Con alguna dificultad encontró el camino de su propia casa, hacia la cual se aproximaba con silencioso pavor esperando oír a cada instante la voz chillona de la señora Van Winkle. Todo estaba arruinado, el techo cayéndose a pedazos, las ventanas destrozadas y las puertas fuera de sus goznes. Un hambriento can, algo parecido a Wolf, andaba huroneando por allí. Rip lo llamó con el nombre de su perro, mas el animal gruñó enseñando los dientes y escapó. Esto fué una herida dolorosa, en verdad. “¡Aun mi perro me ha olvidado!” sollozó el pobre Rip.
Penetró en la casa que, a decir verdad, mantenía siempre en meticuloso orden la señora Van Winkle. Aparecía ahora vacía, tétrica y en apariencia abandonada. Tal desolación se sobrepuso a sus temores conyugales, y llamó en alta voz a su mujer y a sus hijos. Las desiertas piezas resonaron un momento con sus voces y luego quedó todo nuevamente silencioso.
Apresuróse a salir y se dirigió rápidamente a su antiguo refugio, el mesón de la aldea; pero éste también había desaparecido. En su lugar veíase un amplio y desvencijado edificio de madera con grandes y destartaladas vidrieras, rotas algunas de ellas y recompuestas con enaguas y sombreros viejos, el cual ostentaba pintado sobre la puerta un rótulo que decía: “Hotel Unión, de Jónathan Dóolittle.” En vez del gran árbol que cobijaba con su sombra al silencioso y menudo mesonero holandés de otros tiempos, alzábase ahora una larga y desnuda pértiga con algo semejante a un gorro rojo de dormir en su extremidad superior, y de la cual se desprendía una bandera de rayas y estrellas en singular combinación: cosas todas extrañas e incomprensibles. Reconoció en la muestra, sin embargo, la rubicunda faz del rey Jorge, debajo de la cual había saboreado pacíficamente tantas pipas; pero aun la figura se había metamorfoseado de manera singular. La chaqueta roja habíase convertido en azul y ante; ceñía una espada en lugar del cetro; la cabeza estaba provista de un sombrero de tres picos, y debajo del retrato leíase en grandes caracteres: GENERAL WASHINGTON.
Había, como de costumbre, una multitud de gente delante de la puerta, pero Rip no podía reconocer a nadie. Aun el espíritu del pueblo parecía cambiado. Oíanse acaloradas y ruidosas discusiones en lugar de las flemáticas y soñolientas pláticas de otros tiempos. Buscaba en vano al sabio Nicholas Védder con su ancho rostro, su doble papada y su larga y hermosa pipa, lanzando nubes de humo en vez de discursos ociosos; o al maestro de escuela Van Búmmel, impartiendo a la concurrencia el contenido de antiguos periódicos. En lugar de ellos, un flaco y bilioso personaje con los bolsillos llenos de proclamas, peroraba con vehemencia sobre los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del congreso, la libertad, Búnker Hill, los héroes del setenta y seis, y otros tópicos que resultaban una perfecta jerga babilónica para el trastornado Van Winkle.
La aparición de Rip con su inmensa barba gris, su escopeta mohosa, su exótica vestimenta, y un ejército de mujeres y chiquillos pisándole los talones, atrajo muy pronto la atención de los políticos de taberna. Amotináronse a su alrededor mirándole con gran curiosidad de la cabeza a los pies. El orador se abalanzó hacia él y llevándole a un costado inquirió “de qué lado había dado su voto.” Rip quedó estupefacto. Otro pequeño y atareado personaje cogiéndole del brazo y alzándose de puntillas le preguntó al oído: “¿Demócrata o federal?” Veíase Rip igualmente perdido para comprender esta pregunta, cuando un sabihondo, pomposo y viejo caballero, con puntiagudo sombrero de tres picos, abrióse paso entre la muchedumbre apartándola con los codos a derecha e izquierda, y plantándose delante de Rip Van Winkle con un brazo en jarras y descansando el otro en su vara, con ojos penetrantes y su agudo sombrero amenazador, preguntó con tono austero, como si quisiera ahondar hasta el fondo de su alma, “qué motivo le traía a las elecciones con fusil al hombro y una multitud a sus huellas, y si intentaba por acaso provocar una insurrección en la villa.”
—¡Ay de mí, caballero,—exclamó Rip con desmayo,—yo soy un pobre hombre tranquilo, un habitante del lugar y un vasallo leal de su majestad, a quien Dios bendiga!—
Aquí estalló una protesta general de los concurrentes.
—¡Un conservador! ¡un conservador! ¡un espía! ¡un emigrado! ¡golpe con él! ¡afuera!—Con gran dificultad pudo restablecer el orden el pomposo caballero del sombrero de tres picos; y, asumiendo tal gravedad que produjo diez arrugas por lo menos en su entrecejo, preguntó de nuevo al incógnito criminal el motivo que le traía y a quién andaba buscando por el pueblo. El pobre hombre aseguró humildemente que no tenía proyectos subversivos sino que venía simplemente en busca de algunos de sus vecinos que acostumbraban parar en la taberna.
—Bien, ¿quiénes son ellos? Nombradlos.—
Rip meditó un momento e inquirió luego:—¿Dónde está Nicholas Védder?—