En cumplimiento de la órden que tenia, partió el Conde á media noche, prosiguiendo su marcha hasta el dia siguiente, cuando se detuvo á la falda de un ribazo para dejar descansar su gente. Aqui le halló un espía que vino á informarle que el Zagal habia salido de Granada con una fuerza considerable, y estaba acampado cerca de Moclin. Era evidente que el cauto moro habia tenido noticia de este movimiento, y del ataque que se meditaba; pero semejante idea nunca le ocurrió al conde de Cabra. Se acordaba este fogoso caballero de haber hecho prisionero á un Rey, y ya le parecia que su fortuna le brindaba de nuevo con la misma hazaña. ¡Qué triunfo seria conducir segunda vez á su castillo de Baena un Monarca preso! ¡Qué gloria la de poner un cautivo semejante á los pies de la Reina su señora! Deslumbrado por este pensamiento, continuó apresuradamente su marcha para Moclin, á cuyas cercanías llegó al caer la noche, y mucho antes de la hora convenida[38].
Estaba la luna en su creciente, y era una noche clara y serena, cuando venia el conde de Cabra conduciendo su gente por una de aquellas quiebras profundas que suele abrir en las montañas el ímpetu breve pero tremendo de las avenidas ocasionadas por las lluvias del otoño. Los trémulos rayos de la luna, penetrando hasta el fondo del barranco, se reflejaban en la tersa armadura de los escuadrones, que por alli seguian su marcha silenciosa. En esto se oyó de improviso y por diferentes partes, la voz de guerra de los moros, y el grito de, ¡el Zagal, el Zagal! resonó por aquellos cerros, acompañado de una lluvia de armas arrojadizas. Levantó los ojos el Conde, y vió todas aquellas alturas coronadas de soldados moros. Las flechas y dardos que tiraban, caian en derredor como granizo, sirviéndoles de blanco el relumbrar de las armas de los cristianos. Ya muchos de los caballeros habian caido cubiertos de heridas, entre otros don Gonzalo, hermano del Conde; y él mismo, herido en una mano, y atravesado el caballo de cuatro lanzadas, se hallaba en el mayor peligro. Acordábase del horrible destrozo de los montes de Málaga, y temia en esta ocasion igual catástrofe: no habia un momento que perder, y mandando la retirada, se apresuró á salir con sus gentes de aquel fatal estrecho. Los moros, bajando con precipitacion de las alturas, persiguieron á los cristianos que se retiraban, y fueron en su alcance por espacio de una legua. De cuando en cuando revolvian los del Conde contra el enemigo, peleaban un rato, y volvian á huir. Por este medio pudieron efectuar su reunion con las tropas del maestre de Calatrava y del obispo de Jaen, pero no sin mucha pérdida; pues ademas de un gran número de soldados, perecieron en este rebato muchos caballeros de nota, sin otros que quedaron prisioneros de los moros. El Zagal, satisfecho con los laureles que habia ganado, desistió de perseguir á los cristianos, y volvió triunfante á su campo cerca de Moclin[39].
La Reina, que habia quedado en Baena, sabida la nueva de este desbarato, recibió un pesar profundo: la consideracion de este desastre y la muerte de tantos de sus vasallos mas leales, turbó aquella alma grande, y una negra melancolía se apoderó de su corazon. En esta disposicion de ánimo la halló el gran cardenal, que procurando consolarla, la dijo tuviese presente que ninguna conquista se hizo jamas sin que alguna vez los vencedores fuesen vencidos; que los moros eran hombres belicosos, defendidos por una tierra montuosa y áspera, que nunca se pudo conquistar por los Reyes anteriores de Castilla; y que ella en solos dos años habia ganado mas pueblos y tierras á los moros que sus antepasados en doscientos: por último, ofreció servirla con tres mil caballos suyos, mantenidos á su costa, y proveer á las necesidades de la guerra con la cantidad que por de pronto fuese menester. Las discretas razones del cardenal, calmaron el agitado espíritu de la Reina, y volvieron á su semblante la acostumbrada serenidad.
CAPÍTULO XXVIII.
Expedicion contra los castillos de Cambil y Alhabar.