CAPÍTULO XVI.
Boabdil vuelve de su cautiverio.
Por el mes de agosto llegó á Córdoba con una comitiva espléndida un noble moro Abencerrage, que traia al hijo de Boabdil y á otros jóvenes de la primera nobleza de Granada, que habian de quedar en rehenes hasta el cumplimiento de las condiciones del rescate. Viendo el rey moro á su hijo único á quien dejaba como cautivo en tierra estraña, se enterneció, y estrechándolo entre sus brazos, dijo: “En hora menguada nací, y bajo infausta estrella: con razon me llaman el Zogoibi, ó el desgraciado, pues los males que mi padre me acarrea, esos mismos ocasiono yo á mi hijo.” Pero sirvió de mucho consuelo al afligido Boabdil la piedad que usaron los reyes católicos con el jóven príncipe, pues entregándolo al buen alcaide, Martin de Alarcon, dieron á éste las mas estrechas órdenes para que le sirviese atento y obsequioso, y le guardase todas las consideraciones debidas á sus tiernos años y distinguido nacimiento.
El dia 2 de setiembre se presentó á las puertas de la mansion de Boabdil una guardia de honor para escoltarlo hasta la frontera de su reino. Al separarse de su hijo, volvió el Rey á abrazarlo, pero sin pronunciar palabra, por no descubrir la agitacion de su espíritu. Montó á caballo, y sin volver atrás el rostro, se apresuró á partir, temiendo manifestar por entre la estudiada serenidad de Rey la debilidad de un tierno padre.
Salió Boabdil de Córdoba acompañándole el Rey hasta corta distancia, donde se separaron, partiendo éste para Guadalupe, y aquel para Granada. En su tránsito por los pueblos, se le hicieron los honores correspondientes á una persona real, escoltándole los adelantados de las Andalucías y generales de la frontera, hasta dejarle en sus dominios. Saliendo entonces á recibirle los caballeros principales de su corte, enviados secretamente por la sultana Aixa, para conducirlo á Granada, se halló otra vez el Rey chico en su propio territorio, rodeado de guerreros musulmanes, y bajo la salvaguardia de su mismo real estandarte. Con tan feliz suceso se ensanchó el corazon oprimido de Boabdil, que ya empezaba á dudar de las predicciones de los astrólogos. Pero fue de poca duracion su regocijo: en el corto número de leales caballeros que habian salido á recibirle, echaba de menos el príncipe á muchos de sus mas obsequiosos servidores: bien pronto notó una gran mudanza en los ánimos de sus vasallos: su padre representando el concierto ajustado en Porcuna como una traicion á la pátria y á la religion, habia logrado desconceptuarle con el pueblo: muchos de los nobles que estaban á su devocion, persuadidos que Boabdil trababa de imponerles el yugo de los cristianos, habian vuelto á reconocer á su padre, y casi todos los pueblos se habian apartado de su obediencia: de suerte que la sultana Aixa y su partido apenas se podian mantener en las torres de la Alcazaba.
Tal fue la triste relacion que hicieron á Boabdil sus cortesanos del estado de sus intereses. Tambien le manifestaron que su regreso á Granada, para reunirse con aquella pequeña corte que aun le reconocia, era una empresa de mucha dificultad y peligro, por la vigilancia con que el viejo Aben Hazen guardaba las puertas y murallas de la ciudad.
Llegó Boabdil á su capital de noche, y acercándose cautelosamente á los muros, logró apoderarse de un postigo del arrabal del Albaicin, cuyos moradores siempre le habian sido favorables. Pasó con rapidez aquellas calles, y llegó sin oposicion al castillo de la Alcazaba, donde le recibieron en sus brazos la heróica Aixa su madre, y Moraima su esposa predilecta. Ésta, en medio de su regocijo por la vuelta de su marido, no pudo contener las lágrimas al recordar la muerte del anciano Aliatar, su padre, y la ausencia de su hijo, que quedaba con los cristianos en rehenes. Aun á Boabdil, humillado por las desgracias y por las mudanzas que notaba, se le humedecieron los ojos; pero su madre le inspiró otro ánimo y otros pensamientos. “No es ocasion esta, dijo, de lágrimas y ternezas: ya solo el cetro y el trono han de ser el objeto de tus cuidados. Bien hiciste, hijo mio, de volver con resolucion á tu capital; pero piensa que de tí solo depende el permanecer en ella como soberano ó como cautivo.”
El Rey viejo Aben Hazen, recogido en una de las torres mas fuertes de la Alhambra, apenas se habia entregado al descanso de su lecho, cuando oyó confusamente un mormullo que se levantaba en el cuartel del Albaicin, que está á la parte opuesta del valle que atraviesa el Darro. Poco despues llegaron sin aliento á las puertas de palacio algunos mensageros, esparciendo la alarma de que Boabdil habia entrado en la ciudad, y se habia apoderado de la Alcazaba. En el primer arrebato de ira estuvo en poco que Aben Hazen postrase á sus pies al portador de esta nueva. Convocó inmediatamente á sus consejeros y capitanes, y exhortándoles á la fidelidad en tan crítico momento, mandó prevenir lo necesario para que á la mañana siguiente se entrase por fuerza de armas en el Albaicin.
Entre tanto la sultana Aixa tomó las medidas mas prontas y vigorosas para fortalecer su partido. Se proclamó á Boabdil por las calles del Albaicin, se distribuyeron entre el pueblo cuantiosas sumas de dinero, y á los nobles se prodigaron promesas de honores para cuando el Rey chico estuviese afirmado sobre el trono de Granada. Estas disposiciones tan acertadas hicieron el efecto que era consiguiente, y al amanecer ya estaba todo el Albaicin sobre las armas.