Siguióse en Granada un dia de luto y sangre: todo era horror y tumulto: las cajas y trompetas resonaban por todas partes: se suspendieron los negocios, cerráronse las puertas de las casas, y veíanse discurrir por las calles cuadrillas de gente armada, aclamando unos á Boabdil, otros á Aben Hazen. Donde quiera que éstas se encontraban, se batian furiosamente, y cada plaza era un campo de batalla. Las tropas del Rey viejo, entre las cuales habia muchos caballeros de gran valor y orgullo, consiguieron echar de las plazas al populacho, que favorecia á Boabdil: pero éste, barreando las calles, y fortificándose en las casas, peleó desesperadamente desde las ventanas y azoteas. Mas de un guerrero de la mejor sangre de Granada pereció en esta refriega civil con armas villanas y á manos de plebeyos.
Tan violenta convulsion en el centro de una ciudad, no podia ser muy duradera. Por intercesion de los alfaquís se efectuó un armisticio, y Boabdil, fiando poco del inconstante favor del pueblo, se allanó á dejar una capital en que su autoridad, siempre precaria, solo podria conservarse á fuerza de sangre y de una lucha continuada. Pasando á Almería, estableció su corte en aquella ciudad, que estaba enteramente á su devocion, y que por su riqueza é importancia rivalizaba con Granada. Pero este pacto, en que se renunciaba á la grandeza en obsequio de la tranquilidad, fue del todo opuesto á los consejos de la sultana Aixa; porque para ella no habia mas dueño legítimo de aquellos dominios que el que residia en Granada, y dijo, con una sonrisa desdeñosa, que no era digno de llamarse Monarca el que no era dueño de su capital.
CAPÍTULO XVII.
Salida de los moros de Ronda para correr los campos de Utrera, y batalla del Lopera.
Aunque Muley Aben Hazen, quedaba ya mandando en Granada sin rival, apoyándole los alfaquís, que habian denunciado á Boabdil como apóstata, y desgraciado por destino, todavia la inconstancia de aquel pueblo turbulento, y el número de partidarios que en las clases inferiores conservaba su hijo, le inspiraban las mas vivas inquietudes. “¡Alá achbar! exclamó Muley, ¡Dios es grande! pero una incursion feliz en tierras de cristianos, ha de efectuar mas en mi servicio que mil textos del Koran, comentados por diez mil alfaquís.”
Estando á la sazon el Rey Fernando ausente de Andalucía, y ocupado con muchas de sus tropas en una expedicion distante, juzgó Muley Aben Hazen ser esta la ocasion mas favorable para una correría. Dudoso estuvo el Rey al nombrar un general que la dirigiese. Aliatar, aquel rayo de la guerra, ya no existia; pero quedaba otro general de no menos valor y fortuna, y éste era el veterano y sagaz Bejir, alcaide de Málaga. El espíritu que animaba á las gentes de su mando favorecia sobremanera el éxito de la expedicion que se meditaba. Ufanos por la derrota del ejército cristiano en las sierras de la Ajarquía, habian llegado á persuadirse que nada podia resistir á su valor. Muchos de ellos montaban los caballos y llevaban las armas de los caballeros andaluces que perecieron en aquella jornada desastrosa, y ensoberbecidos con esta decantada victoria, ardian en deseos de salir al campo para cobrar nuevos laureles.