Entró en Loja desfallecido y consternado; y el caballo cubierto de polvo y de sudor, jadeando de fatiga y enrojecido por la sangre que manaban sus heridas, despues de haber sacado á su dueño del peligro, cayó rendido y espiró en la puerta de la ciudad. Los soldados que estaban en la puerta se apiñaron en torno del caballero, que contemplaba silencioso y triste las agonías de su moribundo caballo, y vieron que era el bizarro Cidi Caleb, sobrino del alfaquí principal del Albaicin de Granada. Los moradores de Loja, viendo á tan principal caballero tan solo, tan abatido y demudado, se abandonaron á los mas tristes recelos y sospechas.
“Caballero, le dijeron, ¿do el Rey y el ejército?” Y él señalando tristemente la tierra de los cristianos, respondió: “¡allá quedan, que el cielo cayó sobre ellos, y todos son perdidos ó muertos!”[25]
Entonces prorrumpieron todos en exclamaciones de dolor, y fue excesivo el llanto de las mugeres, pues la flor de la juventud de Loja habia salido con el ejército. Estaba en la puerta apoyado en su lanza, un soldado viejo cubierto de cicatrices: “¿Qué es de Aliatar? preguntó ansiosamente: viviendo él no está perdido el ejército.” “Yo le ví caer, dijo Cidi Caleb, hendido el turbante por la espada del cristiano.” Al oir el soldado estas palabras, se golpeó el pecho, y se echó polvo en la cabeza, pues era uno de los secuaces mas antiguos de Aliatar.
El noble Cidi Caleb, sin detenerse á tomar descanso, montó otro caballo, y se apresuró á llevar á Granada tan infáustas nuevas. En su tránsito por los pueblos, cundió mas y mas la consternacion, pues lo mejor de sus moradores habia ido á la guerra con el Rey. Cuando, al llegar á Granada, anunció la pérdida del Rey y del ejército, una voz de horror se difundió por toda la ciudad. Cada uno ponderaba la parte que le habia tocado en tan general calamidad: rodearon las gentes al mensagero de tan fatal anuncio, y el uno le preguntaba por su padre, el otro por su hermano, algunas por sus amantes, y muchas madres preguntaron por sus hijos. Las respuestas de Caleb no referian mas que muertes ó heridas: á este le decia “ví como á tu padre le atravesaron de una lanzada, estando defendiendo la persona del Rey:” á aquel, “tu hermano cayó herido entre los pies de los caballos, pero no hubo lugar de socorrerle, pues ya teniamos encima la caballería de los cristianos.” Á alguna dijo: “ví el caballo de tu amante, cubierto de sangre y corriendo por el campo sin su ginete:” á otra, “tu hijo peleó á mi lado en las orillas del Jenil: acosados por el enemigo nos arrojamos al agua, y en medio de la corriente le oí invocar á Alá; llegué á la orilla opuesta, y no le volví mas á ver.”
Dejando á todos en el mayor desconsuelo, pasó Cidi Caleb adelante, y entrando á galope por la frondosa alameda que conduce á la Alhambra, se apeó en la puerta de la justicia. Aixa, la madre de Boabdil, y Moraima, su tierna y amante esposa, estaban esperando ya con ansia la noticia de su victorioso regreso. ¿Qué palabras bastarán para pintar su afliccion, al oir la dolorosa narracion de Cidi Caleb? La sultana Aixa, transida de dolor, apenas habló palabra: de cuando en cuando lanzaba un profundo suspiro; pero alzando los ojos al cielo, decia: “es la voluntad de Alá;” y procuraba reprimir las mortales angustias que agitaban su corazon maternal. No asi la sensible Moraima, que arrebatada de un acceso de dolor, se arrojó en el suelo, lamentando á voces la pérdida de su padre y de su marido. Su madre, la sultana, animada de un espíritu mas elevado, le reprendió esta debilidad. “Hija mia, le dijo, modera esos extremos; considera que la magnanimidad debe ser el atributo de los príncipes, y que no les es permitido publicar con clamores las penas que padecen, á par de ánimos comunes y vulgares.” Pero Moraima, como débil y tierna muger, solo sabia sentir y llorar. Encerrada en su aposento, contemplaba desde un mirador la florida vega y el plácido Jenil, y el camino que conduce á Loja; objetos que todos le recordaban las causas de su afliccion. “¡Ah, padre mio! decia entre lágrimas y suspiros, ¡alli veo correr tan risueño ese rio cuyas aguas cubren tus desfigurados restos! ¿Quién será el que en tierra de cristianos los recoja, y les dé honrosa sepultura? ¡Y tu, Boabdil! ¡luz de mis ojos, gloria de mi corazon, vida de mi vida, en mal dia y en mal hora te alejaste de estos muros!, el camino por do fuiste queda solitario, y nunca mas se regocijará con tu vuelta, la montaña que pasaste yace como una nube en el horizonte, y mas allá todo es oscuridad.”
Convocóse á los músicos de palacio, para que procurasen con su arte embelesador calmar el sentimiento de la Reina, y entonaron cantares alegres al compás de sus instrumentos; pero muy pronto prevaleció la angustia de sus corazones, convirtiendo los cánticos en lamentaciones.
“¡Bellísima Granada! decian, tu gloria está marchita: ya no suena en la Bivarrambla el pisar de los caballos, ni el sonido de la trompeta; ya no se junta alli tu juventud lozana, para manifestar sus brios en las cañas y torneos. ¡Ah!, ¡la flor de tu caballería queda postrada en tierra extraña!, ya no se oyen en tus silenciosas calles los dulces acentos del laud, ni los del rabel en la pastoril cabaña, ni la graciosa zambra alegra los estrados. ¡Deliciosa Alhambra!, ¡cuán triste y solitaria quedas! en vano el azahar y el mirto espiran sus olores en tus dorados aposentos; en vano el ruiseñor canta en tus florestas; en vano es el murmullo arrullador de las claras fuentes que refrescan tus marmóreos salones, pues ya no resplandece en ellos el rostro de tu Rey, y la luz que te iluminaba se extinguió para siempre.”
Tales fueron, dice un coronista árabe, los lamentos que se oian en Granada: desde el palacio hasta la choza, todo era duelo y llanto; y todos, con igual sentimiento, deploraban á su jóven Monarca, atajado asi en la flor de su edad y en los principios de su carrera. Algunos se temian que iba á cumplirse la prediccion del astrólogo, y que á la caida de Boabdil, (á quien creian muerto) seguiria la perdicion del reino.