CAPÍTULO XXVI.

Los granadinos brindan con la corona al Zagal, y éste parte para la capital.

El pueblo de Granada, desleal y mudable por su condicion, habia vacilado largo tiempo entre Muley Aben Hazen y su hijo, Boabdil el chico, ya declarándose por el uno, ya aclamando al otro, segun la premura de las circunstancias, sin que por eso hubiese diminucion alguna de los males que afligian á la nacion. Cuando llegó á la capital la noticia de la toma de Ronda, y la pérdida consiguiente de la frontera, se reunió el pueblo tumultuariamente en una de las plazas públicas; y murmurando de sus gobernantes, les imputó, como de costumbre, todos los infortunios de la pátria; porque el pueblo nunca se imagina puedan originarse en él mismo los males que padece. Un alfaquí astuto, llamado Alyme Mozer, que habia notado los progresos del descontento popular, se levantó entre los granadinos, y los arengó. “Tiempo ha, dijo, que andais divididos entre dos Reyes, de los que ninguno tiene el valor y fuerza que se necesita para acudir al remedio de vuestros males: el uno, Aben Hazen; incapaz por su edad y sus achaques de salir contra el enemigo: el otro Boabdil; el apóstata, el desertor de su trono, el desgraciado por destino. En un tiempo en que padecemos los amagos de una guerra exterminadora, aquel solo es digno de empuñar el cetro que sabe blandir la espada. Si buscais tal hombre, no será dificil hallarlo: Alá os lo envia en la persona de vuestro general el invencible Audalla, cuyo sobrenombre de el Zagal ha llegado á ser en las batallas el terror de los cristianos, y precursor de nuestras glorias.”

El discurso del alfaquí fue recibido por el pueblo con aclamaciones, y los granadinos, siguiendo el impulso que se les habia dado, enviaron una diputacion á Málaga para ofrecer al Zagal la corona, y conducirlo á la capital. El Rey electo, aunque manifestó extrañar una resolucion tan inesperada, se dejó persuadir fácilmente, y admitió la brillante oferta que le hacian. Dejando con el mando de Málaga á Rodován de Vanegas, uno de los mas valientes generales moros, partió para Granada con una comitiva de trescientos caballeros de su confianza.

El viejo Muley Aben Hazen no esperó la venida de su hermano. Cansado de luchar con las olas de su fortuna, ya solo buscaba en aquel piélago de vicisitudes un puerto seguro donde pasar tranquilo el resto de sus dias. En un hondo valle de los que guarnecen la costa del Mediterráneo, estaba la pequeña ciudad de Almuñecar, defendida por la parte de tierra por estupendas montañas. El Riofrio corria por este valle, que abundaba de frutos, granos y ricos pastos. Las defensas de la ciudad eran bastante fuertes, y el alcaide y guarnicion acérrimos partidarios del viejo Monarca. Éste fue el lugar que Muley Aben Hazen eligió para su retiro. Su primer cuidado fue el de enviar alli sus tesoros: en seguida pasó á refugiarse allá él mismo; y por último, dispuso que viniesen á reunirse con él Fátima y sus dos hijos.

Entretanto, Muley Audalla, el Zagal, proseguia su camino hácia Granada, acompañado de sus trescientos caballeros. Llegando cerca de Alhama, por donde le era forzoso pasar, envió delante corredores para reconocer el terreno, á fin de asegurarse contra cualquiera emboscada de los cristianos; pues en el tiempo que mandaba en esta fortaleza el conde de Tendilla, era muy peligroso este paso, por la vigilancia con que se guardaban aquellas cercanías, y las frecuentes salidas que hacia la guarnicion; y aunque la tenencia de Alhama estaba confiada ahora á don Gutierre de Padilla, clavero de Calatrava, que no era tan activo y lince como su antecesor, juzgó el Zagal ser muy necesarias estas medidas de precaucion. Todo lo iban registrando los batidores, cuando al llegar á una altura que dominaba á un valle angosto, descubrieron cerca de un arroyo una partida de hasta noventa de á caballo. Apeados, y derramados por aquel sitio, estaban los unos descansando á la sombra de los árboles y peñas, y los otros jugando los despojos que habian ganado, en tanto que sus caballos, quitados los frenos, pacian en las verdes márgenes del arroyo.

Estos caballeros tan descuidados eran de la órden de Calatrava, que con otros de sus compañeros de armas habian salido á una incursion contra los moros, y habiendo corrido el pais hasta Sierranevada, volvian á Alhama alegres por la presa que llevaban. Los demas que formaban parte de esta fuerza habian pasado delante, dejando á los otros en aquel valle, donde habian hecho alto para descansar. El Zagal, contemplando la negligente seguridad de estos caballeros, dijo, con una sonrisa feroz: “Ellos serán los trofeos que honren nuestra entrada en la capital.” Acercándose al valle silenciosa y cautamente, entró en él con su tropa á rienda suelta, y embistió de repente á los cristianos con tal furia, que ni aun para cabalgar tuvieron tiempo, mucho menos para defenderse. Empero hicieron una resistencia confusa peleando entre las peñas y árboles: su valor, en tan cruel trance, no les fue de provecho alguno; setenta y nueve fueron sacrificados, los once restantes quedaron prisioneros. Partieron luego algunos de los moros en seguimiento de la cabalgada, y la alcanzaron que subia lentamente por una cuesta: los cristianos que la conducian, viendo á lo lejos mayor número de moros, huyeron, abandonando la presa al enemigo.

Recogido el botin y los prisioneros, el Zagal, orgulloso por este nuevo triunfo, prosiguió su marcha hácia Granada. Llegando á la puerta de Elvira, se detuvo un momento, acordándose que aun no habia sido proclamado Rey. Esta ceremonia en breve se cumplió: pues ya la fama habia pregonado alli su nueva hazaña, embriagando los ánimos de la multitud ligera. Entró en Granada como en triunfo: delante iban los once caballeros de Calatrava; despues de estos los noventa caballos que se habian cogido, llevando las armas y arreos de sus anteriores dueños; en seguida venian setenta moros á caballo, llevando colgadas de los arzones otras tantas cabezas de cristianos: tras de estos cabalgaba Muley Audalla, rodeado de muchos caballeros principales, ricamente ataviados; y por último cerraba la marcha una multitud de vacas, ovejas y otros despojos ganados á los cristianos[37].