Al amanecer del dia siguiente, salió de Baena el conde de Cabra con doscientos cincuenta caballos y mil y doscientos infantes, y se puso apresuradamente en marcha para Cabra, distante de alli tres leguas, donde á su llegada, se le reunió don Alonso de Córdoba, señor de Zuheros. Habiendo dado aqui de almorzar á la tropa, que aun no se habia desayunado, iba á emprender de nuevo la marcha, cuando reparó que se le habia olvidado traer el estandarte de Baena, que por espacio de ochenta años habian llevado siempre los de su familia en los combates. Mas ya no era tiempo de enviar por él, y tomó el estandarte de Cabra, cuya divisa era el animal de este nombre, y que por espacio de medio siglo no se habia sacado en las batallas. En esto recibió un correo el Conde despachado con toda urgencia por su sobrino don Diego Hernandez de Córdoba, señor de Lucena y alcaide de los Donceles, suplicándole acudiese sin tardanza á su socorro, pues se hallaba cercado por un ejército poderoso mandado por Boabdil, que amenazaba asaltar la plaza, y habia ya pegado fuego á las puertas.

Con esta nueva, y el deseo de batirse con el Rey moro en persona, marchó el Conde inmediatamente con sus tropas la via de Lucena, donde llegó cuando Boabdil, dejando de combatir la plaza, se ocupaba en talar los campos circunvecinos. Entre tanto, don Diego Hernandez de Córdoba, cuyas fuerzas no pasaban de ochenta caballos y trescientos infantes, habia recogido dentro de los muros de la ciudad á las mugeres y niños, armado á todos los hombres, y despachado correos en diferentes direcciones, para pedir socorro; al mismo tiempo que por su órden ardian las hogueras en las montañas. Aquel dia al amanecer, habia llegado el Rey moro con su ejército, amenazando pasar á cuchillo la guarnicion si no se le entregaba la plaza en el momento. El mensagero que envió con esta intimacion, era un Abencerrage, á quien don Diego (que le conocia y habia tratado familiarmente) entretuvo con palabras, para dar tiempo á que llegasen los socorros. Entre tanto el fogoso Aliatar, sin esperar el resultado de la conferencia, habia dado un asalto á la plaza, pero hallando una resistencia inesperada, habia retirado su gente con propósito, segun se temia, de intentar otro mas vigoroso aquella noche.

Enterado el Conde de todo lo sucedido, se volvió á su sobrino con semblante alegre, y propuso que al punto saliesen en busca del enemigo. Al prudente don Diego le pareció temeridad acometer á tantos con tan poca gente, y asi lo manifestó á su tio; pero éste insistiendo en su idea, dijo: “Yo, sobrino, partí de Baena con intento de pelear con este Rey moro; ved lo que os parece.” “En todo caso, le respondió el alcaide, espere vueseñoría siquiera dos horas, y entre tanto habrán llegado los socorros que han de venir de la Rambla, de Santaella, de Montilla y de otras partes.” “Si esto aguardamos, dijo el Conde, ya se habrán ido los moros, y nuestro trabajo habrá sido en vano: quédese vuesamerced aqui, que yo resuelto estoy á pelear y á no aguardar mas.” El jóven alcaide de los Donceles, aunque mas cauto que su ardoroso tio, no era menos valiente; asi es que determinando seguirle en esta empresa, se le reunió con la poca gente que tenia, y juntos marcharon al encuentro del enemigo.

Habiéndose enviado delante seis descubridores á caballo para reconocer su situacion, volvieron de alli á poco con la noticia de haber dado vista al ejército moro en un prado al pié de una colina, donde los soldados de infantería, tendidos por la yerba, estaban comiendo el rancho, mientras la caballería, formada en cinco escuadrones, les hacia la guardia. Subiendo á una altura, vieron el Conde y su sobrino al ejército moro, y notaron que los cinco escuadrones se habian formado en dos, cuya fuerza podria ser de unas setecientas lanzas cada uno. Al parecer estaban ya disponiendo su marcha, y la infantería empezaba á desfilar, siguiéndola los prisioneros y un numeroso tren de acémilas con la presa y el bagage. Reconocieron á Aliatar que correteaba por el campo apresurando los movimientos de la tropa, y pudieron distinguir al Rey por su caballo blanco, magníficamente enjaezado, asi como por la lucida y brillante guardia que rodeaba su persona.

Vueltos los dos caudillos á su tropa, la pusieron en ordenanza; y el Conde para inspirarles el valor tan necesario en aquella ocasion les arengó, diciendo: que no se dejasen intimidar por el gran número de los moros, pues muchas veces se habia visto, y Dios habia permitido, que los pocos venciesen á los muchos; y que por su parte confiaba alcanzarian aquel dia un triunfo señalado, en que ganarian gloria y riquezas juntamente; que no arrojasen las lanzas, sino que las guardasen para repetir con ellas las heridas; y últimamente, que no diesen grita sino cuando la diese el enemigo, para que asi no se pudiese conocer cual de los dos ejércitos era el mas numeroso. En seguida mandó á Lope de Mendoza y á Diego de Cabrera que se apeasen, y entrasen á pié en los batallones de infantería para animarlos al combate; y á Diego de Clavijo, alcaide de Baena, que se quedase en la retaguardia, para impedir que ninguno volviese las espaldas. Dadas estas órdenes, arrojó la lanza, y sacando la espada, mandó que adelantasen el estandarte hácia el enemigo.

CAPÍTULO XII.