La noticia del revés padecido por el conde de Cabra, alcanzó á Fernando en Fuente del Rey, distante tres leguas de Moclin; y aunque fue grande el disgusto que le causó la precipitacion del Conde, se abstuvo de tratarle con severidad, pues conocia bien el mérito de aquel valiente caballero[40]. Llamando un consejo de guerra, consultó el Rey á sus capitanes sobre el plan que debia seguirse en aquellas circunstancias; y despues de algunos debates, quedó determinado abandonar la expedicion contra Moclin, y marchar á ponerse sobre dos fortalezas llamadas Cambil y Alhabar, distantes unas cuatro leguas de Jaen.

Hacia mucho tiempo que el obispado de Jaen se resentia de la proximidad de estos dos castillos, que eran el azote y terror de aquella comarca. Estaban situados sobre la frontera del reino de Granada, en un angosto y profundo valle rodeado por todas partes de altos montes. Por medio de este valle pasa el Riofrio entre dos grandes peñas, que se levantan casi perpendicularmente en una y otra orilla, y distan entre sí como un tiro de piedra. Sobre estas peñas estaban fundados los dos castillos, que por sus muchas torres y fuertes muros, se tenian por inexpugnables. Un puente echado sobre el rio, comunicaba entre los castillos, que, como dos gigantes, guardaban aquella entrada, y dominaban todo el valle. Estas fortalezas pertenecian á los caballeros de la belicosa tribu de los Abencerrages, los cuales desde alli solian hacer aquellas correrías ó incursiones repentinas, que eran las delicias de los moros. Para este efecto, mantenian siempre en ellas una fuerte guarnicion, y abundancia de armas y mantenimientos. Era entonces su alcaide un caballero Abencerrage de los mas esforzados de Granada, llamado Mahomet Lentin-ben-Usef, el cual tenia á sus órdenes muchos soldados africanos de la feroz tribu de los Gomeles.

Conforme, pues, á la resolucion tomada en el consejo de reducir estos castillos, se envió delante al marqués de Cádiz con dos mil de á caballo, para estar en observacion de ellos, é impedir que entrase ni saliese nadie hasta la llegada del Rey con el ejército y la artillería de batir. Los escuadrones del ejército real, no tardaron en presentarse delante de estas fortalezas; y repartido el campo en tres estancias, por exigirlo asi la disposicion del terreno, vióse tremolar en aquellas cercanías el pendon de Castilla, y blanquear los collados con las tiendas de los cristianos.

Entretanto, la falta de la artillería, que habia quedado atrás á distancia de mas de tres leguas, tenia paralizados á los sitiadores, que sin ella no podian intentar operacion alguna. El alcaide Mahomet Lentin, que sabia bien la fragosidad del camino por donde la artillería habia de pasar, creyó ser imposible con ningun esfuerzo ni industria de hombres vencer tantas dificultades, y arrastrar por aquellas montañas las gruesas lombardas y otras piezas de batir. Seguro de que jamas llegarian al campo, se burlaba de los cristianos, y mirando su inaccion, decia: “Permanezcan aqui un poco mas tiempo, y las avenidas del otoño los han de arrebatar de estas montañas.”

Estando asi los cristianos ociosos en su campo, y encerrado el alcaide en su fortaleza, oyó éste una tarde, allá en las montañas, el ruido de herramientas, y de cuando en cuando un estruendo como el de un árbol grande cuando lo derriban, ó como el de un peñasco cuando vuela por los aires arrancado de sus cimientos. El alcaide, sintiendo estos sonidos, decia á sus capitanes: “Paréceme que los cristianos están haciendo la guerra á los árboles y peñas, pues no la pueden hacer contra nuestros castillos.” Todo aquel dia y noche se oyó el mismo ruido, sin que se pudiese penetrar este misterio hasta la mañana siguiente. Apenas los primeros rayos del sol comenzaron á alumbrar aquellas montañas, cuando desde la cumbre de un cerro inmediato á los castillos, resonó un clamor y vocería grande, á que los cristianos contestaron desde su campo, con el sonido alegre de cajas y trompetas. Sobresaltados los moros, volvieron allá los ojos, y vieron con espanto una multitud de hombres con picos, palas y azadones, trabajando en allanar el terreno y quitar estorbos, al paso que en su seguimiento venian muchas yuntas de bueyes, arrastrando lentamente la gruesa artillería y demas pertrechos de batir.

Por órden de la Reina, y bajo la direccion del obispo de Jaen, se habia llevado maravillosamente á cabo la grande empresa de abrir al través de aquellas sierras tan ásperas y fragosas, un camino para el tránsito de la artillería. Seis mil hombres, con picos, almadanas y otras herramientas, fueron destinados á esta obra, en que trabajaron dia y noche. Los montes fueron arrasados é igualados con los valles; se derribaron árboles, se volaron peñas, y en fin, se vencieron y quitaron todos los obstáculos que la naturaleza habia acumulado en derredor. Al cabo de doce dias quedó ejecutada esta obra gigantesca[41], llegó la artillería al campo, y plantados los cañones en las alturas frente de los castillos, fue grande el triunfo de los cristianos, y no poca la confusion de los moros.

El ingeniero mayor Francisco Ramirez de Madrid, dirigió las baterías, y rompió el fuego contra el castillo de Alhabar. En breve derribó dos torres, y las almenas que defendian la puerta. Los moros que estaban dentro, ni sabian cómo defenderse, ni podian acudir á reparar las brechas, por los tiros de los ribadoquines, que mataban á cuantos osaban presentarse. Exasperado á la vista del estrago que hacia aquella nueva arma tan destructora, exclamó el valiente alcaide Mahomet Lentin: “¿De qué sirve el valor de los caballeros contra esos cobardes ingenios que desde lejos matan?” Finalmente, habiendo conseguido el ingeniero Ramirez, llevar algunas piezas mayores á la cumbre de un monte que dominaba á los dos castillos, puso á los moros en tanto aprieto, que movieron partidos de entrega. Los artículos de la rendicion se ajustaron brevemente: al alcaide y á la guarnicion se concedió paso seguro para Granada; y ambos castillos quedaron en poder de los Reyes católicos, el dia de san Mateo en el mes de setiembre; cesando asi los robos y cautiverios que hasta entonces se habian hecho en aquella comarca, cuyos naturales podian ya sin recelo salir á las labores del campo, criar sus ganados, y coger en paz los frutos de su industria.