Hizo entonces Hamet encender grandes fuegos en las cumbres de las montañas, y acudieron á su estandarte muchos moros de la Serranía y algunas tropas de Málaga. Con este refuerzo hizo varias tentativas para forzar el Real cristiano y entrar en Ronda; pero fueron inútiles todos sus esfuerzos, y siempre tuvo que recogerse á las asperezas de la sierra con pérdida de muchos de sus soldados mas valientes.
Entre tanto, los apuros de los sitiados crecian de hora en hora. El marqués de Cádiz habia logrado apoderarse de los arrabales, y se hallaba en disposicion de llegar hasta la base misma del escarpado peñon que sostenia aquella fortaleza. Al pié de este precipicio brotaba una fuentecilla, á la cual se bajaba desde la ciudad por una mina cortada en la peña viva. De aqui se surtia de agua el vecindario, empleándose para sacarla, á los cautivos cristianos, cuyos cansados pies tenian casi gastados los escalones de la mina. El marqués de Cádiz, descubriendo este manantial, mandó contraminarlo al través de la roca sólida. Asi lo ejecutaron sus ingenieros, y llegando al caño de la fuente, lo cegaron, quitando á la ciudad este recurso.
Mientras el generoso marqués de Cádiz, animado por la esperanza de sacar de su cautiverio á sus compañeros de armas, estrechaba el sitio con el mayor celo, Hamet el Zegrí, mirando desde las alturas la destruccion de su fortaleza, se golpeaba el pecho, y se abandonaba á los extremos de una furia impotente. Cada tiro de la artillería cristiana parecia herirle en el corazon; de dia estaba viendo caer, una despues de otra, las torres de Ronda, y de noche que ardia la ciudad como un volcan abrasado. “Tiraban, dice un coronista de aquel tiempo, no solo piedras de canto, sino grandes pelotas de hierro, fundidas en moldes, que hacian mucho estrago do quiera que alcanzaban.” Asimismo arrojaban dentro de la ciudad unas pellas de cáñamo, confeccionadas de alquitran y pólvora, las cuales cayendo encendidas sobre las casas, las incendiaban. Grande fue el horror de los naturales de la ciudad: veian arder sus casas, caer las torres, y obstruirse las calles con los escombros y con los cadáveres: en tal confusion y espanto, ni sabian dónde guarecerse, ni cómo defenderse, ni qué consejo tomar. Las mugeres, atemorizadas por el estrago de las balas y la voracidad de las llamas, prorrumpian en gritos dolorosos; y sus lamentos, mezclados con el estruendo de la artillería, se oian á la otra parte de la sierra, donde estaban los moros de Hamet, reducidos á ser espectadores de esta escena.
Perdida toda esperanza de que les viniese socorro de fuera, tuvieron los moros de Ronda que entregarse á partido; y fue bastante favorable el que les concedió Fernando. Conocia el Rey que la plaza aun era capaz de alguna resistencia, y deseaba por otra parte relevar á los suyos del trabajo que tenian peleando con una multitud de moros, que desde las sierras y lugares ásperos los guerreaban sin cesar. Se permitió, pues, á los moradores de Ronda salir con sus efectos para irse á los reinos de África, ó donde quisiesen; y á los que prefirieron permanecer en España, se les señaló tierras donde morar, y se les conservó en el egercicio de su ley.
Verificada la rendicion, se despacharon algunos destacamentos para perseguir á los moros que andaban por aquellas montañas; pero Hamet, viéndolo todo perdido, no quiso esperar una batalla, que precisamente habia de ser infructuosa, y se retiró con sus Gomeles pesaroso é indignado, aunque sin desesperar enteramente de su fortuna.
El primer cuidado del buen marqués de Cádiz, al entrar en Ronda, fue la emancipacion de sus desgraciados compañeros de armas, que gemian en las mazmorras. ¡Qué mudados los halló de lo que eran cuando, llenos de vigor y de confianza, y resplandecientes por el lujo de sus arreos, salieron de Antequera á correr los infaustos montes de Málaga! medio desnudos, aherrojados, y con las barbas hasta la cintura, movian á compasion; y su vista despertó en el ánimo del marqués de Cádiz recuerdos muy amargos. Entre los cautivos habia algunos jóvenes de casas ilustres, que con piedad filial se habian entregado prisioneros en lugar de sus padres. Todos fueron enviados á Córdoba, donde la piadosa Isabel, compadeciendo sus trabajos, les suministró ropas, alimentos y dinero, hasta dejarlos en sus casas. Sus cadenas fueron suspendidas en el exterior de san Juan de los Reyes de Toledo, donde aun se hallan, para que el cristiano viagero pueda regocijarse con su vista. Entre los cautivos moros habia una jóven de extremada hermosura, á quien un jóven español, cautivo en Ronda, supo comunicar á un mismo tiempo los sentimientos del amor mas tierno, y el conocimiento de la verdadera fé. Deseando completar tan buena obra, la pidió por esposa á la Reina, que se la concedió gustosa, haciéndola bautizar y colmando á entrambos de mercedes.
Asi quedó sujeta á los Soberanos de Castilla la fortaleza de Ronda, tenida por inexpugnable, asilo de los guerreros mas atrevidos de Granada, y columna de las esperanzas de los moros. Á su ejemplo se rindieron Cazarabonela, Marbella y otros muchos pueblos; de forma que en el discurso de esta expedicion, llegaron á setenta los pueblos que se arrancaron al dominio de los sectarios de Mahoma.