La batalla de Lucena.

Mirando estaban el Rey moro y Aliatar las tropas cristianas que avanzaban á dar batalla, sin poder averiguar su número, por la distancia y una niebla que las rodeaba, cuando Boabdil divisando confusamente el estandarte de Cabra, preguntó á su suegro qué bandera era aquella. “Señor, dijo este anciano guerrero, la he estado considerando, y no la conozco. Paréceme que es un perro, y esto traen los de Úbeda y Baeza en su enseña. Si fuese asi, toda Andalucía está movida contra vos, y soy de parecer que os retireis.”

El conde de Cabra, al bajar de una loma para acercarse al enemigo, se halló en un terreno mas bajo que los moros; por lo que hizo un movimiento retrogrado con intento de mejorar de posicion. Entendieron los moros que los cristianos reusaban la batalla, y se arrojaron impetuosamente á la pelea; pero el Conde, que ya tenia la ventaja del terreno, los recibió con tanta firmeza, que los hizo detenerse y aun retroceder. En seguida, viendo á los moros revueltos é indecisos, bajó de la altura en que se hallaba, y apellidando Santiago, los cargó con tal furia, que los puso en confusion, y empezaron los moros á huir. Boabdil hizo los mayores esfuerzos para ordenarlos: “Deteneos, les decia, deteneos: no huyais: á lo menos sepamos de quien huis.” Los caballeros granadinos, sintiendo esta reconvencion, volvieron por su honor, y por un rato hicieron rostro al enemigo con el valor á que obliga la presencia del Soberano. En este punto llegó Lorenzo de Porres, alcaide de Luque, que asomó por un encinar con cincuenta caballos y ciento y cincuenta infantes, sonando una trompeta italiana. Apenas sus acentos hirieron el fino oido de Aliatar, cuando volviéndose al Rey, dijo: “Señor, esta trompeta es italiana: sin duda se ha revuelto todo el mundo contra vos.” Á la trompeta de Porres respondió la del conde de Cabra en otra direccion, haciendo creer á los moros que se hallaban entre dos ejércitos. Saliendo Porres del encinar, acometió por aquella parte. Los moros, amedrentados y confusos por la diversidad de las alarmas, no se detuvieron á averiguar la fuerza de este nuevo contrario; y viéndose acometidos por partes opuestas, sin poder reconocer el número del enemigo, por la espesura de la niebla, dieron las espaldas, y se retiraron poco menos que huyendo.

Siguieron los nuestros el alcance por espacio de tres leguas, peleando y escaramuzando con ellos hasta llegar al arroyo de Martin Gonzalez, que á la sazon llevaba mucha agua por las lluvias recientes. Aqui se detuvo el Rey, y poniéndose al frente de un escuadron de caballería, determinó hacer rostro al enemigo hasta que las tropas y el bagage pasasen el arroyo. Pero en este lance peligroso, solo se mantuvieron á su lado algunos pocos, los mas leales y valientes de su guardia: la infantería, en cuanto pasó el vado, se entregó á una fuga desordenada: otro tanto hizo la mayor parte de la caballería, sin que bastasen para detenerlos las exhortaciones del Rey, ni el ejemplo del pequeño escuadron que amparaba su persona. Estos pocos caballeros, que eran la flor de la nobleza granadina, sostuvieron el choque de los cristianos, y peleando con resolucion desesperada, sin querer rendirse ni pedir cuartel, protegieron la retirada de su Rey.

Boabdil, forzado á huir, se metió en una espesura que habia orillas del arroyo, que estaba guarnecido de fresnos, sauces y tamariscos. Desde alli, volviendo atrás los ojos, vió el campo cubierto de muertos y moribundos, y que arrollados los pocos que quedaban de sus fieles defensores, perecian en el arroyo, donde los alcanzaba el furor de los cristianos. Apeándose entonces de su caballo, cuyo color y ricos jaeces pudieran dar á conocer el dueño, procuró el Rey ocultarse entre aquellos arbustos; pero un soldado de Lucena, llamado Martin Hurtado, le descubrió y acometió con una pica para prenderle. Defendióse el Rey con su alfange; pero viendo venir contra él otros dos soldados, se hizo atrás algunos pasos, ofreciendo un rescate generoso si le dejaban: entonces uno de los tres se adelanta para asirle, y Boabdil de una cuchillada le hiende la cabeza hasta los hombros. Llegando á este tiempo el alcaide de los Donceles, le dijeron los soldados: “Señor, aqui tenemos preso á un moro que parece hombre principal y de rescate.” “¡Miserables! exclamó el Rey, vosotros no me habeis prendido: á este caballero me entrego.” Don Diego, al hacerse cargo de su prisionero, le trató con mucha cortesía y respeto, pues veia que era persona de calidad; pero Boabdil, ocultando su gerarquía, se dió á conocer como hijo de Aben Aleyzer[23], un caballero de la casa real.

Entregó don Diego su prisionero á cinco soldados, para que le condujesen al castillo de Lucena, y pasó adelante para reunirse con el conde de Cabra, que seguia el alcance de los moros. Llegando al arroyo de Riancal, alcanzó á su tio, que aun perseguia al enemigo, sin hacer reflexion sobre el riesgo que corria de que los moros volviendo del terror pánico que les habia cegado, reconociesen el corto número de sus vencedores, y atacándoles los destruyesen.

Siguió el ejército moro retirándose por un valle que, atravesando las montañas de Algarinejo, conduce á Loja. Á cada paso le salia al encuentro algun nuevo enemigo; pues alarmado el pais por los fuegos de la noche anterior, habian corrido á las armas todos los pueblos y lugares en contorno. Perseguido por retaguardia y acometido por los costados, el fiero Aliatar, como lobo acosado por los pastores, se volvia de cuando en cuando contra los cristianos, pero sin atreverse á suspender la marcha de sus tropas.

Con la noticia de este suceso, don Alonso de Aguilar, que se hallaba en Antequera con algunos de los caballeros que habian escapado de la matanza de los montes de Málaga, salió en busca de los moros, capitaneando un escuadron de solo cuarenta ginetes, pero caballeros todos de un valor acreditado, y que no respiraban sino venganza contra los infieles. Llegando á las orillas del Jenil, por la parte donde empieza á regar las llanuras de Córdoba, alcanzaron al ejército moro, ocupado en vadear el rio, que á la sazon venia muy crecido por las lluvias recientes. Apenas el pequeño escuadron de don Alonso avistó al enemigo, se arrojaron furiosos al combate, diciéndose unos á otros: “acordaos de los montes de Málaga.” La carga fue terrible, pero la sostuvo con firmeza la caballería de Aliatar que cubria la retirada del ejército. Siguióse á las márgenes del rio una lucha sangrienta y porfiada, peleando moros y cristianos mano á mano y cuerpo á cuerpo; unas veces en tierra y otras en el agua: muchos fueron lanceados en la orilla, otros se arrojaron al rio, y hundiéndose con el peso de las armas, se ahogaron: algunos asidos unos á otros, caian de sus caballos, sin dejar de luchar aun en medio de las ondas, y se veian rodar por el arroyo abajo turbantes y yelmos juntamente. Los moros eran muy superiores en el número, pero iban desmayados por la derrota que acababan de sufrir, al paso que animaba á los cristianos un ardor que rayaba en desesperacion.

Solo Aliatar, en medio de este revés, conservaba su energía característica. Indignado por la fuga ignominiosa de su ejército, por la pérdida del Rey y por el estrago que este puñado de valientes hacia en sus tropas, corrió contra don Alonso de Aguilar, cuyo fulminante acero difundia por do quiera el terror y la muerte. Lo halló vuelto de espaldas, y juntando el moro todas sus fuerzas, le arrojó su lanza para atravesarle, pero no la dirigió en esta ocasion con el tino que acostumbraba: el golpe arrancó á don Alonso parte del coselete sin hacerle herida. Entonces echando mano al alfange, se arrojó sobre don Alonso; pero éste, que ya estaba alerta, paró el golpe y cerrando con él, le fue echando hasta el borde del agua, donde el uno al otro procuraron sumergirse, acuchillándose sin cesar. Aliatar habia recibido ya varias heridas, y don Alonso compadeciendo su edad, queria perdonarle la vida, y le intimó que se rindiese. “¡Á un perro cristiano!, exclamó Aliatar, ¡jamas!” Apenas acabó de pronunciar estas palabras, cuando un golpe de la espada de don Alonso, le partió el turbante y la cabeza al mismo tiempo. Cayó Aliatar muerto sin proferir un ay, y su cuerpo fue á parar al Jenil, donde nunca se pudo hallar ni reconocer[24]. Asi murió Aliatar, que por tanto tiempo habia sido el terror de la Andalucía: toda su vida la pasó en hostilizar á los cristianos, dando pruebas del odio que les tenia hasta morir.