Nolan. El resto del tiempo conversaba o paseaba. Hasta que envejeció, subía a cubierta con frecuencia. Hacia siempre bastante ejercicio, y nunca supe que hubiera estado enfermo. Si alguna otra persona experimentaba algún malestar en el buque, convertíase en el enfermero más atento y afectuoso y sabía más que muchos cirujanos. Así, siempre que alguien estaba enfermo o moría a bordo, o siempre que el capitán requiriese sus servicios en estos casos, Nolan estaba dispuesto a recitar las oraciones. He dicho que leía admirablemente.

Mis relaciones con Phílip Nolan comenzaron seis u ocho años después de la guerra con Inglaterra, en ocasión de mi primer viaje cuando fuí nombrado guardia marina. Eran los primeros tiempos del tratado sobre el mercado de esclavos, cuando la casa reinante que era aún la casa de Virginia,[44] experimentaba cierto sentimentalismo provocado por los horrores del tráfico de esclavos, e hizo algo entonces en favor de su supresión. Nos encontrábamos por este motivo al sur del Atlántico.[45] Por el tiempo en que yo me agregué al buque, creía que Nolan era una especie de clérigo secular, un clérigo de levita azul. Nunca pregunté nada acerca de él. Todo en el barco me resultaba extraño. Yo sabía que era de novatos el preguntar y se me figura que pensé que debía haber un “Plain Buttons” en todas las naves. Le teníamos a comer en nuestra mesa una vez por semana, y se nos recomendaba que aquel día no habláramos una sola palabra acerca de la patria. Pero si nos hubieran dicho que no debíamos hablar del planeta Marte o del Deuteronomio, tampoco habría preguntado la causa. Tan desprovistas de razón como ésta había muchas otras cosas, a mi entender. Llegué a comprender algo por primera vez acerca del hombre sin patria en cierta ocasión en que dimos caza a una sórdida goleta que llevaba esclavos a bordo. Enviaron un oficial al abordaje, y pasados algunos minutos, regresó el bote pidiendo que se enviara a alguien que hablara portugués. Mirábamos todos desde la barandilla cuando llegó el mensaje, y cada uno deseaba poder adivinarlo, cuando preguntó el capitán si alguno de nosotros sabía hablar portugués. Pero ninguno de los oficiales conocía este idioma; y en momentos en que el capitán trataba de averiguar si alguien de la tripulación era capaz de hacerlo, se adelantó Nolan y dijo que, si el capitán lo deseaba, podía servir de intérprete puesto que conocía el portugués. El capitán le dió las gracias, hizo preparar otro bote para él, y allí tuve la suerte de acompañarle. Cuando abordamos la goleta, se presentó a nuestra vista una escena que rara vez es posible contemplar y que, por otra parte, nunca se experimentaría tampoco el deseo de hacerlo. La suciedad y la confusión más espantosas reinaban sobre cubierta. No había muchos negros; mas con el objeto de que comprendieran que se hallaban libres, habíales hecho quitar Vaughan los grillos y esposas que llevaban, los cuales en obsequio a la ocasión se colocaron a los bribones que componían la tripulación de la goleta. Los negros, libres ahora en su mayor parte, hormigueaban en el sucio puente, amontonándose en torno de Vaughan, a quien se dirigían en todos los dialectos imaginables, y en el patois de cada dialecto, desde las modulaciones zulúes hasta el dialecto de Beled-el-jerid.

Cuando llegamos al puente, Vaughan miraba desde lo alto de un gran barril donde se había encaramado en su desesperación, y exclamaba:—¡Por el amor de Dios! ¿Hay alguien que pueda hacer entender algo a estos infelices? La gente les ha dado ron, pero eso no los ha aquietado. He aporreado dos veces a ese grandullón, pero tampoco ha servido de nada. Luego, les hablé en choctaw; pero ¡que me cuelguen si entendieron esto mejor que el inglés!—

Nolan dijo que podía hablar portugués, y entonces hicieron salir de las filas a dos hermosos africanos de la tribu de Kroo, que según se había puesto en limpio anteriormente, trabajaron alguna vez con colonos portugueses en la costa de Fernando Po.

—Explicadles que están libres,—dijo Vaughan;—y que estos bribones serán ahorcados tan pronto como tengamos cuerda suficiente para todos ellos.—

Nolan “dijo esto en español;” es decir, lo explicó en portugués inteligible para los negros de Kroo, quienes a su vez lo transmitieron a los demás negros en idioma que todos fueran capaces de comprender. Hubo entonces un grito salvaje de delectación, un apretar los puños y saltar y danzar y besar los pies de Nolan; y un precipitarse general hacia el barril en adoración espontánea a Vaughan, el deus ex machina de la ocasión.

—Decidles,—continuó Vaughan, muy complacido,—que los llevaré a todos al Cabo de Palmas.—

Esto no hizo ya tan buen efecto. El Cabo de Palmas estaba realmente tan alejado de su patria como Nueva Órleans o Río de Janeiro, lo cual significaba que quedarían allí eternamente separados de su hogar. Y como comprenderéis, los intérpretes dijeron inmediatamente,—¡Ah, Palmas no!—y comenzaron a proponer multitud de expedientes diversos con la mayor volubilidad. Vaughan parecía decepcionado por el resultado de su magnanimidad, y preguntó seriamente a Nolan lo que decían. Gotas de sudor perlaban en la pálida frente del pobre Nolan cuando hizo callar a los hombres y repitió:

—Dicen que a Palmas no. Dicen que se les lleve a su patria, a su propia tierra, a su propia casa; que se les lleve adonde están sus propios chiquillos y sus propias mujeres. Dice uno que tiene padre y madre ancianos que morirán si no le ven. Y este otro dice que dejó a todos enfermos en su casa, y que remaba con dirección a Fernando para rogar al médico blanco que les socorriese, cuando estos demonios le cogieron en la bahía justamente enfrente de su hogar, y que desde entonces no ha vuelto a ver a nadie de su familia. Y este otro dice,—se atragantó Nolan,—que no ha sabido una sola palabra de su tierra durante seis meses que ha pasado encerrado en una barraca infernal.—

Vaughan decía después que se sentía envejecer mientras Nolan bregaba para dar la traducción. Yo mismo, que no comprendía todo el alcance de aquello, podía observar que hasta los elementos parecían fundirse a algún ardiente calor, y que alguien sufría los resultados. Hasta los negros dejaron de aullar al ver la agonía de Nolan y la agonía de Vaughan, casi tan intensa por simpatía. Tan pronto como éste pudo encontrar palabras exclamó: