Apenas recibió las órdenes del Rey para entrar á sangre y fuego hasta el centro de Andalucía, se dispuso el viejo Bejir á cumplirlas, convocando á los alcaides de la frontera y á los guerreros de mas fama para que se le reuniesen con sus tropas en la ciudad de Ronda, fronteriza del territorio cristiano.

Ronda, situada en medio de la serranía del mismo nombre, se eleva sobre un peñasco casi aislado, al cual rodea un hondo valle ó barranco, por donde corren las aguas cristalinas del Rioverde. Los moros de esta ciudad eran los mas activos, robustos y guerreros de aquellas montañas: tan diestros en el uso de las armas, que hasta los niños disparaban la ballesta con asombroso acierto: adictos á la rapiña, no cesaban de hacer daño en las fértiles campiñas de Andalucía: sus casas estaban llenas de despojos cristianos, y no pocos cautivos suspiraban en sus profundas mazmorras.

El gobernador de esta ciudad guerrera era Hamet el Zeli, llamado asimismo el Zegrí. Era de la famosa tribu de este nombre, y el mas altivo y valiente de su linage. Ademas de la guarnicion de Ronda, tenia á su servicio particular una legion de moros Gomeles, naturales del África, gente mercenaria, feroz y sin mas ocupacion que la guerra. Bien equipados, y montados en los ligeros y briosos caballos que se crian en los pastos de Ronda, era la caballería de los Gomeles la mejor y mas acreditada entre los moros. Rápidos en sus movimientos, fieros al embestir, bajaban de las montañas á la llanura como huracan impetuoso, retirándose con igual presteza sin dar lugar á la persecucion.

Al llamamiento del Bejir acudieron con prontitud y gusto los moros de aquella comarca, juntándose dentro de Ronda en número de mil quinientos caballos y cuatro mil infantes. Los habitantes de la plaza se regocijaban con anticipacion por los despojos que en breve habian de acumularse dentro de sus muros. Á todos tenia ocupados el afan de participar del fruto de aquella empresa. El estruendo de los tambores y trompetas resonaba en las calles y plazas; y hasta los caballos, con relinchos y patadas, manifestaban, al parecer, su impaciencia por salir al campo; al paso que los cautivos cristianos, sintiendo desde el fondo de sus lóbregos calabozos el rumor de las prevenciones con que se amenazaba á su pátria, suspiraban y se afligian.

Salieron de Ronda aquellos moros animándose mútuamente con las mas lisonjeras esperanzas, engalanados muchos de ellos con armaduras espléndidas, ganadas á los cristianos en el reciente destrozo tan señalado, y montados en los caballos que tomaron entonces á los caballeros de Andalucía. El cauto Bejir concertó sus planes con tal secreto y prontitud, que los pueblos de la frontera cristiana ninguna sospecha tuvieron de la tempestad que se iba aglomerando contra ellos mas allá de las montañas. La dilatada serranía de Ronda, interpuesta como una pantalla, ocultaba los movimientos del enemigo. Siguió el ejército su marcha con la rapidez que permitia la naturaleza del pais, guiándole Hamet el Zegrí, que tenia bien conocidos todos los pasos y salidas de aquellas montañas. Ni golpe de tambor, ni sonido de trompeta se permitió alterase el silencio que todos guardaban; y aquella masa armada fue avanzando poco á poco, como nube que congregándose en la cumbre de una montaña, va á estallar sobre la llanura.

En vano el general mas prevenido se cree seguro de ser descubierto; y que las peñas tienen oidos, y los árboles tienen ojos, y los pájaros lengua, para descubrir los proyectos mas secretos. Andaban á la sazon discurriendo por aquellos montes seis cristianos Almogávares, especie de guerrilleros, que se empleaban en asaltar á los moros, haciéndolos prisioneros, y robando sus ganados. Puestos en acecho sobre la cumbre de un cerro, esperaban estos seis, como aves de rapiña, se les presentase en la llanura algun objeto en que saciar su codicia, cuando vieron desembocar por un valle al ejército moro. Al abrigo de aquellas espesuras, estuvieron observando con silencio el número y fuerzas del enemigo, las banderas de los diferentes pueblos y capitanes, y la direccion que al parecer llevaban en su marcha. Separándose entonces, partieron cada uno por camino diferente, para dar la alarma, y avisar á los comandantes de la frontera. Unos fueron á Écija, donde mandaba don Luis Portocarrero, á quien anunciaron esta entrada de los moros, y otros dieron aviso de ella en Utrera, alarmando los pueblos de aquella comarca.

Portocarrero, con la actividad y energía que le caracterizaban, despachó correos á los alcaides de las fortalezas del contorno, á Hernan Carrillo, que mandaba algunas gentes de las hermandades, y á ciertos caballeros de la órden de Alcántara. Reuniendo las tropas de su capitanía y los dependientes de su casa, fue Portocarrero el primero que salió al encuentro de los moros. La fuerza que llevaba era harto escasa; pero todos iban bien apercibidos y perfectamente montados: estaban hechos á aquellos rebatos, y eran hombres para quienes bastaba la voz de “¡al arma! ¡á caballo! y ¡al campo!” para despertar su espíritu guerrero, y animarlos á cualquiera empresa.

La noticia de esta entrada llegó tambien á Jerez, donde la recibió el marqués de Cádiz. Avisado este valeroso caudillo que el moro habia pasado la frontera, llevando delante el estandarte de Málaga, se llenó de gozo por la ocasion que se le presentaba de vengar en los autores de la cruel matanza de la Ajarquía la muerte de sus hermanos, acaecida en aquella ocasion calamitosa. Juntando pues apresuradamente sus vasallos y las gentes de Jerez, partió, respirando venganza, con trescientos caballos y doscientos infantes.

El veterano Bejir, habiendo atravesado las sierras de Ronda sin que se hubiese notado su marcha, segun él se persuadia, empezaba á bajar á las llanuras de Utrera. La vista de esta feraz campiña despertó la codicia de aquellos feroces Gomeles, y aun sus caballos, empinando las orejas y olfateando el aire, parecian reconocer el teatro de sus frecuentes correrías.

Al salir de los montes, dividió el Bejir sus tropas en tres partes: una, compuesta de peones y de la gente mas flaca, quedó á la entrada de la sierra, para guardar el paso; otra se puso en emboscada entre los árboles y matas del rio Lopera; y los demas fueron enviados delante para correr los campos y robar la tierra. Esta última fuerza se componia principalmente de la caballería ligera de los fogosos Gomeles de Ronda, capitaneados por el intrépido alcaide Hamet el Zegrí, siempre el primero en semejantes ocasiones.