Las desgracias y reveses sufridos últimamente por los moros, habian herido el amor propio de la nacion: en Almería se indignaban de la inaccion de Boabdil, y de los tratos que traia con el enemigo; al paso que en Granada se fomentaban mañosamente estos mismos sentimientos por los agentes de Audalla. Poco á poco lograron malquistarle con el pueblo y con la tropa, y formaron una tenebrosa conjuracion para su ruina. En febrero de 1485, se presentó el Zagal delante de Almería á la cabeza de un escuadron de caballos. Las puertas le fueron inmediatamente abiertas por los conjurados, y entrando con su gente, corrió el Zagal á la ciudadela, donde fue recibido con aclamaciones por la guarnicion, que mató al alcaide. Pasando en seguida al Alcázar, recorrió todos sus aposentos en busca de Boabdil: en uno de ellos halló á la sultana Aixa, con el jóven Aben Ahagete, hermano menor del Rey, y algunas personas de su servidumbre. “¿Dónde está el traidor Boabdil?” exclamó el Zagal. “El traidor y el pérfido lo eres tú, le replicó la intrépida Sultana, y mi hijo á esta hora confio estará en parte segura, para vengarse algun dia de tu traicion.” La rabia del Zagal, cuando supo que se le habia escapado su víctima, llegó al último extremo. En su furor mató al jóven príncipe Aben Ahagete; y sus secuaces, siguiendo este ejemplo, sacrificaron á los demas que se hallaban presentes, escepto á la sultana Aixa, que quedó su prisionera.

Un soldado leal habia prevenido á Boabdil de su peligro, en tiempo para efectuar su fuga. Saltando en un caballo ligero, partió á escape, acompañado de algunos parciales, y en medio de aquella confusion logró salir de la ciudad: ¿pero dónde habia de acudir, si no habia fortaleza ni castillo que no estuviese contra él? ¿de quién se habia de fiar, si ya los moros estaban enseñados á detestarle como traidor y apóstata? En tal estado, no le quedó otra alternativa que la de refugiarse entre los cristianos, sus enemigos naturales, y volviendo pesaroso las riendas á su caballo, dirigió los pasos hácia Córdoba. Hubo de pasar como fugitivo una parte de sus propios dominios, sin hallarse enteramente seguro hasta pasar la frontera, y dejar atrás las altas montañas que eran la barrera natural de su pátria. Entonces fue cuando reconoció toda la humillacion de su estado: un desertor de su trono; un desecho de su nacion; un Rey sin reino. En la agonía de su dolor se dió un golpe en el pecho, y exclamó: “¡en hora fatal nací, y verdad dicen los que me llaman el desventurado!”

Entró en Córdoba con semblante decaido, y acompañado de solo cuarenta de sus partidarios. Los Reyes estaban ausentes; pero los señores de la corte le recibieron con demostraciones afectuosas, y con la generosidad que distingue á las almas nobles y caballerescas.

Entre tanto, el Zagal puso en Almería un nuevo alcaide, para que mandase en nombre de su hermano; y habiendo reforzado la guarnicion, partió para Málaga, donde se esperaba un nuevo ataque de los cristianos. Expulsado de aquellos dominios el Rey chico, y ciego é impedido su padre Aben Hazen, era el Zagal virtualmente el Soberano de Granada. El pueblo, bien hallado con su nuevo ídolo, victoreaba su nombre y fundaba en él las esperanzas de la nacion.

CAPÍTULO XXIV.

Nueva campaña del Rey católico contra los moros, y sitios de Coin y Cartama.