No sospechando que la tierra estaba alerta y en movimiento para venir á su encuentro, se lanzaron estos africanos por aquellos campos hasta llegar á dos leguas de Utrera. Aqui se desparramaron por la llanura, cercando los ganados, y reuniendo los rebaños en grandes manadas, para llevarlos á la montaña. Estando asi dispersados, salieron de Utrera, y dieron de improviso sobre ellos, un escuadron de caballos y un cuerpo de infantería. Los Gomeles, formándose en pelotones, procuraron defenderse; pero les faltaba su capitan Hamet el Zegrí, que andaba, como azor, buscando presa por aquellos contornos. No pudiendo resistir aquel ímpetu, cedieron y huyeron á la emboscada que estaba en las orillas del Lopera. Al llegar al rio salieron los moros que estaban en la celada, y volviendo al mismo tiempo el rostro los fugitivos, embistieron todos juntos á los cristianos. Éstos, aunque muy inferiores en el número, sostuvieron el choque con firmeza. Quebradas las lanzas al primer encuentro, echaron mano los unos á las espadas, los otros á los alfanges, y revueltos entre sí pelearon con furor. Hamet, abandonando la presa que traia, corrió con algunos de sus Gomeles al combate; pero en aquel punto sonaron trompetas en otra direccion, y Portocarrero y sus gentes entrando á galope en el campo cargaron al enemigo por el flanco.
Los moros, aunque aturdidos por un asalto tan repentino en parte donde pensaban no habia guardia ni defensa, pelearon un rato con desesperacion, y resistieron con valor una carga impetuosa que les hicieron los caballeros de Alcántara en union con los hombres de armas de la santa hermandad. Al fin, derribado de su caballo el valiente Bejir, y hecho prisionero, perdieron el ánimo sus tropas, y se entregaron á la fuga. Al huir, dividieron su fuerza, y tomaron dos caminos para mejor salvarse. Portocarrero les siguió el alcance por una parte causándoles mucha pérdida. Esta accion tuvo lugar en las orillas del Lopera, junto á una fuente llamada de la higuera. Fueron muertos seiscientos caballeros moros, y muchos mas quedaron prisioneros. Los despojos fueron de mucha consideracion, y con ellos volvieron los cristianos á sus casas en triunfo.
El cuerpo mayor del ejército enemigo se retiró por la ribera del Guadalete en número de mil caballos y una multitud informe de infantería. Á poco que anduvieron les salió al encuentro el marqués de Cádiz con las gentes de su casa y los caballeros de Jerez. Estando ya sobre el enemigo, vieron los cristianos á muchos de los moros ataviados con las armas de los caballeros que habian perecido en los montes de Málaga, y aun con las suyas propias que en la misma ocasion les fue forzoso arrojar para salvarse. Enfurecidos con semejante afrenta, se lanzaron contra los moros no ya con el ardimiento de guerreros, sino con la ferocidad de tigres. Á todos animaba un mismo espíritu, y un deseo igual de lavar aquella mancha en la sangre del enemigo. El buen marqués de Cádiz, á la vista de un poderoso moro montado en el mismo caballo de su hermano Beltran, dió un grito de dolor y rabia, y acometiéndole con furia irresistible, le derribó del caballo, y dió con él muerto en el suelo. En breve tuvieron los moros que ceder al valor frenético de sus contrarios, poniéndose en huida con direccion al desfiladero guardado por la primera batalla que habia quedado en la sierra. Éstos, como viesen á los suyos entrar huyendo por aquel estrecho, perseguidos por los cristianos, creyeron tener encima á toda la Andalucía y participando en su terror siguieron su ejemplo.
Las tropas del Marqués, habiéndolos perseguido alguna distancia por aquellos montes, volvieron á las márgenes del Guadalete. Aqui se detuvieron para descansar y hacer la particion de los despojos. Entre estos se hallaron muchos ricos coseletes, yelmos y armas: trofeos ganados por los moros en la derrota de los montes de Málaga. Muchos fueron reclamados por sus dueños, otros fueron conocidos como pertenecientes á caballeros que perecieron en aquella jornada. Hubo tambien caballos ricamente enjaezados, perdidos en la misma ocasion por los guerreros de Antequera[26]. Asi es que el júbilo de los vencedores se templó con el triste recuerdo de sus desgraciados compañeros de armas.
Estaba el buen marqués de Cádiz descansando á la sombra de un árbol, orillas del rio, cuando le trajeron el caballo que habia sido de su hermano Beltran. Apoyándose sobre el cuello del hermoso bruto, miró el Marqués tristemente aquella silla do nunca mas se sentaria su noble dueño. Una congoja mortal agitaba su espíritu, y ocultando el rostro en la frondosa crin del caballo, exclamó: “¡Ay, hermano mio!” sin pronunciar mas palabra: tan expresivo es, con ser tan callado, el sentimiento de un guerrero. Tendiendo luego la vista por el campo, y viéndolo cubierto de moros muertos, se consoló en medio de la amargura de su dolor, con la consideracion de que su hermano no habia quedado sin venganza.