De la llegada de la Reina Isabel al campo de Moclin, y discretos dichos del Conde inglés.
La guerra de Granada, por mas que los poetas quieran embellecerla con las flores de su imaginacion, no puede negarse que fue una de las mas terribles de cuantas se han celebrado bajo el título de guerras santas. La relacion de los sucesos se reduce principalmente á una série de empresas árduas por las montañas, de sangrientas batallas, de saqueos y asolamientos; pero de cuando en cuando, suele interrumpirse esta narrativa por la descripcion de alguna funcion real, ó magnífica ceremonia.
Inmediatamente despues de la toma de Loja, habia el Rey escrito á Isabel solicitando su presencia en el campo, para consultarla sobre el modo de disponer de los territorios que acababa de conquistar. En su consecuencia, partió de Córdoba la Reina á principios de junio, con la Infanta doña Isabel y gran número de damas de su corte. Traia una comitiva espléndida de caballeros, guardias, pages y criados, y cuarenta mulas para su servicio y el de las personas que la acompañaban.
Llegando la comitiva á la Peña de los Enamorados, sobre la orilla del rio Yeguas, vieron venir al marqués de Cádiz con el adelantado de Andalucía, y gran séquito de caballeros muy lucidos. La Reina recibió al Marqués con demostraciones particulares de favor; pues se le estimaba como al espejo de la caballería, llegando algunos á comparar sus hechos y proezas con las del inmortal Cid[49]. Con todo este acompañamiento siguió la Reina su camino por las floridas márgenes del Jenil hasta llegar á Loja, donde se detuvo para consolar á los heridos, á quienes socorrió con dineros á proporcion de su clase. Desde aqui, escoltándola siempre el marqués de Cádiz, se dirigió á Moclin, cuya plaza estaba ahora sitiada por el Rey, que despues de la toma de Illora habia trasladado alli sus reales.
Estando la Reina cerca del campo, salió á recibirla el duque del Infantado con un tren magnífico de caballeros bizarramente vestidos. Salieron tambien los hombres de armas de Sevilla llevando el estandarte de aquella antigua ciudad, y el prior de san Juan con los caballeros de su órden. Al llegar la Reina, se pusieron á la izquierda del camino formados en batalla. Venia Isabel en una mula castaña y sentada en una silla de andas guarnecida de plata dorada: sobre las ancas de la mula caia un gualdrapa de terciopelo carmesí con bordaduras de oro: las falsas-riendas y cabezada eran de seda de raso, entretalladas con letras de oro y bordadas de lo mismo. Llevaba la Reina un brial de terciopelo, y debajo una saya de brocado: traia un manto de escarlata bordado á la morisca, y un sombrero negro guarnecido de brocado alrededor de la copa y ala.
La Infanta venia en otra mula castaña ricamente enjaezada, y estaba vestida con un brial de brocado negro, y un manto del mismo color, guarnecido como el de la Reina.
Al pasar por delante del duque del Infantado y de sus caballeros, hizo la Reina una reverencia al pendon de Sevilla, y mandó que lo pasasen á mano derecha. Antes de llegar al campo, salieron á recibirla todos los batallones del real con banderas desplegadas, las cuales se abajaban al pasar la Reina en señal de salutacion; y fue grande la alegría que todos manifestaron con su venida, pues era mucho el amor que la tenian.
Llegó entonces el Rey montado en un soberbio caballo, y acompañado de muchos grandes de Castilla. Tenia vestido un jubon de carmesí, con quijotes de seda de raso amarillo, un sayo de brocado, un sombrero con plumas, y ceñida una espada morisca muy rica. Los adornos y atavíos de los grandes que con él venian eran asimismo á maravilla hermosos y de diversas maneras, asi de guerra como de fiesta.
Fernando é Isabel se trataban mas bien con el respeto que se deben mútuamente dos soberanos aliados, que con la familiaridad que es natural entre esposos. Asi es, que antes que se diesen los brazos, se hicieron cada uno tres profundas cortesías; y quitándose la Reina el sombrero, quedó con una cófia ó redecilla de seda, el rostro descubierto. Se acercó entonces el Rey, la abrazó, y la besó en una mejilla: asimismo abrazó á su hija la Infanta, y despues de santiguarla la besó en la boca[50].