Con la muerte de Aliatar cesó toda resistencia por parte de la caballería: revueltos caballos y peones se apresuraron á pasar el vado, y atropellándose unos á otros, fueron muchos los que perecieron en el agua. Don Alonso y sus compañeros les siguieron el alcance hostigándolos hasta la frontera; y cada golpe que descargaban en ellos, les parecia disminuir la gravedad de la humillacion y afrenta que pesaba sobre sus corazones.

En esta derrota tan señalada, perdieron los moros mas de cinco mil hombres entre muertos y prisioneros, de los cuales muchos eran de las casas mas ilustres de Granada. Á esta batalla la llaman algunos la batalla de Lucena, y otros la del Rey moro, por la captura de Boabdil. Cayeron en poder de los cristianos veinte y dos estandartes, que se colocaron en la iglesia de Baena, donde quedan (dice un coronista de época posterior) hasta el presente; y todos los años, el dia de san Jorge, se llevan en procesion para celebrar tan gloriosa victoria.

Grande fue el triunfo del conde de Cabra cuando, al volver de perseguir los moros, halló al Rey Boabdil prisionero en su poder. Pero cuando trajeron el real cautivo á su presencia, y vió tan infeliz y abatido al mismo que poco antes habia ocupado un trono, el generoso corazon del Conde se sintió tocado de simpatía. Como cristiano y cortés caballero, procuró consolarle, y le dijo: que la misma mutabilidad de las cosas humanas que le habia reducido á su estado actual, podria restituirle á su anterior prosperidad, que en este mundo no hay nada permanente, y que hasta el dolor mas grande tiene un término señalado. Suavizando asi con palabras consoladoras la pena del Rey de Granada, y guardándole toda la consideracion y respeto que inspiraban su dignidad é infortunio, le condujo el Conde prisionero á su castillo de Baena.

CAPÍTULO XIII.

Lamentaciones de los moros por la batalla de Lucena.

Estaban los centinelas de Loja observando, desde las torres de la ciudad, el valle que separa las montañas de Algarinejo, y recorrian con la vista las verdes márgenes del Jenil, con la esperanza de descubrir el victorioso pendon de Aliatar, su ídolo guerrero, y de anunciar el triunfante regreso de su Monarca, cuando en la tarde del 21 de abril, vieron un solo ginete, que venia por la ribera del rio fatigando los hijares de su cansado caballo. Ya desde lejos indicaba el brillo de sus armas que era un guerrero, y estando cerca, conocieron por la riqueza de su armadura, y por los jaeces del caballo, que era un guerrero distinguido.