Miraba complacido aquel feroz populacho á los caballeros cautivos y á las sangrientas cabezas de sus compañeros, celebrando este mezquino triunfo como principio feliz del reinado de su nuevo Monarca. De Aben Hazen y de Boabdil apenas se hacia ya mencion, ó solo se hablaba de ellos con desprecio; al paso que por toda la ciudad no se oian sino alabanzas del Zagal ó el valiente.
CAPÍTULO XXVII.
Tentativa del conde de Cabra para prender al nuevo Rey de Granada, y su resultado.
La exaltacion al trono de Granada de un guerrero activo y veterano, hacia una mudanza notable en el aspecto de la guerra, y exigia algun hecho brillante que minorase la confianza de los moros en su nuevo Monarca, y animase á los cristianos á mayores esfuerzos.
El valeroso don Diego de Córdoba, conde de Cabra, estaba por este tiempo en su castillo de Baena, guardando con vigilancia la frontera. Era ya el mes de agosto, y veia con sentimiento pasar el verano sin que se ofreciese una ocasion favorable de hostilizar al moro, cuando tuvo aviso por sus espías de hallarse la importante plaza de Moclin sin la guarnicion competente á su defensa. Fundado sobre un alto cerro, al que por una parte ceñia un bosque espeso, y por otra un rio, era este lugar sobremanera fuerte; y como defendia uno de aquellos pasos fragosos y solitarios por donde los cristianos solian hacer sus correrías contra los moros, éstos, en su lenguage figurado, lo denominaban el escudo de Granada.
Animados por los consejos del Conde, que proponia se combatiese á esta plaza, salió de Córdoba el Rey y pasó á Alcalá la Real, (que está cerca de Moclin) para dirigir la empresa. La Reina se trasladó á Baena, acompañada del Príncipe don Juan, la Infanta doña Isabel, y el gran cardenal de España. Reunidas en Alcalá las fuerzas destinadas contra Moclin, mandó el Rey al conde de Cabra y á don Alonso de Montemayor, fuesen delante con sus tropas, para ponerse sobre aquella villa á una hora determinada. El maestre de Calatrava, el conde de Buendia, que mandaba las gentes del cardenal, y el obispo de Jaen, en número de cuatro mil caballos y seis mil infantes, tuvieron órden de seguir al Conde, para cooperar con él y completar el cerco: el Rey habia de venir despues con toda la demas tropa, para sentar alli su Real.